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Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8:4; Mt 23:21; Lc 17:14; Jn 4:22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18:20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17:24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16:18). Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2:21; Mt 12:6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2:18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: «Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre»( Jn 4:21; cf. Jn 4:23-24; Mt 27:51; Hab 9:11; Ap 21:22).
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