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El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. «Mi sacrificio es un espíritu contrito...» (Sal 51:19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5:21-25) o sin amor al prójimo (cf Isa 1:10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: «Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9:13; Mt 12:7; cf Ose 6:6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hab 9:13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios.
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