Hospitalidad
latín hospes, huésped. Liberalidad que consiste en recibir y albergar a alguien gratuitamente. Buena acogida que se le da al forastero, al desconocido. En Israel, como en los pueblos del Oriente Próximo, esta virtud de acoger cortésmente y con bondad al advenedizo era de suma importancia y de su práctica se encuentran numerosos ejemplos en el texto sagrado, tal como se dice en Jb 31, 32: “Nunca dormía en la calle el forastero pues abría mis puertas al viajero”. Al que llegaba se le trataba como huésped de honor, se acostumbraba salirle al encuentro para saludarlo, se le suministraba agua para que lavara sus pies, se le preparaba el alimento y se le daba sitio para dormir; igualmente, se le daba de beber a las cabalgaduras y se les acomodaba en el sitio adecuado; cuando el huésped reiniciaba su camino, se le acompañaba un trecho para despedirlo, Gn 18, 1-16; 19, 1-3; 24, 29-33. Una mujer principal de Sunén atendía al profeta Eliseo cada vez que él pasaba por allí y le construyó habitación para su descanso, 2 R 4, 8-10. Abraham se declaró un forastero en tierra de Canaán, pero fue tratado con h. por los hijos de Het, quienes le cedieron un terreno para enterrar a Sara, su mujer difunta, Gn 23, 1-5. Son muchas las alusiones bíblicas al forastero y a las maneras hospitalarias como deben ser tratados, y siempre los textos les recuerdan a los israelitas que ellos también fueron forasteros en Egipto, Lv 19, 33-34; Dt 10, 19. Hay un relato en el libro de los Jueces, conocido como el crimen de Guibea, donde se cuenta sobre la violación de la h. por parte de los benjaminitas y la reacción violenta de los israelitas, hecho sucedido antes de la monarquía. Un levita de Efraím y su concubina de Belén llegaron a la ciudad de Guibea, donde sólo un anciano los acogió en su casa con h., según era costumbre. Los del lugar cercaron la casa, tomaron a la mujer del levita, abusaron de ella y la asesinaron. Esto ocasionó que el pueblo israelita se levantara y vengara el crimen y la violación de la h., lo que casi les cuesta el exterminio a los benjaminitas, Jc 19-11-30; 20. En la época de Jesús las costumbres eran las mismas. En el pasaje que narra la comida del Señor en casa del fariseo Simón, le reclama al fariseo el no haber observado las normas de la h., lo que sí hizo la mujer pública que hasta allí llegó, enterada de la presencia de Jesús, Lc 7, 36-50.
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