Quien se calla voluntariamente un pecado grave en la confesión, si quiere salvarse, tiene que repetir la confesión entera y decir el pecado…
Los Mandamientos
90. Quien se calla voluntariamente un pecado grave en la confesión, si quiere salvarse, tiene que repetir la confesión entera y decir el pecado que calló, diciendo que lo calló dándose cuenta de ello
90,1. Los que han tenido la desgracia de hacer una confesión sacrílega, y desde entonces vienen arrastrando su conciencia, de ninguna manera pueden seguir en ese horrible estado.
No desconfíen de la misericordia de Dios.
Acudan a un sacerdote prudente, que les acogerá con todo cariño.
Bendecirán para siempre el día en que quitaron de su alma ese enorme peso que la atormentaba.
Cuando uno tiene conciencia de haber hecho malas confesiones, debe hacer confesión general «de todos los pecados mortales cometidos desde su última confesión válida».
Además, el confesor no se asusta de nada, porque, por el estudio y la práctica que tiene de confesar, conoce ya toda clase de pecados.
Es una tontería callar pecados graves en la confesión por vergüenza, porque el confesor no puede decir nada de lo que oye en confesión.
Aunque le cueste la vida callar el secreto.
Ha habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar al secreto de confesión.
«Este secreto, que no admite excepción, se llama sigilo sacramental»96.
Aunque el secreto de la confesión no obliga lo mismo al sacerdote que al penitente, también éste debe guardar secreto de lo que se le dice en la confesión. «Normas que serán exactas para aquella persona determinada, aireadas fuera, pueden ser interpretadas equivocadamente, o tomadas con un valor y sentido universal que no tienen; y así convertirlas en un verdadero disparate».
Es pecado ponerse a escuchar confesiones ajenas.
Los que, sin querer, se han enterado de una confesión ajena no pecan; pero tienen obligación de guardar secreto.
Es curioso que los mismos que ponen dificultades en decir sus pecados al confesor los propagan entre sus amigos, y con frecuencia exagerando fanfarronamente.
Lo que pasa es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor son pecados; y esto es humillante.
Por eso para confesarse hay que ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se confiesan bien.
Nunca calles voluntariamente un pecado grave, porque tendrás después que sufrir mucho para decirlo, y al fin lo tendrás que decir, y te costará más cuanto más tardes, y si no lo dices, te condenarás.
Si tienes un pecado que te da vergüenza confesarlo, te aconsejo que lo digas el primero. Este acto de vencimiento te ayudará a hacer una buena confesión.
90,2. El confesor será siempre tu mejor amigo. A él puedes acudir siempre que lo necesites, que con toda seguridad encontrarás cariño y aprecio. Además de perdonarte los pecados, el confesor puede consolarte, orientarte, aconsejarte, etc. Pregúntale las dudas morales que tengas. Pídele los consejos que necesites. Dile todo lo que se te ocurra con confianza. Te guardará el secreto más riguroso.
Los sacerdotes estamos aquí para que los hombres, por nuestro medio, encuentren su salvación en Dios.
El perdón de un pecado que, desde el punto de vista sociológico, acaso no tiene gran transcendencia, es en realidad más importante que todo cuanto podamos hacer para mejorar la existencia de los hombres.
Hasta Nietzshe, a pesar de su violentísimo anticristianismo, pues llegó a afirmar «aborrezco al cristianismo con un odio mortal», reconocía que «el sacerdote es una víctima sacrificada en bien de la humanidad».
«El sacerdote guía a la comunidad cristiana con la predicación de la palabra de Dios, con sus consejos, con sus orientaciones, con su actitud de
diálogo, de acogida, de comprensión, con su fidelidad a Jesucristo. El sacerdote es, ante todo, un educador».
Dice Juan Pablo II, en su libro Don y Misterio, citando San Pablo, que el sacerdote es administrador de los misterios de Dios: «El sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas».
Cuenta el historiador José de Sigüenza hablando de Fray Hernando de Talavera, Primer Arzobispo de Granada, que la reina Isabel la Católica lo llamó para confesarse con él.
Era la primera vez que lo hacía con él.
Habían preparado dos reclinatorios, pues en aquel tiempo era costumbre que cuando los reyes se confesaban también el confesor se ponía de rodillas; pero el obispo se sentó.
Le dijo la reina:
- Ambos hemos de estar de rodillas.
Pero el confesor contestó:
- No, Señora.
Vuestra Alteza sí debe estar de rodillas, para confesar sus pecados; pero yo he de estar sentado, porque éste es el Tribunal de Dios y yo estoy aquí representándolo.
Calló la reina y se confesó de rodillas.
Después dijo:
- Éste es el confesor que yo buscaba.
Hugo Wast escribió:
«Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que hace un sacerdote;
»Cuando se piensa que ni los ángeles pueden hacer lo que un sacerdote;
»Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo, en la Última Cena realizó un milagro más grande que la creación del universo, y que este portento puede repetirlo cada día un sacerdote;
»Cuando se piensa en el otro milagro que un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados;
»Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si le faltase la eucaristía; »Cuando se piensa que esto puede ocurrir por falta de vocaciones sacerdotales; »Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un maestro y que un médico, pues él puede remplazarlos a ellos, y ellos no al sacerdote; »Cuando se piensa todo esto uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales; »Uno comprende el afán de muchas familias para que en su seno brotase una vocación sacerdotal; »Uno comprende el inmenso respeto del pueblo por los sacerdotes; »Uno comprende que el peor crimen que se puede cometer es impedir o desalentar una vocación; »Uno comprende que ayudar a un joven a llegar al altar es contribuir a que “otro Cristo” alimente al mundo con la eucaristía».
decir.
No sé cómo llegó a mis manos una hoja que decía: ¡Pobre cura! Si es joven, le falta experiencia. Si es viejo, ya debe retirarse. Si canta mal, se ríen. Si canta bien, es un vanidoso. Si se alarga en el sermón, es un pesado. Si es corto, no sabe qué
Si habla en voz alta, regaña. Si lo hace en tono natural, no se le oye. Si escucha en el confesonario, es un chismoso. Si confiesa aprisa, no escucha. Si visita a los feligreses, no está nunca en el despacho. Si no lo hace, es arisco. Si tiene coche, vive como un rico. Si va a pie, es un antiguo. Si pide ayuda, es un pesetero. Si no arregla la iglesia, es un abandonado. Y cuando se muera, muchos lo echarán de menos.
90,3. Si tienes la desgracia de tropezar con un religioso o con un sacerdote que no vive conforme a su estado, no te alarmes por eso. A veces, se dan caídas incluso en los que tienen más obligación de servir a Dios. Pero por eso no debe vacilar tu fe. Nuestra fe no descansa en ningún hombre, sino en Dios, que nunca falla. Los hombres están sujetos a cambios. El que hoy es bueno, mañana deja de serlo; y viceversa. También entre los doce Apóstoles hubo un Judas traidor. Aunque es cierto que a veces se dan casos de sacerdotes que dan mal ejemplo, es mucho mayor el número de sacerdotes ejemplares, de abnegados misioneros, de mártires heroicos y de grandes santos, que son el verdadero exponente de lo que es la Iglesia Católica. El sacerdote que no cumple bien sus obligaciones, será juzgado por Dios como se merece.
Sin embargo, la religión no deja de ser verdad aunque haya sacerdotes débiles, que no vencen sus pasiones. Lo mismo que la Medicina sigue siendo verdad, aunque hubiera médicos toxicómanos.
Hay sacerdotes malos, pero en proporción muchísimo menor que en cualquier otra profesión. Y por otra parte, la virtud en grado elevado se ha dado siempre en el sacerdocio más que en cualquier otra profesión. Cuando un sacerdote peca, una persona culta piensa: ¡qué heroísmo el de tantos otros sacerdotes que teniendo las mismas inclinaciones y pasiones sin embargo no sucumben.
Es una injusticia generalizar las faltas, que excepcionalmente se dan en un caso aislado, achacándolas a todos los demás sacerdotes.
Como si yo, porque conozco a dos de tu pueblo que son unos borrachos, dijera que todos los de allí sois unos borrachos. Sería injusto con vosotros.
El que haya monedas falsas no supone que todas sean falsas.
Además las faltas en un sacerdote llaman más la atención, precisamente por eso, por lo excepcionales: una mancha de tinta se ve mucho más en un pantalón claro que el «mono» grasiento de un mecánico.
Sobre las acusaciones que se oyen contra los curas te recomiendo: Yo no creo en los curas de Yanes.
La frase «yo no creo en los curas» no tiene sentido. En los curas no hay que creer. Basta creer en Dios. Entre los curas, como en cualquier grupo humano, los hay mediocres. Algunos se quedan muy lejos de lo que se espera de ellos. Pero es que están hechos del mismo barro que los demás hombres.
Lo importante es que el sacerdote me lleve a Dios. Lo que él valga es secundario. Lo importante es que el vino sea bueno, aunque el vaso sea de barro.
Alejarse de Dios porque no gusta el sacerdote es como no tomar un taxi porque el conductor es feo. El mojón de la carretera me señala el camino. Que éste sea de madera, piedra o metálico, es lo de menos; si me señala bien el camino.
Pero no hacer caso porque no nos gusta su forma es de necios.
El sacerdote me señala el camino para ir a Dios. Si lo señala bien, eso es lo único importante. Todo lo demás es secundario.
Es una equivocación el mal concepto que muchos tienen de los sacerdotes. Ningún muchacho se hace sacerdote para pasarlo bien. Y se da cuenta de ello en los largos años de estudios sacerdotales, sometido a una disciplina dura y a unas renuncias muy fuertes: como es renunciar a una novia y renunciar a un hogar. Además, los estudios de un sacerdote son tan largos y costosos como los de un médico o los de un ingeniero, y sin embargo la mayoría de los sacerdotes en España ganan el salario mínimo interprofesional.
Hoy, en España, el clero vive por lo general peor que la clase media.
Sería ridículo que un muchacho pensara en ser sacerdote para pasarlo bien. Los que aspiran al sacerdocio lo hacen para ser ellos mejores y para hacer el mundo mejor. Porque si no hubiera sacerdotes, los de arriba serían peores de lo que son, los de abajo tendrían menos defensores, y tú en lugar de tener este libro entre tus manos quizás tendrías otro para mal de tu alma.
Y si algún sacerdote no te da buen ejemplo, no te guíes por lo que hace, sino por la doctrina de Cristo que te predica.
Ya te avisó Cristo: «Haced lo que os dicen, pero no hagáis según sus obras». Ellos son responsables de sus obras, y darán a Dios estrecha cuenta de ellas; pero tú tendrás que dar a Dios cuenta de las tuyas. El que otro cometa pecados no justifica el que tú también los cometas.
Los dos iréis al infierno, si no pedís perdón a Dios.
90,4. La confesión, al perdonarnos los pecados, nos devuelve la gracia santificante (o nos la aumenta, si no la habíamos perdido por el pecado grave).
Y con la gracia también nos devuelve el derecho al cielo y nos restaura todos los méritos pasados, que habíamos perdido por el pecado grave.
90,5. La confesión es un gran beneficio de Dios que debemos saber estimar y aprovechar.
Incluso desde el punto de vista natural.
«La conocida psicóloga norteamericana Karen Horney, basándose en datos puramente clínicos, afirma que una confesión bien hecha tiene el mismo efecto que tres años enteros de psicoanálisis y, por cierto, ella no es católica. Y el famoso psiquiatra suizo Paul Tournier, calvinista, dice que hay una multitud de gente enferma que lo que anhela en el fondo es confesarse.¿Acaso Cristo, Médico de las almas, no iba a saber más psicología que los mismos hombres? La confesión cura las heridas más profundas y subconscientes del alma, cura de odios, rencores, resentimientos, conciencias deformadas, traumas, complejos y hace lo que no puede hacer ningún terapia: nos reconcilia con Dios y nos devuelve la gracia. La psicología y la psicoterapia, en muchos casos, no son sino un subrogado de la confesión. Y, muchas veces, precisamente los que rehusan confesar sus pecados al sacerdote, son los que van con el psicólogo, que es un hombre pecador como ellos, le dicen sus "pecados", no les perdona y ¡además le pagan!»
Pero sobre todo desde el punto de vista sobrenatural.
¿Qué sería de nosotros en la otra vida, si no tuviéramos en ésta un medio para alcanzar el perdón de nuestros pecados? Por eso la Iglesia, que quiere que aseguremos la salvación, manda que nos confesemos por lo menos una vez al año.
La confesión anual es obligatoria, si hay pecados graves116.
Pero deberíamos confesarnos con frecuencia. Al menos cada mes. Y esto aunque no haya pecados graves, pues la confesión es un sacramento, que nos dará gracia para ser cada vez mejores. Si no tienes pecados graves, te confiesas de algún venial, que nunca falta. Y aunque ya te dije que los pecados veniales no es obligatorio confesarlos, siempre es conveniente.
Sin embargo, aunque Dios quiere que me confiese a menudo, y a mí me conviene hacerlo, ningún hombre puede forzarme. Ni mis jefes, ni mis amigos, ni mis familiares, ni un sacerdote, ni nadie. Los otros podrán aconsejarme que me confiese; pero forzarme, no. La confesión tiene que ser libre. Que me salga de dentro. Porque la estimo y quiero salvarme. Aunque me cueste. Las medicinas no siempre gustan. Si voy a la confesión forzado y sin dolor, la confesión será una comedia. Y esto es un pecado gravísimo.
Para que la confesión valga, tiene que haber arrepentimiento.
Si en alguna rarísima ocasión alguien te obliga a confesarte, y tú no estás en disposición de ello, antes de hacer una mala confesión, dile al sacerdote que no vas con intención de confesarte y que te dé la bendición: los demás no notarán nada, y tú no habrás cometido un sacrilegio.
Por muchos pecados que tengas, y por grandes que sean, nunca debes desconfiar de Dios, sino que debes acudir humildemente a Él y pedir el perdón que Él está deseando darte. Dios odia el pecado, pero ama al pecador; y sólo quiere que se convierta y se salve.
Todo confesor tiene obligación de confesar a todo aquel que se lo pida razonablemente.
La absolución del sacerdote es el signo eficaz del perdón de Dios y el momento culminante de la celebración del sacramento de la penitencia. La absolución tiene lugar cuando el sacerdote pronuncia la fórmula sacramental: «Yo te absuelvo de tus pecados», al mismo tiempo que traza la señal de la cruz sobre el penitente.
Las palabras esenciales de la absolución sacerdotal son: «Yo te absuelvo de tus pecados».
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.