Señor
hebreo `adon; griego kyrios. S. es palabra usada para tratar a una persona superior, los súbditos a un soberano, Gn 40, 1; 1 S 16, 15; 22, 12; 26, 17-19; los siervos o esclavos al amo, Gn 24, 35-37; 39, 2 y 4; Ex 21, 15. Los reyes persas tenían el título de “s. de toda la tierra”, Jdt 2, 5; 6, 4; Est 3, 13b. Es comúnmente usado como tratamiento de cortesía, Gn 23, 6 y 15; Mt 25, 11. Otra palabra, baal, que significa dueño, también se usó en estos mismos sentidos, la mujer la empleaba para referirse a su marido, “mi baal”; entraba en la composición de nombres propios, para significar consagración a Yahvéh, es decir, también se le aplicó a Dios; posteriormente fue desapareciendo por asociarse con la divinidad cananea Baal, Os 2, 18.
En el A. T. Dios es el S., pues él tiene el señorío sobre lo existente como su creador y dueño omnipotente del mundo y del hombre. S. es una de las maneras más abundantes en las Escrituras para dirigirse a Dios, Gn 15, 2; se califica a Yahvéh de “S. de toda la tierra”, Jos 3, 11 y 13; “S. del cielo y la tierra”, Mt 11, 25. También se empleó la expresión “mi S.”, Adonay, cuando dejó de pronunciarse el nombre Yahvéh.
En el arameo se usaba la expresión maran que significa persona elevada, exaltada, s., que entró en la liturgia de la Iglesia primitiva, que sólo se encuentra en 1 Co 16, 22, Maran atha, “el S. viene”, como una esperanza en la venida del S., la parusía, Fpl 4, 5; St 5, 8; como también la invocación, como una jaculatoria, Marana tha, “ven, S.”, Ap 22, 20.
En el N. T. S, ya no se aplica a Yahvéh, sino a Jesucristo, y llamarlo S. es una profesión de fe del cristiano, tal como lo dice el Apóstol en su carta a los Filipenses, que a Jesús, tras su muerte en la cruz, “Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo es SEÑOR para gloria de Dios Padre”, Flp 2, 8-1 1; S. es, entonces, el nombre sobre todo nombre, Dios. Quien confiese con su boca y en su interior que Jesús es el S., será salvo, Rm 10, 9; Col 2, 6.
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