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Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo (cf. Jn 7:50) o el notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús (cf. Jn 19:38-39), sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El (cf. Jn 9:16-17; Jn 10:19-21) hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que «un buen número creyó en él», aunque de una manera muy imperfecta ( Jn 12:42). Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día siguiente de Pentecostés «multitud de sacerdotes iban aceptando la fe» ( Hch 6:7) y que «algunos de la secta de los Fariseos ... habían abrazado la fe» ( Hch 15:5) hasta el punto de que Santiago puede decir a S. Pablo que «miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley» ( Hch 21:20).
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