Hechos 8
La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT) ›1Saulo, por su parte, aprobaba su muerte.
2Hombres religiosos recogieron y sepultaron a Esteban, haciendo gran duelo por su muerte.
3Mientras tanto Saulo hacía estragos en la iglesia. Entraba por las casas; y, llevándose violentamente a hombres y mujeres, los arrojaba a la cárcel.
4II. La iglesia fuera de Jerusalén y persecución de Herodes Agripa (8,4-12,25) Predicación de Felipe en Samaría. Así pues, los que se habían dispersado fueron anunciando el evangelio por todas partes.
5Tal fue el caso de Felipe, que bajó a la ciudad de Samaría y predicó a Cristo.
6El pueblo, con general asentimiento, al oír y ver los prodigios que obraba Felipe, ponía mucha atención a sus palabras.
7Los espíritus impuros, dando grandes alaridos, salían de muchos posesos; y muchos paralíticos y cojos obtenían la curación.
8Con esto reinaba un gran júbilo en aquella ciudad.
9Conversión de Simón, el Mago. Había estado allí, practicando la magia y embaucando a la gente de Samaría, un hombre, llamado Simón, que decía que era un gran personaje.
10Todos, pequeños y grandes, le seguían aclamando: Este es el ángel de Dios, llamado el Grande.
11E iban en pos de él, pues hacía mucho tiempo que los tenía embaucados con sus artes mágicas.
12Pero cuando comenzaron a creer en la buena nueva del reino de Dios y en la persona de Jesucristo, que les predicaba Felipe, se hicieron bautizar hombres y mujeres.
13El mismo Simón creyó también; y, después de bautizado, no se apartaba un momento del lado de Felipe. Y no salía de su asombro, viendo las señales y grandes prodigios que obraba.
14Pedro y Juan en Samaría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que los samaritanos habían recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.
15Estos bajaron allá e hicieron oración por ellos a fin de que recibieran el Espíritu Santo;
16pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, y solamente estaban bautizados en el nombre de Jesús, el Señor.
17Los dos apóstoles les impusieron las manos, y así recibieron el Espíritu Santo.
18Pedro condena la simonía. Viendo Simón que el Espíritu Santo se comunicaba por la imposición de las manos de los apóstoles, vino a ofrecerles dinero,
19diciendo: Dadme también a mí este poder de hacer que todos aquellos a quienes yo imponga las manos reciban el Espíritu Santo.
20Pero Pedro le replicó: Que tu dinero perezca contigo, por haber creído que a precio de plata podrías conseguir este don gratuito de Dios.
21No hay para ti parte ni herencia en este asunto, pues tu corazón no procede con rectitud a los ojos de Dios.
22Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega al Señor. Esperamos que te perdone tu mala intención.
23Veo que estás envenenado y aprisionado en los lazos de la maldad.
24Respondióle Simón: Rogad vosotros por mí al Señor para que no venga sobre mí ninguno de los males que acabáis de decir.
25Pedro y Juan, después de haber predicado y testificado la verdad del evangelio del Señor, regresaron a Jerusalén, evangelizando al mismo tiempo muchas aldeas de samaritanos.
26Bautismo de un dignatario real etíope. Un ángel del Señor habló así a Felipe: Vete hacia eso del mediodía por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Está solitario.
27Púsose luego Felipe en camino, y topó con un cortesano etíope, alto dignatario de Candace, reina de Etiopía, e intendente del tesoro real. Había venido a Jerusalén a adorar a Dios,
28y ahora estaba de regreso. Iba sentado en su coche, leyendo en voz alta al profeta Isaías.
29Dijo el espíritu a Felipe: Adelántate y alcanza a ese coche.
30Adelantóse Felipe; y, oyendo que leía al profeta Isaías, le preguntó: Pero, ¿ya entiendes lo que estás leyendo?
31¿Y cómo lo voy a entender, respondió, si no tengo quien me lo explique? E invitó a Felipe a que subiese y se sentase a su lado.
32El pasaje de la escritura que iba leyendo era éste: Como una oveja fue llevado al matadero; como un cordero que está sin balar ante el esquilador, así permaneció sin abrir su boca.
33En su humillación se le negó todo derecho. A los de su generación, ¿quién los podrá calificar? Porque han extirpado su vida de la tierra.
34Preguntó el dignatario a Felipe: Por favor, ¿de quién dice eso el profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?
35Y tomando Felipe la palabra, y comenzando por este pasaje de la escritura, le dio a conocer el mensaje de Jesús.
36Según iban siguiendo su camino, llegaron a un sitio donde había agua; y exclamó el magistrado: Aquí hay agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?
38Y mandó parar el coche; bajaron los dos al agua, y Felipe lo bautizó.
39En cuanto salieron fuera del agua, el espíritu del Señor arrebató a Felipe, que ya no se dejó ver más del magistrado. Este continuó alegre su camino.
40Felipe, por su parte, se presentó en Azoto; y, pasando de una ciudad a otra, fue anunciando en todas partes la buena nueva hasta llegar a Cesarea.