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Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un «signo de contradicción» ( Lc 2:34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquellas a las que el Evangelio de S. Juan denomina con frecuencia «los Judíos» (cf. Jn 1:19; Jn 2:18; Jn 5:10; Jn 7:13; Jn 9:22; Jn 18:12; Jn 19:38; Jn 20:19), más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (cf. Jn 7:48-49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría (cf. Lc 13:31). Jesús alaba a alguno de ellos como al escriba de Mc 12:34
y come varias veces en casa de fariseos (cf. Lc 7:36; Lc 14:1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de Dios: la resurrección de los muertos (cf. Mt 22:23-34; Lc 20:39), las formas de piedad (limosna, ayuno y oración, cf. Mt 6:18) y la costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo (cf. Mc 12:28-34).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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