Lc 2, 25-35
Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)25Vivía por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era una persona justa y piadosa, que esperaba que Dios consolase a Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. 26El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor * . 27Movido por el Espíritu, vino al Templo. Cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, 28lo tomó en brazos y alabó a Dios diciendo: 29«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, 30porque han visto mis ojos tu salvación, 31la que has preparado a la vista de todos los pueblos, 32luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel.» 33Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. 34Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está destinado para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción * — 35¡a ti misma una espada te atravesará el alma!—, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones * .»