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Isaías 1

La Biblia de Nuestro Pueblo (1995)

1Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén en tiempos de Ozías, de Yotán, de Acaz y de Ezequías, reyes de Judá.

2Escuchen, cielos; presta oído, tierra; que habla el Señor: He criado y educado hijos, y ellos se han rebelado contra mí.

3Conoce el buey a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; pero Israel no me conoce, mi pueblo no recapacita.

4¡Ay, gente pecadora, pueblo cargado de culpas, raza de malvados, hijos degenerados! Han abandonado al Señor, han despreciado al Santo de Israel, han vuelto la espalda.

5¿Dónde seguirlos hiriendo, si acumulan más delitos? La cabeza es una llaga, el corazón está agotado,

6de la planta del pie a la cabeza no les queda parte sana: llagas, moretones, heridas recientes, no sanadas ni vendadas, ni aliviadas con ungüento.

7Su país está desolado; sus ciudades, incendiadas; sus campos, ante sus propios ojos, los devoran extranjeros. ¡Desolación como en la catástrofe de Sodoma!

8Y Sión, la capital, ha quedado como cabaña de viñedo, como choza de melonar, como ciudad sitiada.

9Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado un resto, seríamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra.

10Escuchen la Palabra del Señor, príncipes de Sodoma; escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.

11¿De qué me sirve la multitud de sus sacrificios? –dice el Señor–. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de animales cebados; la sangre de novillos, corderos y chivos no me agrada.

12Cuando entran a visitarme y pisan mis atrios, ¿quién exige algo de sus manos?

13No me traigan más ofrendas sin valor, el humo del incienso es detestable. Lunas nuevas, sábados, asambleas... no aguanto reuniones y crímenes.

14Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más.

15Cuando extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé. Sus manos están llenas de sangre.

16Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal,

17aprendan a obrar bien; busquen el derecho, socorran al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda.

18Entonces, vengan, y discutamos –dice el Señor–. Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, se volverán blancos como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana.

19Si saben obedecer, comerán lo sabroso de la tierra;

20si rehúsan y se rebelan, la espada los comerá. Lo ha dicho el Señor.

21¡Cómo se ha prostituido la Ciudad Fiel! Antes llena de derecho, morada de justicia; ahora no hay más que criminales.

22Tu plata se ha vuelto basura, tu vino está aguado,

23tus jefes son bandidos, socios de ladrones: todos amigos de sobornos, en busca de regalos. No defienden al huérfano, no se encargan de la causa de la viuda.

24Por eso –oráculo del Señor Todopoderoso, el Fuerte de Israel–: me vengaré de mis enemigos, me desquitaré de mis adversarios.

25Volveré mi mano contra ti: para limpiarte de tus impurezas en el crisol y eliminar todos tus desechos;

26te daré jueces como los antiguos, consejeros como los de antes: entonces te llamarás Ciudad Justa, Ciudad Fiel.

27Sión será redimida con el derecho, los repatriados con la justicia.

28Vendrá la ruina para rebeldes y pecadores juntos, los que abandonan al Señor perecerán.

29Ustedes se avergonzarán de las encinas que amaban, se sonrojarán de los jardines que elegían.

30Serán como encina de hojas secas, como jardín sin agua.

31El poderoso será un trapo, su obra será la chispa: arderán los dos juntos y no habrá quien los apague.

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