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La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16:14-15). El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es «el Señor que da la vida», haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
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