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El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» ( Sir 48:1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1
R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» ( Lc 1:17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» ( Lc 3:16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» ( Lc 12:49). Bajo la forma de lenguas «como de fuego», como el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él ( Hch 2:3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). «No extingáis el Espíritu»(1 Te 5, 19).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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