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Hechos 5

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1ss Un hombre llamado Ananías, junto con su mujer Safira, vendió un campo,

2y se quedó con parte del precio, de acuerdo con su mujer; trajo el resto y lo puso a los pies de los Apóstoles.

3Pedro le dijo: «Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, impulsándote a mentir al Espíritu Santo y a retener parte del precio del campo?

4¿No era tuyo antes de venderlo, e incluso después de vendido, no permanecía en tu poder? ¿Por qué admitiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios».

5Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y un gran miedo se apoderó de todos los que lo oyeron.

6Entonces, levantándose unos jóvenes, lo envolvieron y lo llevaron a enterrar.

7Y sucedió que al cabo de unas tres horas entró su mujer, sin saber lo que había ocurrido.

8Pedro le preguntó: «Dime, ¿vendisteis el campo por tanto?» «Sí, por tanto».

9Y Pedro a ella: «¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira en la puerta los pies de los que enterraron a tu marido; ellos te llevarán a ti también.

10Al instante cayó a sus pies y expiró. Los jóvenes al entrar la encontraron muerta, y la llevaron a enterrar junto a su marido.

11Y un gran temor se apoderó de toda la Iglesia y de todos los que oyeron estas cosas.

12Por manos de los Apóstoles se realizaban muchos milagros y prodigios en el pueblo; y todos solían reunirse con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón.

13Pero ninguno de los otros se atrevía a reunirse con ellos, aunque la gente los estimaba.

14Cada vez era mayor el número de los que creían en el Señor, una multitud de hombres y mujeres,

15hasta el punto que sacaban los enfermos a las plazas y los ponían en lechos y camillas para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cayera sobre alguno de ellos.

16Acudían también gentes de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y poseídos de espíritus inmundos, y todos se curaban.

17Se levantó entonces el sumo sacerdote con todos los suyos, los de la secta de los saduceos, y llenos de envidia

18prendieron a los Apóstoles y los metieron en la cárcel pública.

19Pero un ángel del Señor abrió por la noche las puertas de la cárcel, y sacándolos fuera dijo:

20«Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo toda la doctrina concerniente a esta Vida».

21Tras oír esto, entraron de madrugada en el Templo y se pusieron a enseñar. Al llegar el sumo sacerdote con los suyos, convocaron al Sanedrín y a todos los ancianos de los hijos de Israel, y enviaron a buscarlos a la cárcel.

22Cuando llegaron los alguaciles, no los encontraron en la cárcel; volvieron y dieron cuenta de ello,

23diciendo: «Hemos encontrado la cárcel cerrada con todo cuidado, y los guardias situados ante las puertas; pero al abrir, no hemos hallado a nadie dentro».

24Al oír estas palabras, tanto el oficial del Templo como los sumos sacerdotes quedaron perplejos, preguntándose qué habría sido de ellos.

25Se presentó uno que les dijo: «Los hombres que metisteis en la cárcel están en el Templo y enseñan al pueblo».

26Fue entonces el oficial con los alguaciles y los condujeron sin violencia, porque tenían miedo a que el pueblo los apedreara.

27Después de conducirles, los presentaron al Sanedrín. El sumo sacerdote les preguntó:

28«¿No os habíamos ordenado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? Y a pesar de eso habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre».

29Pedro y los Apóstoles respondieron: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.

30El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole de un madero.

31A este ha exaltado Dios con su diestra como Príncipe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y la remisión de los pecados.

32Nosotros somos testigos de estas palabras, como lo es también el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen».

33Al oír esto, se enfurecieron y querían matarlos.

34Se levantó entonces en el Sanedrín un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la Ley, estimado por todo el pueblo, el cual mandó salir por un momento a aquellos hombres,

35y les dijo: «Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres.

36Porque estos días pasados se levantó Teudas, que pretendía ser alguien, al cual se unieron unos cuatrocientos hombres; fue asesinado y todos cuantos estaban de acuerdo con él se dispersaron y quedaron reducidos a nada.

37Después de este se levantó Judas, el galileo, en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo tras de él; murió también, y todos los que le seguían se dispersaron.

38Y ahora os digo: apartaos de estos hombres y dejadlos, porque si este proyecto o esta obra es de hombres, se desvanecerá por sí misma;

39pero si es de Dios, no podréis acabar con ellos. No sea que os encontréis luchando contra Dios». Aceptaron su consejo,

40y llamando a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron que no hablaran en el nombre de Jesús, y los soltaron.

41Ellos se retiraron gozosos de la presencia del Sanedrín por haber sido dignos de sufrir ultrajes a causa de su nombre;

42y todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar a Cristo Jesús.

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