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Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5:30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7:36; Lc 11:37; Lc 14:1). Contra algunos de los «que se tenían por justos y despreciaban a los demás» ( Lc 18:9; cf. Jn 7:49; Jn 9:34), Jesús afirmó: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» ( Lc 5:32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8:33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9:40-41).
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