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Desde los tiempos apostólicos, vírgenes (cf. 1Co 7:34-36) y viudas cristianas (cf. Vita consecrata, 7) llamadas por el Señor para consagrarse a El enteramente (cf. 1Co 7:34-36) con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de vivir en estado de virginidad o de castidad perpetua «a causa del Reino de los cielos» ( Mt 19:12).
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