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La paz terrena es imagen y fruto de la paz de Cristo, el «Príncipe de la paz» mesiánica (Isa 9:5). Por la sangre de su cruz, «dio muerte al odio en su carne» (Efe 2:16; cf. Col 1:20-22), reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. «El es nuestra paz» (Efe 2:14). Declara «bienaventurados a los que obran la paz» (Mt 5:9).
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