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El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1:20; Lc 1:35), desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2:8-20), a los magos (cf. Mt 2:1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1:31-34), a los discípulos (cf. Jn 2:11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará «cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» ( Hch 10:38).
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