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Cada uno de los sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: «el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» ( Gn 2:24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (cf Gn 4:1-2.25-26; Gn 5:1).
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