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Hechos 16

La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT)

1En Listra Pablo toma por compañero a Timoteo. Así llegó a Derbe y luego a Listra. Había aquí un discípulo, llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente y de padre pagano,

2y muy bien considerado por los fieles de Listra y de Iconio.

3Decidió Pablo tomarlo por compañero; y para eso lo hizo circuncidar a causa de los judíos que vivían en aquella región; porque todos sabían que su padre era pagano.

4Según iban recorriendo los pueblos, les comunicaban los decretos de los apóstoles y ancianos de Jerusalén para que los guardasen.

5Así las iglesias se fortalecían en la fe y crecían de día en día en número de fieles.

6Pablo atraviesa el Asia Menor. La visión del macedonio. Atravesaron Frigia y el país de Galacia, pues el Espíritu Santo les había prohibido predicar el evangelio en la provincia romana de Asia;

7y, llegados a Misia, intentaron pasar a Bitinia; pero tampoco se lo permitió el espíritu de Jesús.

8Y, atravesando Misia, bajaron a Tróade.

9Por la noche tuvo Pablo una visión. Se le apareció un macedonio que le hizo esta invitación: Pasa a Macedonia y ayúdanos.

10Después de la visión buscamos en seguida oportunidad para pasar a Macedonia, porque estábamos seguros de que Dios nos llamaba para predicarles el evangelio.

11Pablo en Europa. Conversión de Lidia en Filipos. Zarpando, pues, de Tróade, navegamos directos a Samotracia; y al día siguiente llegamos a Neápolis.

12De allí a Filipos, colonia romana y una de las primeras ciudades de este distrito de Macedonia, donde pasamos algunos días.

13El sábado salimos de puertas afuera junto a la orilla del río, al lugar donde pensábamos que había una casa destinada a la oración. Nos sentamos y hablamos con las mujeres que se habían reunido allí.

14Una mujer, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, y que adoraba al verdadero Dios, nos escuchaba con toda atención. El Señor dispuso su corazón para que acogiese favorablemente la doctrina que enseñaba Pablo;

15y se hizo bautizar con todos los suyos. Luego nos hizo este ruego: Si efectivamente me tenéis por fiel discípula del Señor, entrad en mi casa y alojaos allí. Y nos obligó a ello.

16Liberación de una posesa. Yendo una vez nosotros al lugar de la oración, nos salió al encuentro una esclava, poseída de un demonio adivino, que con sus predicciones proporcionaba a sus amos pingües ganancias.

17Siguiendo detrás de Pablo y de nosotros, comenzó a gritar: Estos hombres son servidores del Dios altísimo, y os anuncian el camino de la salud.

18Así lo hizo muchos días. Molestado, por fin, Pablo, se volvió y conminó así al espíritu: En nombre de Jesucristo te mando que salgas de esta mujer. Y en el instante salió.

19Pablo y Silas en la cárcel. Viendo sus amos que se habían esfumado todas las esperanzas que tenían de lucro, prendieron a Pablo y a Silas, y los arrastraron a la plaza pública a presencia de la autoridad.

20Hiciéronlos comparecer ante los pretores y dijeron: Estos hombres están revolviendo nuestra ciudad. Son judíos,

21y enseñan costumbres que nosotros, romanos, no podemos aceptar ni poner en práctica.

22Amotinóse el pueblo contra ellos, y los pretores mandaron que, desnudos, fuesen azotados con varas.

23Después de haberles dado muchos golpes, los echaron a la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara con toda precaución.

24Ante este mandato, el carcelero los metió en lo más profundo del calabozo y sujetó sus pies en el cepo.

25Liberación milagrosa y conversión del carcelero. Hacia media noche Pablo y Silas, puestos en oración, cantaban himnos a Dios, mientras los demás presos los escuchaban.

26De pronto se produjo un terremoto tan fuerte que vacilaron los cimientos de la cárcel; se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos.

27Despertóse el carcelero; y, viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada con intención de quitarse la vida, pues creía que los presos se habían escapado.

28Dio un grito Pablo, y a voces le dijo: No te hagas ningún daño, que estamos aquí todos.

29El carcelero pidió luz, se lanzó adentro; y, temblando, se arrojó a los pies de Pablo y Silas.

30Luego los sacó afuera, y les preguntó: Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?

31Cree en Jesús, el Señor, le dijeron; y seréis salvos tú y tu familia.

32Y le expusieron la doctrina del Señor a él y a todos los de su casa.

33Y en aquella misma hora de la noche, los llevó y les lavó las heridas; hízose bautizar en seguida él con todos los suyos;

34y, haciéndolos subir a su casa, les puso la mesa, contentísimo, lo mismo que toda su familia, de haber creído en Dios.

35Pablo y Silas salen de Filipos. Llegado el día, los pretores le enviaron sus lictores con esta orden: Pon en libertad a esos hombres.

36El carcelero hizo llegar a Pablo esta noticia: Los pretores han enviado a decir que os deje en libertad. Ahora pues, salid y marchad en paz.

37Pero Pablo les contestó: Conque a nosotros, ciudadanos romanos, sin proceso de ningún género, nos han azotado públicamente y nos han arrojado a la cárcel, y ahora ¿con todo sigilo nos echan a la calle? De ningún modo. Que vengan ellos mismos, y que nos saquen.

38Los lictores comunicaron estas palabras a los pretores, quienes cobraron miedo al enterarse de que eran romanos.

39Vinieron, pues, a presentarles sus excusas; les sacaron de la prisión, y les rogaron que se marchasen de la ciudad.

40Pablo y Silas, una vez que salieron de la cárcel, entraron en casa de Lidia. Y, después de haber visto y animado a los hermanos, se fueron.

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