Monte
elevación natural de terreno. Este término se usa en las Escrituras tanto para designar pequeños cerros como elevaciones considerables, las montañas. Muchos de los grandes acontecimientos de Israel están asociados a los montes y mantienen la memoria de estos hechos de la historia de la salvación. En el m. Ararat se detuvo el arca de Noé, cuando comenzó a menguar el diluvio, y recuerda la maldad del hombre y su castigo, así como la justicia y misericordia de Dios, Gn 8, 4. En el m.
Moria probó Yahvéh la fe de Abraham cuando le pidió que sacrificara a su hijo Isaac, Gn 22, 2; sitio éste en donde, según 2 Cro 3, 1, Salomón construiría el Templo. Cuando Moisés huyó hacia Madián, huyendo por haber matado a un hombre en Egipto, pastoreando el ganado de su suegro Jetró, llegó hasta la montaña de Horeb, el mismo Sinaí, donde se produjo la teofanía, en medio de una zarza ardiente, desde la cual Yahvéh le habló y le encargó la misión de sacar al pueblo de Israel de Egipto, donde estaba cautivo; aquí le reveló Dios su nombre, por esto se le llamó el “m. de Dios”, Ex 3, 1-15. Cuando el pueblo israelita salió de Egipto, acampó en el desierto frente al m. Sinaí, Ex 19, 2. Aquí, sucedió la segunda teofanía, y el m. Sinaí recuerda la majestad y la gloria de Yahvéh y el temor que inspira; aquí se llevó a cabo la Alianza, la entrega del Decálogo, de la Ley, Ex 19; 20. Hasta el m. Horeb caminó el profeta Elías durante cuarenta días y cuarenta noches, 1 R 19, 8; el m. donde se reveló el verdadero Dios, donde se dio la Alianza, donde se entrelazan las misiones de Moisés y Elías, que aparecerán en otro m., ya en el N. T., en la transfiguración de Cristo, también en un m., Mt 17, 1-9; éste m. alto, del que habla Mateo, la tradición lo identifica con el Tabor, aunque otros dicen que es el Hermón o el Carmelo, de todos modos, un m. simbólico de la revelación escatológica, otro Sinaí. En otro m., el Carmelo, se llevó a cabo un juicio de Dios, en el cual Yahvéh mostró que él es el único Dios, cuando el profeta Elías triunfó sobre los sacerdotes de Baal y los acabó, en tiempos de Ajab, rey de Israel, 1 R 18, 20-40.
Pero si los montes fueron el lugar de la manifestación de Yahvéh lugares sagrados, también lo fueron sitio de pecado, de la infidelidad del pueblo israelita. Los pueblos paganos también consideraron estas elevaciones como lugares sagrados, consagrados a sus dioses, sitios del culto; estas religiones paganas, idolátricas, penetraron entre el pueblo de Israel, que también consagró “lugares altos”, “altozanos”, a estas divinidades, a pesar de la prohibición de la Ley y de la lucha de los profetas por erradicar estas prácticas, Jr 3, 6; Ez 18, 6; Os 4, 13. Los mismos reyes pecaron e hicieron pecar al pueblo, por ejemplo, el mismo Salomón, que edificó el Templo en el m. Sión, fue infiel a la alianza, edificó un altar a Camós y a Milkom, en el m. que está enfrente de Jerusalén, 1 R 11, 7; Ajaz, rey de Judá, ofreció sacrificios y quemó incienso en las colinas, 2 R 16, 4 .
En el N. T. también en los montes suceden hechos significativos en la historia de la salvación. En una colina próxima a Jerusalén, Jesús pronunció su gran discurso evangélico sobre el reino de los Cielos, las bienaventuranzas, llamado el “Sermón de la montaña”, Mt 5. J. solía reunirse con sus discípulos al pie del m. de los Olivos, al este de Jerusalén, en el valle del Cedrón; hacia el se dirigió Jesús con sus discípulos después de la última cena, Mt 26, 30; Mc 14, 26; Lc 22, 39; donde existía un huerto llamado Getsemaní, hasta donde condujo Judas Iscariote a los que apresaron a Jesús, Mt 26, 36 y 47; Mc 14, 32 y 43. En la colina llamada Gólgota o Calvario, Jesús fue crucificado.
El término m. es empleado profusamente en las Escrituras de manerafigurada. Las montañas son símbolo de firmeza de estabilidad, de solidez, Sal 30 (29), 7-8; 65 (64), 7. Los montes son testigos de las obras de Dios, Sal 114 (113), 4; de su juicio, Sal 98 (97), 8. La justicia de Dios es como las altas montañas, Sal 36 (35), 6; Dios protege a los suyos, como los montes a Jerusalén, Sal 124, 2; el m. del Templo, la morada de Dios, donde está la santidad, Sal 15 (14), 1; 24 (23), 3; Isaías dice que tras el destierro, los montes y las colinas alzarán gritos de júbilo, Is 55, 12.
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