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En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la acompaña (cf Hab 6:13), Dios se compromete a sí mismo sin revelar su Nombre. Empieza a revelarlo a Moisés (cf Ex 3:14) y lo manifiesta a los ojos de todo el pueblo salvándolo de los egipcios: «se cubrió de Gloria» ( Ex 15:1). Desde la Alianza del Sinaí, este pueblo es «suyo» y debe ser una «nación santa» (o consagrada, es la misma palabra en hebreo: cf Ex 19:5-6) porque el Nombre de Dios habita en él.
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