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Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (cf Mt 4:11) y en el último combate de su agonía (cf Mt 26:36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (cf Mc 13:9. 23. 33-37; Mc 14:38; Lc 12:35-40). La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» ( Jn 17:11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1Co 16:13; Col 4:2; 1Ts 5:6; 1Pe 5:8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» ( Ap 16:15).
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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