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Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? S. León Magno responde: «La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio» (serm. 73,4). Y S. Tomás de Aquino: «Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien». De ahí las palabras de S. Pablo: `Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia' (Rm 5:20). «Y el canto del Exultet: `¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!'» (s.th. 3,1,3, ad 3).
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