Cielo
latín coelum. En la Escritura este término se usa indistintamente en singular o plural para significar el espacio indefinido en el cual se mueven los astros; el espacio que parece formar una bóveda encima de nosotros; así como la morada de Dios. Aparece el término por primera vez en las Sagradas Escrituras en Gn 1, 1, “En el principio creó Dios el c. y la tierra”, con lo que se expresa el universo en su totalidad, expresión que con igual sentido está en otros lugares, Gn 2, 1 y 4; 14, 19 y 22; Ex 20, 11; 2 R 19, 15; 2 Cro 2, 11; Jdt 9, 12; 13, 18; Est 4, 15-17; Sal 89 (88), 12; 115 (113 B), 15; 121 (120), 2; 124 (123), 8; 134 (133), 3; 146 (145), 6; Is 37, 16; Jr 32, 17; Dn 14, 5; Hch 4, 24; 14, 15; Ap 14, 7. En la bóveda celeste, en el firmamento, encima de nosotros, Gn 6, 17; Sal 104 (103), 2; Ex 17, 14; Dt 28, 23; que Yahvéh llamó c., Gn 1, 8, metafóricamente se dice que puso los luceros, los astros, 1 R 8, 12, 2 Cro 6, 1; para distinguir el día de la noche, y como señales para las solemnidades, días y años, Gn 1, 14-15; los pueblos antiguos, también Israel, confeccionaron los calendarios de acuerdo con el movimiento de los astros. Yahvéh creo las aguas de arriba, del c., y las de abajo, cuando el diluvio, figuradamente se dice que abrió las compuertas del c. y descargó la lluvia durante cuarenta días, Gn 7, 11; Dt 11, 17; 28, 12; Sal. 78, 23; al cabo de este tiempo las compuertas del c. se cerraron y cesó la lluvia, Gn 8, 2.
El c. es la morada de Dios en el asienta su trono, Dt 26, 15; 1 R 8, 43; Sal 8, 2; 11 (10), 4; 14 (13), 2; Tb 5, 17; 2 M 3, 39; Is 66, 1; Lm 3, 41 y 50; Ba 2, 16; Am 9, 6; el Padre está en los cielos, Mt 5, 16 y 34; 6, 1 y 9; 7, 11; 16, 17; Mc 11, 25; Hch 7, 49; con Dios moran, también, en el c., los espíritus que forman su corte, algunas veces llamados ejército de los cielos, 1 R 22, 19; 2 Cro 18, 18; los ángeles, Tb 12, 15; Mt 18, 10; Mc 13, 32; Ap 8, 2; Satanás se rebeló contra Dios y cayó del c., Lc 10, 18; Ap 12, 7-9.
Cristo bajó del c. Jn 3, 13 y 31; 6, 33 y 38, y después de su muerte resucitó y fue elevado al c. y se sentó a la diestra de Dios, Mc 16, 19; Lc 22, 69; 24, 50-51; 1 P 3, 22; desde donde ha de volver al final de los tiempos, Mt 24, 30; 26, 64; Mc 14, 62; Hch 1, 9-14; 1 Ts 1, 10; 4, 16; 2 Ts 1, 7.
Jesús le dice a quien lo quiere seguir que renuncie a lo terreno y tendrá un tesoro en el c., Mc 10, 21; Lc 18, 22; Jesús invita al desprendimiento de las cosas materiales y a acumular tesoros para el c., Lc 12, 33; bienaventurados los que padecen por causa del Hijo del hombre, pues grande será la recompensa en el c., Mt 5, 12; Lc 6, 23; una herencia incorruptible está reservada en los cielos para los que tienen fe, Col 1, 5; 1 P 1, 4. La promesa de Jesús para el hombre creyente es el c., Jn. 14 1-3; y el c., según el Apóstol, es la gloria, Hb 2, 10. ® Reino de los Cielos.
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