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Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un «pedagogo» para conducir al Pueblo hacia Cristo ( Gal 3:24). Pero su impotencia para salvar al hombre privado de la «semejanza» divina y el conocimiento creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3:20) suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
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