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Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado» ( Mt 3:17; Mt 17:5). Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Unico de Dios» ( Jn 3:16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf. Jn 10:36). Pide la fe en «el Nombre del Hijo Unico de Dios» ( Jn 3:18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» ( Mc 15:39), porque solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».
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