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Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8:2; Mt 14:30; Mt 15:22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1:43; Lc 2:11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» ( Jn 20:28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» ( Jn 21:7).
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