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En el agua del bautismo, hemos sido «lavados, santificados, justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» ( 1Co 6:11). A lo largo de nuestra vida, nuestro Padre «nos llama a la santidad» ( 1Ts 4:7) y como nos viene de él que «estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros santificación» ( 1Co 1:30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida el que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la exigencia de nuestra primera petición.
¿Quién podría santificar a Dios puesto que él santifica? Inspirándonos nosotros en estas palabras 'Sed santos porque yo soy santo' ( Lev 20:26), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación incesante... Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad permanezca en nosotros (San Cipriano, Dom orat. 12).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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