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La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir el corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe de Abraham. «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, ... seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» ( Ex 19:5-6; cf. 1
P 2, 9). Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las demás naciones. Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Salmo LXXXIX; Lc 1:32-33) será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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