Corona
diadema, aro de metal, de flores o ramas, que ciñe la cabeza, símbolo de poder, realeza, nobleza, dignidad, honor, autoridad. Los sumos sacerdotes ceñían una diadema de oro, Ex 29, 6; 39, 30; Lv 8, 9. Los reyes llevaban la c., señal de poder, 2 S 1, 10; 2 R 11, 12; 2 Cro 23, 11; lo mismo las esposas de los reyes, Est 1, 11; 2, 17. Las mujeres se adornaban la cabeza con la diadema, Jdt 10, 3. La c. de la estatua de Milcón, dios de los ammonitas, pesaba un talento de oro, algo más de 30 Kg, que David tomó cuando conquistó la ciudad de Rabá, 2 S 12, 30; 1 Cro 20, 2. Las coronas se regalaban a los soberanos con el fin de conseguir favores de ellos o establecer alianzas, 1 M 10, 20; 13, 37; 2 M 14, 4.
En sentido figurado se dice que las instrucciones de los padres son c. para el hijo, Pr 1, 9. Si honramos a la sabiduría, ella pondrá en nuestras cabezas una c., una diadema, Pr 4, 9; Si 6, 31; 15, 6. La mujer virtuosa es c. para el marido, Pr 12, 4. Los nietos son la c. del anciano, Pr 17, 6. La experiencia es c. del anciano, Si 25, 6. El temor del Señor es c. de júbilo, Sb 1, 11. Las canas son c. de gloria para el justo, Pr 16, 31.
Cuando Jesús fue llevado al pretorio los soldados romanos lo vistieron de rey, le pusieron en la cabeza una c. de espinas, una caña a manera de cetro, y se burlaban de él, Mt 27, 29; Mc 15, 17; Jn 19, 2-5. En la antigüedad, los atletas eran coronados de laurel, y San Pablo trae a colación este hecho de manera figurada, para indicar que si el atleta lucha por una c. corruptible, el cristiano lo hace por una incorruptible, 1 Co 9, 25. A quienes hayan esperado en el Señor, él les dará c. de justicia, 2 Tm 4, 8. Dios dará la c. de la vida a quienes le aman de corazón, St 1, 12; Ap 2, 10.
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