Alimentos
Según el Génesis mientras existió la armonía entre el hombre y los animales, y, por supuesto con Dios, aquéllos se alimentaban de hierbas, plantas y frutos de los árboles 1, 29-30, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal 2, 16. Tras la caída del hombre, éste fue condenado a ganar el sustento con el sudor de su frente Gn 3, 17. Luego, por la corrupción de la humanidad, vino el castigo del diluvio, después del cual Dios estableció una alianza con Noé y un nuevo orden en el mundo, y puso a disposición del hombre los animales, “todo lo que se mueve y tiene vida” servirá para su alimentación Gn 9, 3.
Sin embargo Dios prescribió una serie de restricciones a este respecto.
La primera no comer la carne con la sangre, pues ésta era el alma del animal, Gn 9, 4; y porque toda sangre pertenece a Dios y debe usarse únicamente en los ritos expiatorios en el Templo. El animal empleado para la alimentación debía sacrificarse en el Templo o, en caso contrario, degollado y la sangre derramada en la tierra, Lv 3, 17; 7, 26-27; 17, 1014; 19, 26; Dt 12, 15-16; 23-25; 15, 23; 1 S 14, 31-35. No se debía cocer el cabrito en la leche de su madre Ex 23, 19; 34, 26; Dt 14, 3-21. Los ® animales están clasificados en puros o limpios e impuros, de suerte que sólo se pueden emplear en la alimentación los primeros Lv 11; Dt 14, 3 21. Además de la lista de animales impuros, lo eran también los que morían de muerte natural o matados por otros animales Ex 22, 30; Dt 14, 21; Lv 17, 15; Ez 4, 14. A este respecto, es ejemplo del celo de los judíos por cumplir con las leyes sobre alimentos, el martirio por apaleamiento que sufrió Eleazar por negarse a comer carne de puerco, animal impuro, Lv 11, 7; Dt 14, 8; en tiempo de Atíoco IV Epífanes, 2 M 6, 18-28; igualmente, los siete hermanos macabeos y su madre fueron sacrificados por la misma causa 2 M 7. Antíoco V Eupátor les devuelve a los judíos la libertad religiosa conculcada por su padre y su derecho a la, según la ley de Moisés, 1 M 6, 58-59; 2 M 11, 31.
Dentro de la alimentación de los judíos estaban la carne de becerro Gn 18,7; de cabrito Jc 6, 19; 13, 15; Tb 2, 11-12; Lc 15, 29; de buey, carnero, cabra, ciervo, gacela, gamo, antílope, búfalo, gamuza, Dt 14, 3-8; de pescado Tb 6, 6; Jn 21, 9-13; Mt 14, 15-21; 32-39; Mc 6, 30-34; Lc 9, 1217; Jn 6, 5-15. Vegetales, lentejas, habas, mijo, trigo, espelta, cebada, dátiles, uvas, pasas, higos, frutas, y los productos que preparaban a partir de lo que daba la naturaleza, como harina, pan, polenta, pastas, aceite de olivas, vino, cuajadas, quesos, miel, etc., Gn 25, 34; 27, 28; 2 S 6, 19; 17, 27-37; 1 Cro 16, 3; Ez 4, 9. La tierra prometida es abundante en estos frutos, se le llama “tierra que mana leche y miel” Ex 3, 9 y 17; Dt 8, 7-10; 11, 10-17; 13, 5; Moisés envió exploradores a Canaán, los cuales, al cabo de cuarenta días, volvieron y le hicieron una relación de los productos que allí se daban y que en verdad manaba leche y miel Nm 13; Dt 1, 25.
En los tiempos bíblicos hubo épocas de hambruna de escasez de a. Abraham debió ir a Egipto por esta causa Gn 12, 10; Isaac fue a Guerar, porque padeció hambre Gn 26, 1; en época de José, igualmente, todos los países iban a Egipto a comprar granos Gn 41, 57; Jacob mandó a sus hijos a proveerse de él en Egipto Gn 42, 2 ss. En la travesía del desierto, Yahvéh alimentó a su pueblo con maná y codornices Ex 16; Nm 11; Dt 8, 3 y 16; Sal 105 (104), 40; Sb 16, 2; 19, 12; cuando los israelitas llegaron a Guilgal, al día siguiente de la pascua, cesó el maná y se alimentaron de lo que producía la tierra de Canaán Jos 5, 10-12. En el N. T., también encontramos la mención a una escasez de a., cuando el emperador romano Claudio, predicha por Ágabo, situación corroborada por el historiador Josefo, Hch 11, 27-30.
En el N. T. Cristo, hablando sobre puro y lo impuro, dijo que “no es lo que entra en el boca lo que lo contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina”, es decir, que lo que importa es la pureza moral y no la legal, Mt 15, 10-11; 15, 20; Mc 7, 14-16; 17-23; las prescripciones sobre comidas y bebidas sólo son carnales Hb 9, 6-10. Sin embargo, a medida que crecía el cristianismo y penetraba en los pueblos gentiles, se presentaron discusiones y tensiones entre éstos y los judaizantes. El apóstol Pedro tuvo un éxtasis y vio que bajaba del cielo toda clase de animales, y oyó una voz que le decía “sacrifica y come” Hch 10, 9-16; 11, 5-10. Pedro comprendió que las prescripciones sobre los alimentos habían quedado abrogadas y que nadie podía ser tenido por impuro en razón de lo que comía Hch 10, 28. Esto dio origen al concilio de Jerusalén, el cual decidió, inspirado por el Espíritu Santo, liberar a los paganos convertidos al cristianismo de las prescripciones judías sobre alimentos; pero se les pidió abstenerse de las carnes de animales sacrificados a los ídolos y de la sangre Hch 15, 10-29. Aunque Pablo, dentro del espíritu de lo dicho por Cristo sobre la pureza, la carne que se les sacrifica a los ídolos en nada se distingue de otra, 1 Co 8, 4-6 y 8; 10, 25-28; Rm 14.
De pesar de que estas cosas se definieron en la asamblea de Jerusalén hubo nuevos intentos judaizantes y gnósticos respecto a los a., sobre lo cual en varias cartas encontramos exhortaciones para que los fieles cristianos no se dejen influir, Col 2, 16 y 20-22; 1 Tm 4, 1-11; Hb 9, 10; 13, 9.
De los a. se derivan en la Escritura muchos simbolismos. En Dt 8 3, ya se dice que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Yahvéh”, idea a la que se vuelve en Mt 4, 4; Cristo le repite estas palabras al diablo cuando éste en el desierto lo tienta, pidiendo que convierta las piedras en pan, Lc 4, 1-4. En Jn 4, 34, Jesús dice que su alimento es hacer la voluntad del que lo ha enviado.
Las palabras de Yahvéh son más dulces que la ® miel Sal 19 (18) 11; 119 (118), 103. Tal vez el simbolismo más usado es el del ® pan; quien teme al Señor, es alimentado con pan de inteligencia Si 15, 3; Jesús dice que él es “el pan de vida” Jn 6, 28-58.
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