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Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9:16; Jn 10:19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9:22). A los que temían que «todos creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación» ( Jn 11:48), el sumo sacerdote Caifás les propuso profetizando: «Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación» ( Jn 11:49-50). El Sanedrín declaró a Jesús «reo de muerte» ( Mt 26:66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18:31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23:2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de «sedición» ( Lc 23:19). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19:12. 15. 21).
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