Sangre
en las Escrituras es la sede del principio vital, y este término se emplea como sinónimo de vida, tal en Sal 30 (29), 10. Por residir en ella la vida se prohibe comer la s. de los animales, Gn 9, 4; Lv 3, 17; 7, 26; 17, 10; 19, 26; Dt 12, 16 y 23; 15, 23; por la misma razón, toda s. pertenece a Dios, sobre todo la del hombre, hecho a imagen y semejanza suya. Desde antes de la promulgación del Decálogo, estaba prohibido derramar sangre y hacerlo clamaba la venganza divina, Gn 4, 10-11. Incluso en el culto, la s. debía derramarse alrededor del altar, como expiación, Lv 17, 11.
En el N. T. todo el simbolismo cultual de la s., encuentra su cumplimiento en el derramamiento de la s. de Cristo en la cruz: “Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una liberación definitiva”, Hb 9, 11-22. Tal como lo dijo Jesús en la última cena, antes de su pasión, como en el Sinaí, Ex 24, 4-8, la s. de las víctimas selló la alianza de Yahvéh con su pueblo, Jesús con su s. sella la Nueva Alianza, Mt 26, 27; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20. La s. de Cristo es el precio pagado por la redención del hombre, Ef 1, 7; 1 P 1, 18-19. La s. de Cristo lleva a cabo la purificación del pecado, por eso el Apóstol dice que Dios lo destinó como “instrumento propiciatorio”, Rm 3, 25, prefigurado en el rito del Gran Día de la Expiación, Lv 16.
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