Eclesiástico (Sirácide) 38
Santa Biblia Martín Nieto ›1Honra al médico en atención a sus servicios, porque también a él lo creó el Señor.
2Pues de Dios procede el arte de curar, y del rey recibirá regalos.
3La ciencia del médico le hace llevar la cabeza erguida y es admirado por los poderosos.
4El Señor creó de la tierra los remedios, el hombre sensato no los desprecia.
5¿No se endulzaron las aguas con un leño para dar a conocer su poder?
6Él dio a los hombres la ciencia para que se gloríe en sus maravillas.
7Con ellas el médico cura y quita el dolor, con ellas el boticario hace sus mezclas,
8de manera que sus criaturas no perezcan y la salud se extienda sobre la faz de la tierra.
9Hijo, en tus enfermedades no te impacientes, sino suplica al Señor y él te curará.
10Apártate del pecado, lava tus manos y limpia tu corazón de todo pecado.
11Ofrece incienso y una ofrenda de flor de harina, y generosos sacrificios según tus medios.
12Después recurre al médico, porque también a él lo creó el Señor; y no se aparte de ti, porque necesitas de él,
13pues hay veces que la salud depende de sus manos.
14Porque también ellos rezan a Dios para que les conceda éxito en dar alivio y conservar la vida.
15El que peca a los ojos de su hacedor caerá en manos del médico.
16Hijo, llora sobre el muerto y, como corresponde a quien sufre, entona lamentaciones, amortájale según le corresponde, y no te olvides de enterrarlo.
17Llora con amargura, suspira ardientemente, guarda luto según su condición un día o dos para evitar la murmuración, y consuélate de tu tristeza.
18Porque de la tristeza viene la muerte, y la tristeza del corazón consume el vigor.
19Después de los funerales, pase la pena; pues una vida de aflicción es dañosa para el corazón.
20No des tu corazón a la tristeza, apártala recordando tu último fin.
21No olvides que no hay retorno; que al muerto no le aprovecha, y tú te haces daño.
22Acuérdate de su destino, pues así será el tuyo; ayer a él, hoy a ti.
23Cuando el muerto ya descansa, descanse también su memoria; y consuélate de él después de su partida.
24La sabiduría del sabio crece en las horas libres, y el que no tiene ocupaciones llegará a sabio.
25¿Cómo va a llegar a sabio el que sostiene el arado y se gloría de blandir la aguijada, el que conduce los bueyes, se ocupa en estos trabajos y sólo habla de novillos?
26Su empeño lo pone en trazar surcos, y su desvelo en engordar becerros.
27E igual el obrero o artesano que trabaja día y noche; el que graba los sellos y se esfuerza en varios diseños, que pone su atención en reproducir el modelo y pasa sus vigilias en rematar su obra.
28E igual el herrero sentado junto al yunque, que examina el hierro bruto; el ardor del fuego enrojece su carne, y en el calor de la fragua se revuelve. El ruido del martillo ensordece sus oídos, y sus ojos están fijos en el modelo. Pone toda su atención en acabar bien su obra y su desvelo en adornarla perfectamente.
29Lo mismo el alfarero sentado a su faena; con sus pies hace girar la rueda, preocupado sin cesar de su obra y de finalizar la tarea fijada.
30Con sus manos modela la arcilla y con sus pies la ablanda; pone toda su atención en perfilar el barnizado y se desvela para limpiar el horno.
31Todos estos confían en sus manos, y cada uno es maestro en su oficio.
32Sin ellos es imposible edificar una ciudad, ni vivir o andar por ella.
33Pero no se les busca para consejeros del pueblo, ni en la asamblea destacan, ni se sientan en la silla del juez, porque no entienden de justicia y derecho.
34No manifiestan cultura ni sabiduría, ni entienden de proverbios. Pero ellos aseguran el funcionamiento del mundo ocupados en el trabajo de su oficio.