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Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5:36; Jn 10:25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10:38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5:25-34; Mc 10:52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10:31-38). Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» ( Mt 11:6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11:47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3:22).
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