Creación
El primer capítulo del Génesis nos cuenta, como en una alegoría, que el cielo, la tierra y cuanto contienen proceden de Dios, en una sucesión ideal de una semana de duración. El pasaje, al explicar que todo cuanto existe viene de Dios, que no hay nada que le iguale y que todo está sometido a él, expresa también la gran intención que Dios tuvo desde el principio, es decir, no solamente la de crear el mundo y las cosas, sino la de establecer con la humanidad una alianza eterna y definitiva por la cual Dios y el hombre llegaran a ser una sola cosa. Dicha alianza queda definitivamente sellada en la resurrección de Jesús, en la que humanidad y divinidad viven unidas para siempre en la gloria, porque en la humanidad de Jesús todos los hombres están llamados a participar de la vida divina. El pasaje del Génesis expresa el conocimiento de que la alianza de Dios empezó desde el primerísimo instante en que existieron el mundo y el hombre. Todo lo creado es obra del Dios de la alianza y, en el vértice de lo creado, está el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, es decir, capaz de entrar en diálogo con él, de ser su pareja, la segunda parte contratante. El Nuevo Testamento interpreta la primera página del Génesis a la luz de la alianza definitiva y la evoca muchas veces. San Juan, por ejemplo, nos dice que todo ha sido creado por medio de la Palabra, que la Palabra es la vida y la luz del mundo. La creación se ha producido teniendo como referencia fundamental la Palabra hecha carne, Jesús; «todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir», todo tiene sentido únicamente por él.
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