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El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito «una nueva creación» (2Co 5:17), un hijo adoptivo de Dios (cf Gal 4:5) que ha sido hecho «partícipe de la naturaleza divina» ( 2Pe 1:4), miembro de Cristo (cf 1Co 6:15; 1Co 12:27), coheredero con él (Rm 8:17) y templo del Espíritu Santo (cf 1Co 6:19).
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