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La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24:15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33:9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40:36-38; 1Co 10:1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1
R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre «con su sombra» para que ella conciba y dé a luz a Jesús ( Lc 1:35). En la montaña de la Transfiguración es El quien «vino en una nube y cubrió con su sombra» a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y «se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle» ( Lc 9:34-35). Es, finalmente, la misma nube la que «ocultó a Jesús a los ojos» de los discípulos el día de la Ascensión ( Hch 1:9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21:27).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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