Alianza
Las Sagradas Escrituras son esencialmente, la historia de la A. entre Dios y el hombre. Dios eligió un pueblo y le hizo una promesa, elección y promesa garantizadas por una alianza, y mantenidas a pesar de las continuas infidelidades del hombre. Esta alianza es una iniciativa de Dios por puro amor al hombre, porque no es un pacto entre iguales.
Cuando Dios creo al hombre estableció con este una alianza, un pacto, aunque estas palabras no se mencionan explícitamente en el texto sagrado. Dios se manifiesta en la creación, la cual pone al servicio del hombre, además lo coloca en el paraíso Gn 2, 8, le da a la mujer por compañía Gn 2, 18-25, para que tenga una descendencia santa Gn 1, 2628, es decir, se establece una relación armónica entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y la hembra, entre el Creador y el hombre, pero Dios le pide al hombre obediencia Gn 2, 9-17, santidad. El primer hombre rompe esta alianza, así la llama el profeta Oseas en el capítulo 6, 7, cuyo castigo es la expulsión del paraíso y la pérdida de la familiaridad con Dios Gn, 3, 24. Sin embargo, después de la caída de Adán y Eva, Yahvéh promete al hombre la salvación anunciándole el Mesías Gn 3, 15.
Pero el hombre sigue pecando a los ojos de Dios y lo castiga con el diluvio universal, después del cual le promete a Noé también la salvación y un orden nuevo en el mundo, promesa que es garantizada mediante un pacto o alianza de Dios con Noé, cuya señal visible es el arco iris Gn 8, 21 y 9, 1-17. Ésta es la primera alianza explícita que encontramos en las Sagradas Escrituras.
Después Dios llama a Abraham a quien promete darle la tierra de Canaán y una descendencia innumerable. Esta promesa es garantizada por un alianza cuyo signo es el horno humeante y el fuego que pasó por entre los animales partidos Gn 15. Luego, en Gn 17, encontramos otro relato de la alianza. Yahvéh se aparece a Abram, le cambia el nombre por Abraham, es decir, padre de una muchedumbre de pueblos, descendencia a la que se extiende la promesa y la alianza, de generación en generación, a perpetuidad, pero con la obligación de andar en la presencia del Señor y ser perfectos, y como signo de la alianza la circuncisión, señal que indica que se pertenece al pueblo escogido. La promesa y la alianza se ratifican posteriormente en Isaac y Jacob y en su descendencia Gn 32, 29. Luego, Estando el pueblo de Israel esclavo en Egipto, Dios se aparece a Moisés en el monte Horeb, el mismo Sanaí, en la zarza ardiente, y le comunica su plan divino: sacar a Israel —nación descendiente de Abraham y elegida de entre las demás— de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida con alianza a Abraham, Isaac y Jacob, para cuya ejecución llamó a Moisés Ex 3 y 6, 2-6. Pero aquí, la alianza se desarrolla en la ley, los estatutos, los mandamientos, los preceptos y ritos que debe cumplir y seguir el pueblo Ex 19, 5-6; 20; 24, 7-8; Dt 32. Como señal de esta alianza el Señor estableció la observancia del sábado Ex 31, 16-17. Lo dicho hasta aquí sobre la alianza, está en el Pentateuco, obviamente antes de la conquista de la tierra de Canaán, es decir, en el Pentateuco se encuentra la promesa y ya con Josué parece que se cumple con la toma de la tierra prometida Jos 23 y 24; pero el pueblo vuelve a pecar y es deportado a Babilonia, cumpliéndose así las palabras de Moisés cuando ordenó poner el libro de la Ley junto al arca de la alianza, por conocer que Israel era un pueblo rebelde Dt 31, 26-27. Toda esta historia de la alianza desemboca en Cristo, el Mesías prefigurado en Gn 3, 15, el segundo Adán 1 Co 15, 45-58, quien la llena de sentido, cuestión que aclara perfectamente el apóstol Pablo en Ga 3, 15-29. La nueva alianza, anunciada por Jeremías en el capítulo 31, 31-40, se da con Cristo 2 Co 1, 19-20, en Él se resumen y se cumplen las promesas Lc 1, 54-55 y 72-75, y el fundamento de la misma es la sangre de su mediador, Cristo, Mt 26, 27-29; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Hb 12, 24. Esta nueva alianza, como la llama san Pablo, no contradice la antigua, es decir, no hay oposición entre el Nuevo y el Antiguo Testamento 2 Co 3, 7-18. No es que Cristo anule la antigua ley, sino que la perfecciona Mt 5, 17-18; Ga 4. La nueva alianza exige fundamentalmente las mismas obligaciones de santidad y fidelidad al Señor que la antigua, pero ya la señal de la alianza no será la circuncisión por mano del hombre sino la de Cristo Col 2, 11-12; Flp 3, 3, es decir, la señal de la nueva alianza es el bautismo, por el cual ya no hay una sola nación escogida, todos somos llamados a ser Israel Ef 1, 11 23 y 2, 11-22; Hch 15, 1, 21, a formar parte de la Iglesia universal.
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