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«Formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, [las vírgenes] son consagradas a Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia» (CIC, can. 604, 1). Por medio este rito solemne («Consecratio virginum», «Consagración de vírgenes»), «la virgen es constituida en persona consagrada» como «signo transcendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de esta Esposa del Cielo y de la vida futura» (Ordo Cons. Virg., Praenot. 1).
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