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Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros «cristos»:
Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados «cristos» con justa causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3, 1). El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: «¡Padre!», porque ha sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat. 9).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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