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Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf. Jn 14:18). Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28:20), les envió su Espíritu (cf. Jn 20:22; Hch 2:33). Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa: «Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo» (LG 7).
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