El cuarto mandamiento de la ley de Dios es: Honrarás a tu Padre y a tu madre
Los Mandamientos
66. El cuarto mandamiento de la ley de Dios es: Honrarás a tu Padre y a tu madre
66,1. Honrar a los padres es obedecer, si se vive bajo su potestad, sus mandatos; mientras no manden lo que es pecado, pues «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres». También asistirlos en sus necesidades y venerarlos con amor. Dice San Pablo: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor». Y el libro del Eclesiástico: «El que honra a su padre repara su pecado. El que honra a su madre amontona tesoros (...) El que abandona a su padre es como un blasfemo, y maldito del Señor el que irrita a su madre».
En algunas malas traducciones del Evangelio hay una frase que no se entiende. Ponen en boca de Jesucristo: «El que no odia a sus padres no es digno de Mí». Esto, tal como suena, es un disparate. Hay que tener en cuenta que la palabra «odiar» en hebreo no tiene el mismo sentido que en castellano.
En hebreo significa «tener en menos».
Por lo tanto el sentido de la frase es: «El que antepone sus padres a Mí, no es digno de Mí».
Esto ya se entiende.
66,2. La desobediencia a los padres es más grave cuando se trata de cosas relacionadas con el bien de nuestra alma: deberes religiosos, amistades, diversiones, etc.
«Esta obediencia la deben los hijos a sus padres mientras forman con ellos la sociedad parental, cuya finalidad y compromiso, tanto por parte de los padres como por parte de los hijos, es la educación de los hijos. (...) Los hijos tienen el derecho y la obligación de ser educados por sus padres y de dejarse educar por sus padres».
«Los hijos deben estar sujetos a sus padres: deben obedecer, pero libremente, no como esclavos. Y sólo es capaz de obedecer libremente quien ama a aquellos de quienes depende y deben mandarle. (...)
»La obediencia, la sujeción de los hijos debe ser una consecuencia del amor a sus padres».
«La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre».
Tus padres lo son todo para ti. Aunque sean viejos y achacosos, debes conservarles el respeto y el cariño. No seas jamás un hijo desagradecido. Todo lo que tienes, a ellos se lo debes. «¿Cómo podrías pagarles lo que han hecho por ti?».
Piensa en los pobres niños abandonados que no conocen a su padre, ni saben lo que es el cariño de una madre.
A los padres no basta quererlos, hay que manifestárselo.
No hay en el mundo amor más desinteresado que el de los padres: no es mucho pedir que ellos reciban alguna cálida manifestación de cariño de sus hijos, que tanto agradecen.
Hoy se habla poco de obedecer a los padres. Incluso algunos hijos se creen que desobedeciendo dan muestras de independencia y personalidad. Es decir, que consideran la desobediencia como un valor.
Esto es una equivocación.
Esos mismos jóvenes que no obedecen a sus padres que les aman, luego obedecen a los amigos, a las modas, o a sus caprichos que les tiranizan. Cambian de obediencia: la buena, por la mala.
Ser libre no es hacer lo que me da la gana.
Ése es esclavo de sus caprichos.
Libre es el que voluntariamente cumple con su deber.
La persona más libre fue Jesucristo, que era Dios. Sin embargo cumplió con la voluntad de su Padre.
Hoy día es muy fácil que los hijos se contagien del espíritu de rebeldía y libertad desenfrenada del ambiente. El P. César Vaca, O.S.A. escribió en el periódico Ya de Madrid:
«Criticar los falsos maestros, los malos educadores, los padres incomprensivos y egoístas, está bien; pero rechazar la disciplina familiar en globo, menospreciar sin compasión a cuantos ejercen la ardua tarea de la educación y la enseñanza, presentando como la mejor de las escuelas la anarquía de una libertad incontrolada, es colocarse al borde de la ruina».
«Los problemas que destacan en las páginas frontales de los periódicos de todo el mundo, son un reflejo de la falta de disposición de nuestra juventud para someterse a ningún sistema de valores que no sea la jerarquía de valores de su propio criterio. (...)
»Todos somos testigos de casos de adolescentes que son advertidos y aconsejados una y otra vez por padres experimentados y responsables, pero ellos prefieren “discurrir por su cuenta”, para descubrir demasiado tarde lo que su padre le predecía certeramente.
»Por desgracia, son muchos los jóvenes que no quieren escuchar consejos. Semejante hostilidad de la gente joven hacia la autoridad paterna supone que ellos se oponen irrazonablemente a los beneficios de la experiencia»
«Los hijos deben ayudar en la vida de familia. En todas las familias se necesita la colaboración de los hijos. Entre todos se puede conseguir una vida familiar agradable y alegre.
»En nuestra sociedad el número de personas que alcanza una edad avanzada es cada vez mayor.
»Los ancianos se encuentran con problemas que hacen más dura su ancianidad: ya no pueden trabajar, algunos están enfermos, otros solos.
»Todos los miembros de la sociedad deben sentirse responsables de la atención a los ancianos, especialmente los hijos».
66,3. En este mandamiento se contienen también las obligaciones de los padres para con sus hijos, que son, además de amarlos: alimentarlos, vestirlos, instruirlos en religión y en cultura, vigilarlos, corregirlos, darles buen ejemplo y «procurarles un porvenir humano proporcionado a su estado y condición social». Es decir, educarlos física, intelectual, humana, espiritual y moralmente; y protegerlos de los peligros de alma y cuerpo.
Los padres tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos.
«Recuerden los padres que es deber suyo vigilar cuidadosamente para que los espectáculos, las lecturas y cosas parecidas, que puedan ofender a la fe o a las buenas costumbres no entren en el hogar, y para que sus hijos no las vean en otra parte».
Dijo Pío XII en su discurso del 9-V-57: «La sociedad es para la familia, no la familia para la sociedad. La familia es una institución natural: es el origen de la vida humana, y el recinto de la educación.
La familia es vínculo de transmisión normativa. Pero es necesario que la normativa moral y religiosa se dé con convicción, con motivación y con el ejemplo».
Algunos, enemigos de la educación y amigos de la libertad absoluta, defienden que se deje al niño hacer lo que espontáneamente quiera.
Esto es una aberración.
A los niños, desde pequeños hay que enseñarles lo que es bueno y correcto. Después, cuando sean mayores lo harán libremente, o no la harán; pero cuando son niños hay que enseñarles.
Si tu niño te dice:
- Se me ha morido mi pajarito.
Tú le dices:
- No se dice morido. Se dice muerto.
Después, de mayor, dirá «muerto» libremente.
Y si es un rebelde, dirá «morido». Si prefiere el error, es su problema.
Pero el padre es lógico que trasmita a sus hijos lo que él considera valores, ideales, la verdad, el bien, lo correcto, la virtud, la honradez, la servicialidad, la responsabilidad, etc., etc.
No para oprimir al niño, sino para ayudarle, para educarle, en su propio bien.
Por eso le ayuda a hablar con corrección, a escribir sin faltas de ortografía, a ser limpio, a comer con urbanidad y a mostrarse bien educado en todas partes.
Y, por supuesto, a ser buen católico, amando a Dios y al prójimo.
Debemos colaborar con nuestros padres al bien espiritual de la familia, manifestándoles aquellas cosas que ellos deben saber para corregirlas.
A no ser que haya otro modo más eficaz.
Pero quien oculta los malos pasos de sus hermanos, por un falso criterio de compañerismo, puede hacerse responsable ante Dios de las faltas que queden sin corregir.
El padre tiene obligación de corregir; pero para esto necesita estar informado de lo que pasa. No exagerar las cosas. Pero no quitar importancia a lo que la tiene.
«Los padres son los primeros educadores, y son ellos quienes deben decidir, y no el Estado, el tipo de educación que crean mejor para sus hijos.
»El Estado debe ayudar a todos los niños en edad escolar sin discriminaciones. Sería injusto que si los padres necesitan ayuda para la enseñanza de sus hijos, y el Estado quiere cooperar, sólo ayude a los que asisten a las escuelas estatales, y no ayude a los de las escuelas libres».
«Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones.
»Este derecho es fundamental.
»En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos.
»Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio».
La educación es de una importancia transcendental y de una gran responsabilidad para los padres.
Hay en la vida muchos hombres que lamentan su desgracia por las faltas y descuidos de sus padres.
Los padres no pueden hacer creer a sus hijos, pero pueden educarles en la fe.
Lo mismo que no pueden decidir por ellos, pero pueden enseñarles lo que es bueno y lo que es malo.
En educación, como en todo, se recoge lo que se siembra.
A los niños, gradualmente, según ellos vayan siendo capaces de asimilar, hay que inculcarles la limpieza, el orden, la obediencia, el sacrificio, la lealtad, la servicialidad, la honradez, el saber renunciar, etc. etc.
«Acostumbrarlos a portarse bien en todas partes, a practicar el bien aunque sea penoso, y a huir del mal aunque sea seductor, (...) espontáneamente, y por propia iniciativa, aunque nadie le vigile ni castigue».
De mayores será muy difícil que adquieran virtudes que no se les sembraron de pequeños.
Los niños, para su buen desarrollo, necesitan caricias desde el primer momento.
Se han hecho estudios de niños atendidos perfectamente en sus necesidades vitales, en centros especializados, pero faltos de cariño, que muestran anormalidades características.
«Quien sabe amar, sabe corregir, negar, conceder y premiar. El amor que consiste sólo en dar gustos, tolerar caprichos, y dejar sin sanción las culpas, es un amor equivocado».
Con ocasión de la fuga de dos adolescentes madrileñas a Portugal, con dos amigos en un coche robado, José María Carrascal publicó en el ABC un acertado artículo en el que entre otras cosas decía: «Siempre se han escapado niños y niñas de casa. »Pero antes se marchaban porque les trataban mal, y ahora se largan porque les tratan demasiado bien. »Se aburren. »Y les entra el cosquilleo de la aventura. (...) »Saben, además, que cuando vuelvan no les va a pasar nada»
Los hijos no se pueden tener mimados y consentidos. El niño mimado y consentido se hace caprichoso y poco sociable. Esto le va a traer problemas de aceptación entre sus compañeros en su edad escolar, y esto le va a dificultar su madurez psicológica.
Está comprobado que el niño que es bien aceptado por sus compañeros, por sus cualidades personales, tiene un gran porcentaje de probabilidades de una buena maduración psicológica en el futuro.
Los hijos, ni se pueden tener mimados y consentidos, ni tampoco castigarlos sin razón.
El castigo es inevitable, pues es moralmente imposible que tus hijos no cometan alguna falta que lo requiera: «sin castigo no hay educación posible», dice uno de los más célebres pedagogos de nuestra época, Foerster. Pero para que el castigo sea educativo y eficaz ha de ser siempre: a) oportuno: escogiendo el momento más propicio para imponerlo pasada la ira en unos y otros; b) justo: sin exceder los límites de lo razonable;
c) prudente: sin dejarse llevar de la ira; d) poco frecuente, para que sea eficaz. e) cariñoso en la forma, para que el niño comprenda que se le impone por su bien. «No somos eficazmente castigados sino por aquellos que nos aman y a quienes nosotros amamos».
El castigo corporal tiene sus dificultades. Puede engendrar terquedad, rencor, debilitamiento del sentimiento del honor.
Los niños nerviosos no debieran ser castigados corporalmente, pues se corre el peligro de aumentar su nerviosidad.
En las niñas el castigo corporal debilita el sentimiento de su intocabilidad corporal, tan precioso para el recato de su vida futura.
A veces puede ser más eficaz que un castigo corporal el ponerlo a comer solo en una mesita de cara a la pared, privarle de una habitual muestra de cariño, o de un dulce que le gusta, o del dinero que se le suele dar: depende de edades y circunstancias.
El castigo debe facilitar al niño el camino de la honradez, la obediencia, la aplicación, etc., para hacer de él un hombre moral.
El castigo más que para expiar la culpa cometida debe servir para la corrección. Para esto es necesario que el niño reconozca la falta, y lo justo del castigo.
El castigo tiene mucho más valor cuando el niño lo acepta voluntariamente, o se lo impone él mismo.
Después de aplicado el castigo, se deben hacer las paces con el niño lo antes posible.
Hay que tener tacto para corregir con eficacia.
Poco se logra con herir y humillar solamente.
Hay que alentar. Despertar el sentimiento de la propia estima.
Una corrección eficaz debe dejar siempre abierto un portillo a la esperanza de la propia superación.
El dejarle hacer lo que él quiera, algún día lo interpretará como falta de interés por su bien.
En cambio el contrariarle manifestando que se hace por amor e interés por él, terminará por ganarle el corazón.
«Corregir no es coaccionar. Corregir no es usar violencia. Corregir es decir lo que hay que decir, en privado, no delante de otros; sin comparaciones, que son odiosas; con tino, tacto y comprensión. Con dificultad ejercerá bien una corrección el que la hace apasionadamente, con ira, o con amor propio herido. Quien tiene que corregir debe hacerlo con humildad, sin aire de superioridad como si nosotros fuéramos impecables. Hacerlo por caridad, y no por venganza, rencor o resentimiento. Sin lastimar ni herir. Con ánimo de curar, no de hundir. Sólo cambiando el corazón de las personas la corrección es duradera».
Decir: «te quiero demasiado para permitirte eso», o un trato cariñoso después de un castigo, restablece la armonía.
El amor debe estar por encima de las travesuras.
Una madre después de castigar a un hijo le dijo:
«No estoy furiosa contra ti, sino contra tu travesura».
Y el hijo agradeció aquel castigo.
Si es importante saber manejar el castigo en orden a una buena educación, no lo es menos el saber utilizar el premio; por ejemplo, el elogio.
La recompensa pedagógica puede revestir muchas formas: una mirada de aprobación, un gesto cariñoso, una palabra, la concesión de un permiso deseado, un regalo, etc.
Pero tampoco se pude ser excesivo en los premios y alabanzas, pues perderían eficacia, y se correría el peligro de hacer al niño egoísta, obrando bien sólo con miras al premio y a la recompensa.
El estímulo es más eficaz que la represión.
A veces ésta será inevitable, pero su eficacia será mayor si el hijo está acostumbrado a que se le reconozca la obra bien realizada, y se le aplauda el esfuerzo realizado, aunque no siempre estos esfuerzos hayan sido coronados por el éxito.
Todo el mundo queda agradecido a quien sinceramente le anima.
Un elogio correcto, justo, oportuno, estimula y educa para el bien.
«Las personas necesitamos experimentar situaciones de éxito. (...)
»De esta manera vamos adquiriendo lo que Harter llama “motivación de eficacia”, es decir, que la propia tarea en la que conseguimos el éxito se convierte en una fuente de satisfacción que nos motivará a seguir realizando otras tareas, con lo que aumentará nuestra probabilidad de volver a tener éxito en el futuro».
«Todo el arte de la Pedagogía consiste en saber sonreír y en decir NO a los hijos en el momento preciso y de la manera exacta».
El elogio obra maravillas. Pero conviene que se refiera a cosas concretas más que a cosas generales. En lugar de decir: «eres muy valiente», es mejor decir: «me ha gustado verte subir a la bicicleta después de haberte caído».
«Los padres tenemos que ser portadores de referencias. (...) » Una consecuencia de la libertad es que el hombre tiene que elegir. »Tiene que tomar decisiones. » Los animales no eligen, no toman decisiones, se dejan llevar por sus instintos necesariamente. »Pero el hombre, no. »Cuando se deja llevar por sus instintos es porque el hombre quiere. Aunque los instintos sean fuertes, más lo es la libertad. »Elegir es una consecuencia de la libertad. »Cuando elegimos podemos equivocarnos. »Y esto produce inseguridad. (...) »Por eso es muy importante la educación de la libertad. »Porque tenemos libertad para elegir lo que se debe hacer o lo que apetece. (...) La falta de referencias hacen al hombre inseguro. (...) »Y la inseguridad lleva a la inmadurez. (...) » Los padres debemos ser portadores de referencias, es decir, portadores de seguridad».
Una de las cosas peores que puede hacer un padre con sus hijos es dejarlos que se hagan caprichosos y testarudos. Es de la máxima importancia en la educación de los hijos la formación de la voluntad.
La voluntad se fortalece enseñándola a renunciar. A esto hay que empezar de pequeño. Que empiece a renunciar a gustos, caprichos, comodidades, etc., en bien del prójimo. Por ejemplo: que reparta entre hermanos y amigos la caja de bombones que le han regalado, que se levante de la silla para echar el papel del caramelo en la papelera, que ceda el sillón a una persona mayor, que deje un juego ruidoso porque a la abuelita le duele la cabeza, etc., etc. Hay multitud de renuncias y privaciones de alto poder formativo.
La sonrisa de un hijo proporciona a los padres tanto placer que se hace durísimo contrariar al niño.
Por otra parte, hay corazones de padres que no pueden resistir el oír llorar a sus hijos.
Sin embargo, han de saber que por no querer contrariarlos hoy y darles esos caprichos, los están preparando para grandes disgustos en la vida, porque las cosas no siempre van a salir a sus deseos.
Es una equivocación decir: «Déjale hacer. Pobrecito. Ya tendrá tiempo de sufrir».
Todo lo contrario.
El niño mimado sufrirá el doble que el que se ha acostumbrado a renunciar con naturalidad. ¡En la vida hay que renunciar por fuerza tantas veces!
Es menester acostumbrar al niño, desde pequeño, a portarse bien en todas partes, espontáneamente y por propia iniciativa, aunque nadie lo vigile ni le castigue.
Hay que saber apartarlos del mal y orientarlos al bien, de modo que ellos mismos estimen la virtud y el deber, y lo abracen voluntariamente.
Es muy importante en la educación de los niños saber proporcionarles placeres lícitos con alegría, y que sepan renunciar a lo ilícito sin angustia.
Es imposible que los niños tengan siempre lo que desean. Hay que acostumbrar a los niños a que acepten estas frustraciones con naturalidad, pues la vida está llena de frustraciones.
«El joven que se acostumbra desde niño a hacer su voluntad es un inútil para la vida.
»Porque la vida es un tejido de deberes desagradables, y el que desde niño no se acostumbra a cumplirlos severamente, sino que obra a impulsos de sus gustos, caprichos y pasiones, se hace víctima de su propia voluntad al llegar a la edad madura»
Dijo Montaigne que la mayor libertad es la de dominarse a sí mismo.
Dice el gran educador Stuart Mill: «Quien nunca se ha privado de algo permitido, no sabrá privarse de lo prohibido».
La voluntad es la facultad de la persona humana por la cual el individuo cumple lo que se ha propuesto sin dejarse llevar por lo que le gusta o disgusta. Es muy importante para ser una persona de carácter. Es lo que hace al hombre «más hombre».
Para lograr el dominio de la voluntad es necesario entrenarse, como en el deporte.
Hay que adquirir un hábito por la repetición de actos realizados con una motivación de superación personal.
El entrenamiento debe empezar por cosas relativamente fáciles. La constancia engendra el hábito. Los actos repetidos fortalecen la voluntad.
Un agota de agua que cae sobre la mano, ni se nota.
Pero si cae continuamente, termina por horadar la piedra. Ya lo dijo Ovidio: Gutta cavat petram, son semel, sed saepe cadendo: La gota de agua horada la piedra si cae, no una sola vez, sino constantemente.
Un niño mimado no es aquel por quien se hace demasiado. Nunca se hace demasiado por un niño. Niño mimado es aquel a quien nunca se le ha exigido, aquel a quien no se le ha enseñado a devolver en proporción a lo recibido. Condescender a los caprichos del niño es hacer de él un pequeño tirano. «No hay manera más segura de labrar la desgracia de un hijo que darle todos los caprichos».
Formar la voluntad exige hacer renuncias: «Nadie puede hacer estatuas sin rechazar piedra».
La idea lleva al acto. La repetición de actos crea el hábito.
El hábito se fortalece con la motivación.
La motivación hay que caldearla con los afectos, sentimientos y emociones.
Dijo Williams James: «Siembra una acción y recogerás un hábito. Siembra un hábito y recogerás un carácter. Siembra un carácter y recogerás un destino».
Dice el psico-pedagogo Bernabé Tierno:
«Sin los hábitos voluntarios, queridos libremente tras múltiples esfuerzos, no llegaremos a alcanzar la seguridad y la rapidez no sólo en la ejecución sino en las decisiones. Nuestra voluntad es poderosa gracias a los hábitos por los cuales ejecutamos, casi automáticamente, aquello que hemos querido y decidido previamente. Desarrollar la voluntad consiste en contraer hábitos de querer; pero no hay hábitos de querer, no hay voluntad, no hay éxito posible sin esfuerzo. (...) Ese esfuerzo inicial por algo que nos conviene, que es necesario, aunque no nos guste, constituye la fase más costosa y ardua de la formación de la voluntad, que no es otra cosa que la repetición de actos positivos sin escatimar esfuerzos. (...) Concedo una especial importancia a la formación de la voluntad constituyente, es decir, a una educación y entrenamiento del ser humano en el esfuerzo, en la capacidad de elegir todo aquello que le conviene, que es necesario y bueno para el desarrollo integral de su personalidad, aunque no le guste, aunque ello le suponga denodado esfuerzo y sacrificios. No hay otro camino».
«El objeto de la educación es fortalecer la voluntad humana. (...) Educar es hacer que el educando quiera, libre y habitualmente, cumplir con su deber». Y esto se consigue con la acción. Para aprender un idioma hay que practicarlo. Para aprender a hacer zapatos hay que hacerlos: no basta leer un libro de cómo se hacen.
Educar, formar a un niño, es hacerle obedecer, ayudarle a superarse, enseñarle a amar, a querer lo que no quiere, lo que no ama, lo que no hace espontáneamente, pero que le servirá...
Se ha definido al educador como quien presta voluntad. Dejado a sí mismo, el niño queda esclavizado a sus instintos y caprichos.
La intervención de la voluntad fuerte del educador le libera...
Ese pequeño ser tan encantador y tan débil, hacia el que nuestro amor y nuestra compasión se desbordan, es terriblemente egoísta y codicioso. Hay que enderezarlo, moldearlo, humanizarlo. No hay rectitud moral en la vida si no se obedece a los principios, a pesar de las tentaciones y los caprichos.
«Además, no hay verdadero placer, incluso para el niño, en las cosas obtenidas sin esfuerzo. En todos los terrenos hay que pagar con horas de penosa ascensión la alegría de contemplar un hermoso panorama.
»La resistencia vencida produce su goce. Hay que dar al niño la experiencia y el gusto de estas ásperas y profundas alegrías que brotan de la dificultad vencida».
Y desde luego, jamás permitas una desobediencia. Antes de dar una orden, piensa si es conveniente. No mandes muchas cosas seguidas; y nunca, contradictorias.
El padre y la madre deben estar siempre de acuerdo en cuanto a órdenes y castigos. Nunca deben contradecirse.
Y las órdenes, que sean claras, que el niño las entienda. Y bien descritas en sus detalles: plazo de tiempo en que debe realizarse, resultado que se pretende, etc.
Por ejemplo: «Recoge el cuarto de baño después de ducharte». Aclarar que se entiende al terminar de ducharse, no a media noche; todo limpio, no basta recoger la ropa sucia, etc. No mandarles demasiadas cosas. Ni prohibirles tonterías.
Dijo el doctor psico-pedagogo Luis Riesgo en una conferencia a la que asistí en el Casino GADITANO DE Cádiz, el 15 de Noviembre de 1995: «No hacer montañas de las colinas. Ser transigentes en pequeñeces. En toda pedagogía familiar vale más ganar una batalla importante que cien escaramuzas sin importancia».
Procura no mandar cosas demasiado difíciles. Pero dada la orden, que sea ejecutada por encima de todo. Si el niño logra imponer su voluntad una vez, no lo olvidará, y siempre intentará conseguirlo de nuevo. «El niño debe saber que hay ocasiones en las que son inútiles los llantos y los gritos».
Y tú, por tu parte, cumple también la recompensa o los castigos a que te hayas comprometido. Son desorientadores para los niños y fatales en la educación, esos padres que mandan, amenazan y prometen muchas cosas; pero después nada de eso llega a la realidad, sin razón alguna: «El castigo anunciado no debe suprimirse sin causa». Pero hay que tener cuidado de que el castigo no corresponda a nuestro mal humor, sino a la gravedad de la falta y a la responsabilidad del niño. Reconocida la culpa por el niño, y aceptado el castigo, es muy pedagógico disminuir éste con la promesa de enmienda.
- Educar es aceptar que cada hijo tiene su modo de ser, y permitirle ser «él mismo».
- Educar es reforzar y alentar todo lo bueno que tenga el educando.
- Educar es procurar el bien del educando con autoridad y firmeza, pero sin violencia y con ternura.
- Educar es inculcar los valores que pretendemos, por medio del ejemplo.
«Educar es acompañar a alguien para que vaya sacando lo mejor que lleva dentro.
»Es desarrollar las facultades que están soterradas en el fondo de la personalidad, y que necesitan de la ayuda del maestro para aflorar. (...) No hay educación sin disciplina. (...) Ser libres es liberarse de las cargas negativas que uno tiene y potenciar las positivas».
La corrección del niño debe comenzar cuando es pequeño.
Las plantas tiernas son más fáciles de enderezar.
No dejes que nadie, delante de los niños pequeños, alabe lo malo y se ría de lo bueno.
Tampoco toleres que les enseñen a decir picardías.
Por lo mismo, pon mucho cuidado en que los niños pequeños no presencien nada en la casa que pueda enseñarles el mal. Los niños son grandes imitadores: hay que tener mucho cuidado de todo lo que se dice y se hace en su presencia.
Ten también cuidado de que en tu casa no haya cuadros o calendarios deshonestos, ni libros ni revistas peligrosos. Preocúpate de inculcarles desde pequeños el amor a la pureza, a la veracidad, honradez, servicio del prójimo, respeto a la autoridad, etc.
Nada persuade tanto a practicar el bien como el buen ejemplo. «No se enseña ni lo que se sabe ni lo que se dice, sino lo que se hace» (Jaurés). Las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran. Son los hechos los que cuentan, no las palabras.
Las palabras son contraproducentes cuando son desmentidas por los hechos.
Los ejemplos educan más que las palabras.
El niño necesita modelos de comportamiento claros, fuertes y permanentes.
Si los modelos son defectuosos, cambiantes y débiles, no sabrá lo que hay que hacer en cada momento.
«Los padres son las primeras figuras en que ponen los ojos los niños, y cualquier cosa que hagan y defiendan servirá de base para el desarrollo del sistema de valores del niño. (...)
»Es triste ver la anarquía que reina en el ámbito de los valores de muchos padres.
»La buena educación, si de veras ha de merecer este nombre, entraña instrucción de palabra y de obra, con el establecimiento de una jerarquía de valores.
»Es imposible formar la voluntad de un niño si no se forma su sentido de los valores».
Pero además de darles buen ejemplo, hay que hacerles actuar.
El secreto de aprender está en el hacer.
«Exigir a los hijos que hagan lo que es necesario hacer, lo que deben y pueden hacer según su edad; sin permitirles concesiones. (...).
»Eso es amarles y educarles para la vida.
»Tenerlo todo, no haber tenido que esforzarse por nada,(...) es una tremenda desgracia».
Es muy importante lo que los niños ven en casa: rezar al acostarse y al salir a la carretera, es más importante la misa que la playa, privarse de la telebasura, reanudar el saludo a quien no se ha portado bien con nosotros, censurar los malos ejemplos de las personas que salen en televisión, etc.
«Lo que verdaderamente educa es el ejemplo de una vida coherente, y la autoridad apoyada en razones.
»No el autoritarismo violento. La incidencia de la figura paterna ha sido estudiada por Alinear Glueck comparando quinientos muchachos delincuentes con otros quinientos que no lo son. La investigación demuestra que la mayoría de los muchachos delincuentes han dependido en su educación de padres con actitudes extremas de severidad o de permisividad; mientras que los muchachos que presentan una conducta normal pertenecen en su mayoría a padres que han sabido aplicar una disciplina firme pero serena y dialogante».
Para los hijos, tan malo es una autoridad dura y rigurosa, como la falta de autoridad.
El dejar que los niños hagan lo que quieran es muy cómodo para los padres, pero funesto para ellos. El niño necesita autoridad que le libere de su sentimiento de inseguridad. El adolescente necesita guía.
«Incluso se da el caso del muchacho que adopta una actitud provocativa ante su padre, actitud que en el fondo no tiene otro objeto que el de forzarle -inconscientemente por supuesto- a que ocupe su verdadero papel de jefe de familia. Busca la autoridad que tanto precisa, y que es la base de su sentimiento de seguridad».
«Un error contrario al autoritarismo es el abandono en el ejercicio de la autoridad con los hijos.
»Ante las continuas desobediencias y rebeldías, la solución más cómoda es dejar que el niño haga lo que le apetezca.
»Pero esto no es lo más educativo. Con esto no se le está haciendo ningún favor.
»Al contrario, se le está dejando desprotegido. El niño se queda a merced de sus antojos, sin las referencias del adulto, que le son imprescindibles. (...)
»Día a día podemos comprobar cómo estos niños y niñas que han crecido sin la necesaria autoridad de sus padres son personas sin criterios de conducta, con un enorme desconocimiento de lo que debe hacerse y debe evitarse; incapaces de cualquier tarea que no les apetezca y que suponga un esfuerzo sostenido. (...)
»De aquí nace una moral hedonista, que entiende como bueno solamente lo que le apetece. (...)
»Moverse guiado por las apetencias rebaja la condición humana a la condición de animal.
»Un animal se conduce guiado por sus instintos.
»Pero una persona debe conducirse por su inteligencia y por su voluntad. El motor principal del hombre es la voluntad, de la que el animal carece. (...) Las personas necesitan un patrón de conducta y no dejarnos llevar por los intereses ajenos: sólo los peces muertos siguen la corriente del río».
La disciplina es el adiestramiento del niño. Los estudios realizados sobre los trastornos de la conducta de la juventud han demostrado que un niño educado sin disciplina no es capaz de controlarse cuando sea mayor.
Charles Manson, asesino de familias enteras, cuando era niño hacía siempre su voluntad. Al cabo de los años, ya hemos visto las consecuencias.
Hubo un tiempo que en la educación se abusó del autoritarismo y de aquello de que «la letra con sangre entra».
Pero hoy, con un movimiento pendular, se ha pasado a una inhibición de los educadores y a dejar a los niños que sean buenos espontáneamente y encuentren la verdad por sí solos; lo cual es utópico.
Antes se abusó de la enseñanza memorística (recordemos la lista de los reyes godos), pero hoy se elimina la memoria de la enseñanza, lo cual es funesto, pues la memoria es una potencia humana necesaria en la vida. Al niño hay que educarle, desde pequeño, en la autodisciplina, la responsabilidad, el cumplimiento del deber y el respeto a la autoridad.
El célebre psico-pedagogo Dr. Bernabé Tierno, dice:
«No seré yo quien pretenda generalizar y meter en el mismo saco a todos los jóvenes.
»Pero nadie me negará que cada vez abunda más el joven insolente, comodón, que ni estudia ni trabaja, y tiene atemorizados a sus padres. ¿Qué está pasando?
»Son muchos los factores que deberíamos tener en cuenta; pero me fijaré sólo en uno: la dejación de autoridad en la familia y en la escuela, y la falta de educación en el esfuerzo.
»Los adolescentes y jóvenes de las últimas generaciones sólo han pedido cosas, nunca les ha faltado nada.
»Han descubierto que sus padres se lo dan todo, y les solucionan sus problemas; así que no tienen que esforzarse ni superarse.
»Desde bien pequeños siguen la ley del mínimo esfuerzo, y de hacer sólo lo que les gusta. »Como estudiar, ser ordenado, ser responsable exige esfuerzo, no les gusta; y se limitan a encerrarse en una actitud desafiante e insultante contra sus padres si pretenden exigirles responsabilidad y esfuerzo. »Estamos cosechando el resultado de la falta de exigencia, normas, autoridad, autodisciplina, y de una firme convicción de padres y educadores en educar para la vida.
»Jóvenes que con más de veinte años menosprecian, maltratan y atemorizan a sus padres, no tienen otro tratamiento que éste: “Hijo, ya eres mayor de edad. Hemos hecho por ti lo que hemos podido.
»Ha llegado el momento de que tú te busques la vida. Eres muy libre de destrozar la vida que te dimos. Pero no permitiremos que tú destroces la nuestra”».
El niño necesita que le digan lo que es bueno y lo que es malo, y que le ayuden a ir por el camino del bien.
La juventud necesita dirección en sus deseos de aprender. Este deseo es propio de la juventud. Quien ha perdido el deseo de aprender es porque ha empezado a ser viejo.
Tener en cuenta que el niño pequeño no puede comprender la ironía.
Entiende las cosas literalmente, tal como se dicen.
Una broma inocente para un adulto, puede hacer daño a un niño. Unos padres que se mofan de lo que el niño toma en serio, pueden, en su equivocación, perder la confianza de su hijo.
«Uno de los peores errores en que pueden incurrir los padres es en el de hacer comparaciones. Sólo conseguirás que tu hijo aborrezca a aquel con quien lo comparas, y te lo tome a mal».
Según la frase de María Montessori, la célebre doctora italiana de fama mundial, «el niño debe ser respetado y no utilizado como un juguete que nos divierte con sus gestos, balbuceos y gracias, provocándole a repetirlas de modo abusivo, y a veces intempestivo, pensando sólo en nuestra satisfacción. Al niño hay que tratarle como él lo necesita. No como a nosotros nos gusta».
Es necesario saber escuchar a los pequeños sus pequeñas preocupaciones. Así se les prepara el camino de la confianza para cuando tengan que contar confidencias más importantes.
Hay que dejar a los hijos siempre un campo de autonomía. No olvidar que el niño necesita autoafirmarse.
Diez consejos para educar bien a los hijos:
1) Trata con igual cariño a todos tus hijos.
2) No les mientas nunca.
3) Contesta con claridad a todas sus preguntas.
4) Utiliza la amistad más que la autoridad.
5) No les regañes en público.
6) Atiende más a lo bueno que hace que a lo malo.
7) Si hace algo mal, no lo disimules.
8) Si hace algo bien, apruébaselo.
9) Ten paciencia si no se corrige a la primera.
10) Procura enseñarle más con tu ejemplo que con tus palabras.
66,4. Debes preocuparle de que tus hijos no aprendan de sus amigos de la calle de dónde vienen los niños. Evidentemente que ellos procurarán enterarse. Si tú les abandonas en este punto, cuando les entre la curiosidad, irán a sus amigos que más saben de esto, que, naturalmente, serán los más golfos. Puedes imaginarte la clase de información que tus hijos recibirán de ellos. Si tus respuestas a sus preguntas son oscuras o con evasivas, el niño se dará cuenta de que ha topado con algo misterioso y se callará; pero su curiosidad aumentará e irá a preguntar donde le ofrezcan confianza.
En materia sexual el niño tiene necesidad de saber, y por lo tanto hay obligación de informarle. Pero esta información no es conveniente que la reciba de sus amigotes que lo harán de modo chabacano, deformado, degradando la sexualidad, y envileciendo el misterio de la vida. Hay que hacerlo de una manera sana, clara, correcta, digna y adecuada.
Es indispensable que te encargues de hacerlo tú con discreción, prudencia, método y tacto. A los niños «hay que iniciarlos conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual». Puede ayudarte en este importante asunto un pequeño libro titulado Iniciación de los niños en la vida. Este libro te dará normas acertadísimas, e incluso el discursito ya hecho para distintas edades y sexos.
Sobre este tema se hicieron famosos dos libritos de los PP. Pereira y Álvarez Torres titulados: Díganos la verdad y Enséñenos la verdad.
Hay quien opina que es mejor esperar a que el niño pregunte.
Pero, ¿y si el niño tiene vergüenza de preguntar a sus padres? ¿Y si el niño pregunta primero en la calle?
Además en muchos casos la calle se adelanta a informar al niño antes de que éste pregunte.
Una de las edades más peligrosas de los niños es entre nueve y once años, y hay que orientarlos.
No olvides nunca que en esta materia es preferible llegar con un mes de anticipación que con un día de retraso.
Es importante que los niños se sientan superiores a sus compañeros por la buena información que sus padres les han proporcionado, y porque saben les tendrán al corriente de todo lo que quieran preguntar.
Conozco un niño que cuando sus compañeros quisieron hablarle de cosas escabrosas, él les respondió: «Todo esto ya lo sé yo, porque me lo ha explicado mi padre».
Y se marchó.
Su padre está orgulloso de haberle preparado bien.
En esta materia, ante las preguntas de los niños hay tres posturas:
a) El silencio y las evasivas: lo cual es hacer que el niño vaya a preguntar a otro sitio, lo mismo que iría a satisfacer su hambre si nosotros no le diéramos pan.
Una madre a quien su hija le preguntó sobre el origen de los niños, le respondió dándole un bofetón: «una niña educada no preguntas esas cosas». Proceder lamentable. El silencio de los padres sobre el sexo es causa de que el niño crea que el sexo es algo malo.
b) La segunda postura es responder con mentiras, lo cual les hará perder la confianza en vosotros cuando averigüen la verdad; y se formarán una idea equivocada del problema al ver que se trata de una cosa vergonzosa de la cual no se puede hablar en casa. Además sentirán una reacción desfavorable hacia sus padres que les engañaron y les llevaron a hacer el ridículo ante sus amigos por creerse lo de la cigüeña, niños de París, etc.
c) La tercera actitud es la acertada: responder con lealtad, con respuestas breves, claras, sencillas y naturales, enteramente verdaderas, aunque no se diga toda la verdad de una vez, sino escalonadamente, en diversas ocasiones, según las circunstancias, y grado de comprensión del niño.
Esta explicación debe rodearse de un gran ambiente de elevación, dulzura, delicadeza y sobrenaturalidad.
Hacer la información gradualmente, según el niño vaya preguntando, satisfaciendo siempre su curiosidad.
Si el niño tarda en preguntar, provocar con tacto la pregunta, para que de esto hable en casa antes que en la calle.
Las primeras preguntas pueden surgir a los cuatro o cinco años. «Antes de los nueve o diez años debe saber que el niño comienza a crecer en la madre por amor del padre».
Te voy a poner aquí un ejemplo de un posible diálogo de un niño con su madre, con las respuestas a las preguntas más comprometidas que los niños pueden hacer.
Las he encontrado en varios libros que he leído sobre este tema. Evidentemente que no es para que des la respuesta al pie de la letra. Es para que te orientes en las respuestas que necesites, y las acomodes a la edad, sexo, madurez, etc., del niño que pregunta.
- ¿De dónde ha venido mi hermanito?
- Se lo ha mandado Dios a papá y a mamá porque se quieren mucho.
- Entonces tía María y tío Pepe no se quieren porque Dios no les manda ningún hijo.
- Es que los hijos son un regalo de Dios, y ese regalo Dios no se lo da a todos.
- ¿Y cómo vienen?
- Dios ha puesto en la barriga de las madres un nido muy abrigadito. Y ahí está el niño durante nueve meses, porque al principio es muy pequeñito y se le podría pisar como a una hormiguita.
También yo te he llevado a ti nueve meses debajo de mi corazón y te he alimentado con mi sangre.
Por eso te quiero tanto, porque eres hijo de mi sangre. Cuando yo te llevaba dentro de mí, pensaba mucho en ti, te preparaba la cuna, los pañales, las camisitas y muchas cosas más; y rezaba mucho a Dios por ti. Cuando ya fuiste un poco mayor entonces te di a luz. Eso me hizo sufrir fuertes dolores, y tuve que guardar cama. Pero estos dolores se transformaron en alegría cuando te tuve en mis brazos y pude abrazarte y besarte. - ¿Y por qué te hice sufrir? - Porque cuando saliste de dentro de mi cuerpo eras ya grandecito, y me costó mucho trabajo. - ¿Y por dónde salí? - Por una puerta que Dios ha puesto en el cuerpo de las mujeres, y que llevamos siempre tapada, porque las personas mayores nunca enseñan eso. - ¿Dónde está esa puerta? - Entre las piernas. Por donde se orina. Esta puerta se estira como si fuera de goma, para que pueda salir el niño. Primero sale la cabeza, después los hombros, los brazos y por fin las piernas. Así naciste tú. ¿Puedes imaginarte la alegría que sentí cuando puede tenerte en mis brazos? - ¿Y por qué soy también hijo de papá? - Porque el padre es el que pone las semillas de la vida dentro del cuerpo de la madre. - ¿Y cómo se hace eso? - Dios ha hecho el cuerpo del hombre distinto del cuerpo de la mujer para que cuando estén casados puedan unirse de modo que el padre deje la semilla de la vida dentro del cuerpo de la madre. La puerta por donde sale el niño al nacer, fue nueve meses antes la puerta por donde entraron las semillas de la vida que el padre donó a la madre. - Pues yo tengo un amigo que no tiene padre. - Porque se habrá muerto o se habrá ido. - Es que su madre es soltera. - Eso quiere decir que su padre hizo mal, y no quiso casarse con su madre; pero todos los niños nacen de la unión de un padre y una madre. - ¿Y por qué tienen hijos las solteras? - No deben tenerlos, pues no tienen marido. Pueden tenerlos si ceden su cuerpo a un hombre.
Pero esto es un pecado en una mujer soltera. A veces ocurre sin culpa de ellas, por violencia o engaño de hombres malvados.
- Por eso en el colegio hablaban de uno que era un sinvergüenza porque había tenido un hijo de una muchacha soltera.
- Claro. Eso es un pecado enorme.
Pero en el colegio no hables de estas cosas. Todo lo que quieras saber, yo te lo explicaré. Hablaremos de todo esto siempre que quieras. Pero tú con tus amigos no debes hablar de estas cosas. A lo mejor hay algún niño a quien sus padres le han contado el cuento de la cigüeña, pensando que no podría entender esto que yo te he explicado a ti, y no está bien que dejes mal a sus padres.
Y si hay alguno que quiera hablarte de estas cosas, tú le dices que ya te he explicado yo todo.
Y a mí me preguntas todo lo que quieras, que yo te lo explicaré mejor que nadie, porque soy tu madre».
«Frecuentemente será fácil satisfacer la curiosidad del niño respecto al otro sexo mostrándole a un niño (o niña) de corta edad desnudo. Es preferible evitar las exhibiciones de adultos desnudos. Nuestra sociedad no lo admite, y se puede ofender al niño».
Es conveniente que la madre instruya a su hija sobre el significado y normalidad de la menstruación cuando haya cumplido los diez años, para que si apareciera en edad prematura no le cause impacto psicológico perjudicial. El modo de hacerlo puede ser una cosa así: «La obra más grande que puede hacer una mujer es tener un hijo. Esto ocurre cuando la mujer se casa. Pero desde pequeña, Dios va preparando el cuerpo de la mujer, y todos los meses se forma un nido para el posible hijo. Al no tener el hijo, el nido se deshace y sale por abajo un poco de sangre, pero no duele nada».
Lo mismo hay que hacer con los chicos sobre los derrames nocturnos, para que sepan que son fenómenos perfectamente normales, previstos por Dios para que el cuerpo elimine las secreciones sobrantes que no necesita para su fortalecimiento.
Si los padres explican a sus hijos adolescentes las emisiones nocturnas de semen y la menstruación, respectivamente, antes de que esto ocurra, cuando llegue ese momento, lo aceptarán con toda naturalidad.
No es lo mismo información sexual que educación sexual.
La información sexual es más fácil, pero no basta. Se ha comprobado que a más información sexual, más embarazos de adolescentes, enfermedades venéreas, etc.13.
Se puede tener una gran información sexual, y ser esclavo de la lujuria.
Una persona puede saber perfectamente que una cosa es mala y sin embargo no querer privarse de ella. Es el caso de los fumadores.
La educación sexual debe procurar la maduración afectiva del niño, hacerlo llegar a ser dueño de sí y a usar rectamente del sexo.
La educación lleva al hombre a practicar el bien. «La virtud no es cuestión de enseñanza solamente. Muchas veces comprobamos que el problema no es de desconocimiento de lo que hay que hacer, sino que falta el necesario esfuerzo para hacerlo. (...). Las virtudes se logran a costa del propio esfuerzo, pero es fundamental que este esfuerzo esté acompañado de una convicción intelectual». Al hombre no le basta saber lo que es verdad y lo que es bueno, necesita además una motivación que le anime a vivirlo. Y en eso consiste la educación. La experiencia cotidiana enseña que al hombre no le basta conocer el bien para practicarlo. Ya lo dijo Ovidio hace dos mil años: «Conozco el bien y lo apruebo, pero practico el mal».
Dice el Dr. Enrique Rojas, Catedrático de Psiquiatría: «Educar es comunicar conocimientos y promover actitudes. (...) Hay que distinguir por tanto dos facetas en este terreno; por un lado la información y por otro, la formación. Mientras el primero consiste tan solo en la suma de una serie de datos, observaciones y manifestaciones específicas, el segundo va más allá. Trata de ofrecer unas pautas de conducta de acuerdo con una cierta orientación humana, se preocupa que a todo ese saber se le saque el mejor partido, favoreciendo la construcción de un hombre más maduro, más hecho, con más solidez..., más humano y más dueño de sí mismo».
La experiencia ha demostrado que una información sexual insistente, como la que hoy padecemos, es de efectos negativos, pues se convierte en excitación sexual.
«La enseñanza no es nunca una educación completa. Ha de ser complementada por el esfuerzo personal, por la lucha. Esto es especialmente cierto en lo relativo a la educación sexual.
»El uso cristiano de la sexualidad no se realiza sin esfuerzo; sin un esfuerzo que a veces tiene que ser heroico.
»Esto vale principalmente para la juventud, en la cual la fuerza de las tendencias sexuales y la poca madurez de la personalidad del joven, exigen una lucha mucho más rigurosa.
»Por otra parte, la juventud es también la época más adecuada para entender la vida como lucha, para despreciar la comodidad. Fortalecer en la juventud la conciencia de que una vida humana sólo se realiza a través de la lucha, es poner uno de los fundamentos más firmes para la educación en el aspecto sexual.
»En esa lucha tienen que emplearse recursos humanos y sobrenaturales, porque también en este campo lo natural y lo sobrenatural se influyen mutuamente.
»La oración y los sacramentos son como las dos direcciones del camino que une al hombre con Dios. La oración es fundamentalmente petición, camino del hombre hacia Dios; los sacramentos son las sendas por donde Dios nos envía su gracia, camino de Dios hacia el hombre. La oración y los sacramentos están en la base de la educación sexual.
»En cuanto a la Virgen, Ella es llena de Gracia, es la protagonista del amor más puro y más hondo que haya podido tener criatura alguna. Es Madre nuestra y está delante de Dios para hablar bien de nosotros, para interceder por nosotros».
Las caídas en materia de sexualidad se deben, más que a la falta de información, a la debilidad de la voluntad, expuesta a toda clase de tentaciones que sólo pueden superarse con esfuerzo humano auxiliado por la gracia de Dios.
El padre Martín Descalzo en su libro Razones desde la otra orilla dice que la campaña recomendando preservativos a la juventud es un reconocimiento del fracaso de la educación sexual. Como no se ha sabido educar a los jóvenes para que controlen el instinto sexual se les da un preservativo para complacerles. Como el chupete que se da al niño que ha cogido una rabieta.
«Una educación sexual bien hecha -iniciación y educación-, es necesaria, y el hacerla con discreción y delicadeza corresponde como un derecho y un deber a los padres, que lógicamente se han de preparar y empeñar en ella. Sería un error dejar esta educación, por un silencio culpable, a agentes inadecuados que el niño encontrará, quienes inevitablemente harán su pseudoeducación.
»Nadie puede marginar a los padres de esta tarea, y nadie les suplirá como es debido con tal que ellos lo hagan bien.
»En todo caso, ha de quedar bien claro siempre, que, siendo la educación sexual una parte de la educación total de la persona, no son lícitos los experimentos perjudiciales para la integridad y el equilibrio personal, ya sea en el aspecto individual, ya sea de cara a la apertura hacia los otros.
»Es bueno también recordar que los padres, sobre todo los que dan una iniciación, acaso prematura, persuadan a sus hijos de que no hablen de ello con otros. Si se lograse hacer esto, no serían tan frecuentes las conversaciones sobre temas sexuales, ni los padres tan frecuentemente suplantados por inoportunas revelaciones.
»Una progresiva información de la realidad sexual, a nivel cultural y religiosa, se hace necesaria tan pronto como el niño va abriendo sus ojos a la vida personal y al mundo que lo rodea; pero la información sola no es suficiente. Se necesita, sobre todo, la educación de la persona en la castidad o pureza -virtud que proporciona dominio sobre la sexualidad- por medios idóneos.
»He aquí algunos: clima de ejemplaridad familiar, de diálogo y aprendizaje constante del amor evangélico y el dominio de sí mismo y, por encima de todo, de vivencia consciente de la oración y de los sacramentos.
»Por la misma razón han de colaborar los gobernantes, gerentes del bien común. Su colaboración no ha de invadir, sino respetar la competencia de los padres y los derechos de la comunidad cristiana.
»Un programa realista de colaboración del Estado en este asunto habría de tener muy en cuenta problemas como el de la protección a la familia, la enseñanza, las condiciones de trabajo, alojamiento, la multiforme pornografía y anarquía del erotismo público, la llamada «apertura cultural» de los medios de comunicación social y otros, algunos de los cuales son realidades muy perniciosas, verdaderos agresores injustos -con bellos nombres- de los derechos de las personas débiles que, por sí mismas, no se pueden defender.
»El poder público es corresponsable, junto con los ciudadanos, de la defensa de sus valores y, en nuestro caso, no es justo que el pansexualismo posea un nivel tan alto de monopolio de la educación de la sexualidad.
»La escuela -y ahora pensamos en la escuela católica- puede aportar buenos servicios a la recta educación sexual.
»Como una realidad subsidiaria ha de actuar con la anuencia y la cooperación de la familia educando integralmente al alumno y ayudándolo a integrar debidamente la sexualidad.
»Además de esta educación genérica incumbe a la escuela hacerlo también de una manera más especifica, informando científicamente sobre el tema a nivel biológico y psicológico sin omitir el moral, de acuerdo siempre con los padres y evitando con extrema delicadeza que no se susciten problemas nuevos y graves, antes de resolver los ya existentes. Esto último es muy posible y de alta responsabilidad.
»Puede presentarse el caso de que en una escuela, especialmente si no funciona en verdad como católica, se perturbe esta educación por la imprudencia de algún profesor, por presiones intencionadas de los alumnos -o por fuerzas de fuera que influyen en la misma- o por una insistencia morbosa sobre el asunto. Cuando ocurre eso, lo que tendría que ser verdadero elemento de educación, es posible se convierta en una clase de juegos preferidos, refugio de erotismo, y, en fin de cuentas, de pornografía.
»Por tanto, hay que exigir un clima de delicadeza y de respeto muy acentuado hacia las personas de los educandos de ambos sexos.
»Querríamos decir a los educadores que no se permitan iniciativas caprichosas sin contar con los padres; no es justo que éstos se encuentren, a veces, sorprendidos por hechos consumados de conferencias, cursillos y proyecciones de temas sexuales, en escuelas católicas que no han tenido en cuenta la Doctrina de la Iglesia».
La Comisión Permanente del Episcopado Español ha protestado por la difusión entre los jóvenes de unos folletos distribuidos por algunas entidades socialistas de la Administración Pública Española, que pretenden ser de educación sexual y lo que hacen es incitar al libertinaje sexual, animando al ejercicio de la sexualidad solamente por la satisfacción egoísta del placer, indiferentemente de que se haga por medio del vicio solitario o con otra persona de diferente o del mismo sexo, sin ninguna relación con la moral y la integración de la sexualidad en la maduración de la persona humana, haciendo de la vida sexual un juego y pasatiempo, algo trivial y carente de pleno sentido humano.
Entre otras cosas dice:
«Estas orientaciones relativas a la conducta sexual se oponen a los valores y bienes fundamentales de la sexualidad humana y a las enseñanzas morales de la Iglesia. (...) Sentimos el deber de denunciar que tales orientaciones degradan y pervierten las conciencias de los jóvenes. (...) Con frecuencia se une esta difusión de inmoralidad en el campo sexual con ataque a la fe cristiana».
«Cuando autoridades civiles, de cualquier rango, promueven la difusión de los citados cuadernos en centros escolares cometen un verdadero abuso de autoridad. Los poderes públicos vulneran claramente los derechos de los ciudadanos en la medida que, a través de las indicadas iniciativas pedagógicas o de poderosos medios de comunicación, tratan de establecer en el conjunto de la sociedad una determinada concepción de la conducta sexual, que implica una forma definida de entender el hombre y su destino.
»No pertenece ni al Estado ni siquiera a los partidos políticos tratar de implantar en la sociedad una determinada concepción del hombre y de la moral por medios que supongan de hecho una presión indebida sobre los ciudadanos contraria a sus convicciones morales y religiosas.
»A los organismos estatales compete, en cambio, tutelar a los ciudadanos contra los desórdenes morales y toda forma de agresión sexual, especialmente el abuso de menores y, en general, contra la degradación de costumbres y la permisividad sin límites. Teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y la debida libertad religiosa, corresponde al Estado ayudar a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos profesados por sus padres, tal como prescribe la Constitución Española.
»La propia Constitución establece las normas de protección de la moralidad de los niños y jóvenes.
»Está en juego el bien común de la sociedad: una comunidad humana que no alcance un grado suficiente de adhesión a valores morales fundamentales como son, en este caso, los relativos a la sexualidad y a la familia se autodestruye».
El arzobispo de Valladolid, José Delicado Baeza, en una carta pastoral se lamenta de la frivolidad con la que en algunos sitios se realiza la educación sexual, estimulando al sexo más que educándolo, añadiendo: «La castidad no es la única, ni siquiera la principal virtud cristiana, pero es una virtud necesaria para vivir en gracia».
«La educación sexual de hace años tuvo sus errores. Pero hoy algunos llaman educación sexual a lo que es pura pornografía.
»Algunos han olvidado que el hombre, además de cuerpo tiene espíritu, y que el comportamiento sexual del hombre no puede ser lo mismo que el de un animal. El instinto sexual del hombre debe ser dirigido por la razón y la voluntad. De esta manera se eleva, se dignifica, se espiritualiza.
»El libertinaje sexual tiene peores problemas que la represión.
»Las aberraciones sexuales se difunden alarmantemente. Y es que el hombre necesita una ética, una norma moral. Su conducta no se regula por el instinto, como en los animales que nunca comen si no lo necesitan, ni engendran fuera de los tiempos de celo».
66,5. Es, sobre todo, importante que los padres se preocupen de la instrucción religiosa de sus hijos. Si ellos no saben o no pueden hacerlo, tienen que buscar quien supla esta obligación; ya en la escuela, ya en la catequesis de la parroquia. Pero dice el Nuevo Código de Derecho Canónico «a los padres corresponde en primer lugar la educación cristiana de sus hijos».
Al niño pequeño hay que obligarle a ciertas cosas (urbanidad, higiene, etc.) aunque él no entienda su valor. Poco a poco irá captando su sentido y cuando sea mayor las realizará por propia convicción. Lo mismo hay que hacer en la educación religiosa.
Los domingos llévatelos de paseo o al campo; y a la vuelta haz una visita en alguna iglesia y enséñales desde pequeñitos dónde está el Señor, para que aprendan a pedirle cosas y a hablar con Él. Desde los primeros años conviene infundirles una vida de piedad. Esto es insustituible. Deberías tener la costumbre de rezar algo en común: bendecir la mesa, rezar en el automóvil en los desplazamientos dominicales, etc.
«Hogar que reza unido, hogar que permanece unido».
66,6. Los hijos son el encanto de los hogares, la alegría y la ternura de los padres, los perpetuadores de su nombre, el estímulo de sus trabajos, el consuelo de sus sufrimientos y la esperanza de su vejez.
Los niños fortalecen el amor de sus padres. Las estadísticas internacionales demuestran que hay menos rompimientos en los matrimonios con hijos.
Los hijos enriquecen el amor conyugal. Hacen superar el egoísmo.
El amor del marido a la esposa puede tener un matiz egoísta por los placeres físicos que le proporciona y por los servicios que le presta.
El hijo va a aumentar sus sacrificios, y sin embargo lo ama.
Igualmente en ella, la maternidad despierta enormemente la capacidad de amor sacrificado.
Hogar donde abundan los niños es hogar feliz.
Los niños arman ruido; pero, ¡qué triste es el silencio de un hogar sin niños! ¡Qué sola es la vejez sin hijos! Los hijos son el más fuerte vínculo de unión entre los esposos. Llenan de ilusión la vida. A veces dan disgustos, pero su amor hace felices a los padres.
«El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Por consiguiente, es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia».
Comentando esta frase de Juan Pablo II, dijo el Dr. Juan Alberto Varela en una conferencia pronunciada en Uruguay y publicada en INTERNET: «La familia es el único lugar en el cual se nos acepta por lo que somos como personas. En los demás ámbitos se nos acepta por lo que tenemos, por lo que sabemos o por lo que podemos. En la familia se nos acepta por lo que somos».
«La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios, y a usar bien de la libertad».
«La misión de la familia, ante un mundo en permanente cambio, es proporcionar a los hijos sentimientos de arraigo y seguridad, elevar su autoestima y sentimiento de competencia, ofrecerles ejemplos y modelos válidos, dignos de imitar, ser una escuela de aprendizaje en el amor, la comprensión, el esfuerzo y la solidaridad, donde cada miembro sepa aceptar y acoger las diversidades de los demás, desarrollar convenientemente su singularidad e integrarse en una sociedad plural».
«Los niños necesitan aprender en el seno familiar las normas elementales de convivencia, las reglas morales imprescindibles para su ulterior desenvolvimiento social.
»El miedo de ciertos padres actuales a aparecer frente a sus hijos como autoritarios les hace prescindir de cualquier inculcación de reglas, de normas de comportamiento doméstico, incluso de aquellas normas indispensables de civilidad, llamadas de urbanidad.
»Esta incapacidad de ciertos padres para hacer uso de una legítima autoridad en la transmisión de los valores esenciales (...) constituye uno de los dramas fundamentales de la sociedad actual».
«Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar. Por eso es necesario presentar con autenticidad el ideal de la familia cristiana basado en la unidad y fidelidad del matrimonio abierto a la fecundidad y guiado por el amor. Y, ¿cómo no expresar vivo apoyo a los reiterados pronunciamientos del episcopado español en favor de la vida y sobre la ilicitud del aborto? Exhorto a todos a no desistir en la defensa de la dignidad de toda vida humana, en la indisolubilidad del matrimonio, en la fidelidad del amor conyugal, en la educación de los niños y jóvenes siguiendo los principios cristianos, frente a ideologías ciegas que niegan la trascendencia, y a las que la historia reciente ha descalificado al mostrar su verdadero rostro», así hablaba el Papa Juan Pablo II en Junio de 1993 en la homilía de la misa de la canonización en Madrid de San Enrique de Ossó.
La familia es la base de la sociedad, por eso Pío XII dijo el 9 de mayo de 1957: «La sociedad es para la familia, y no la familia para la sociedad».
La familia es la institución natural establecida universalmente en el tiempo y en el espacio. Donde tiene origen la vida humana, el recinto de la educación y el vínculo de la transmisión normativa.
Pero para que esta transmisión sea eficaz la normativa moral y religiosa debe hacerse con convicción, con motivación y con el ejemplo. No puede haber contradicción entre lo que se dice y lo que se hace.
Se educa más con lo que se hace que con lo que se dice. En la familia todo educa o deseduca. La familia es el clima ideal para la educación de un niño.
La familia tiene un valor insustituible para los hijos. Un hijo sin familia queda traumatizado. Las estadísticas de delincuentes juveniles y de anormalidades psíquicas hablan bien claro. Según Katherin Kasun, Presidenta de Family campaign Fundation de Suecia, en un país donde el Estado ha sustituido en gran parte a la familia en la educación de los hijos, de cada cuatro niños, uno necesita un psiquiatra, y el número de suicidios en menores de 16 años ha sido de 130 al año, y va en aumento.
«Según un estudio financiado por el Congreso de Estados Unidos. realizado durante cuatro años, a noventa mil estudiantes, de varias universidades, publicado en la revista American Medical Association revela que la presencia de los padres es fundamental para garantizar el crecimiento sano de los hijos. El proyecto se lanzó para poder prevenir los problemas de salud física y mental de los jóvenes.
»La gran mayoría de los entrevistados aseguran que una relación afectiva intensa con sus padres ayuda a evitar la droga, el alcohol, la violencia, el suicidio y la vida sexual prematura. Richard Udry, uno de los autores del estudio afirma: «es un error creer que la influencia de los amigos sustituye a la de los padres. Los padres siguen siendo tan importantes para los adolescentes como para los recién nacidos».33
En el Segundo Congreso Mundial sobre la Familia, celebrado en Río de Janeiro el Octubre de 1997, el Cardenal López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, dijo que la familia es «una comunidad de vida y amor de un hombre y una mujer, abierta a la transmisión de la vida, en el matrimonio». También dijo:«la familia es un patrimonio sagrado de la humanidad. (...) Es una realidad natural confiada a los cónyuges. (...) Merece el apoyo de las autoridades políticas nacionales e internacionales»
Y la ONU en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 afirma: «la familia es la célula fundamental de la sociedad».
Una sociedad que destruye la familia se suicida. Dijo Juan Pablo II en Octubre de 1997, en Río de Janeiro, en el estadio de Maracaná, convertido en una inmensa catedral: «Sin la familia la humanidad no tiene futuro.
»La familia es un elemento esencial e imprescindible del designio de Dios sobre la humanidad.
»La familia es el lugar privilegiado del desarrollo personal y social. Quien promueve la familia, promueve al hombre; quien ataca a la familia, ataca al hombre.».
En la clausura de este congreso, en opinión del portavoz del Vaticano Joaquín Navarro-Valls, el Papa celebró «una de las misas mayores de la historia»: asistieron más de DOS MILLONES de personas.
Los valores de la familia han sido reconocidos incluso por personas ajenas a la Iglesia Católica, como el Primer Ministro francés socialista Lionel Jospin y el ruso Michail Gorbachov.
De Jospin son estas palabras: «La familia es un lugar privilegiado donde los niños han de encontrar sus puntos de referencia y descubrir los valores que forjarán su personalidad. (...) La educación es función insustituible de los padres. La escuela tiene una misión muy importante, pero ha de cumplirla en relación con los padres».
Y de Gorbachov son estas otras: «La familia es el núcleo vertebrador de la sociedad en cuanto a continuidad de la especie y transmisión de valores morales».
El mayor tesoro de una nación son los niños.
El futuro depende más de los niños que de las carreteras.
Los niños necesitan un hogar.
La guardería no puede suplir el hogar.
Los psiquiatras hablan de los traumas psíquicos de los niños que no han conocido el cariño y el calor de un hogar.
La crisis de la familia se debe en gran parte a su descristianización.
Con Cristo LA FAMILIA IRÍA MEJOR.
Pero se ha quitado el crucifijo de la cabecera de la cama para poner en su lugar un paisaje, se ha sustituido el rezo del rosario en familia por la televisión, se han cambiado los libros religiosos por las revistas «del corazón» o «de actualidad», se ha arrinconado la moral católica para vivir el hedonismo que difunde la televisión, etc., etc.
Por eso la familia cruje. Sin Cristo se tambalea.
«El profesor genetista francés, Jerónimo Lejeune, narra cómo en una reunión de periodistas de París una mujer dijo: “Queremos destruir la civilización judeo-cristiana, y para ello tenemos que destruir la familia”».
«La familia es la fragua de la educación. (...) La historia de un pueblo se forja en la familia. Y en ella se forja también el santoral. (...)
»La felicidad de este mundo, si alguna existe, se ha refugiado, como paloma en su nido, en la familia. (...)
»Una sociedad donde está en crisis la familia es una sociedad próxima a derrumbarse».
La base de la formación de la persona humana está en la transmisión de valores. Y esto se realiza principalmente en la familia. Valores como la verdad, la justicia, la generosidad, la sinceridad, la servicialidad. etc. Saber descubrir el valor de cada cosa: lo bueno de lo malo; lo conveniente de lo peligroso, etc.
El hombre es esencialmente social. Y sus primeras relaciones sociales las aprende en la familia. En la familia unida reina la paz, el respeto, la comprensión, el diálogo, el sacrificio, la entrega, el servicio, la responsabilidad, el testimonio...: en una palabra EL AMOR.
Hoy, en España, la familia está en crisis.
Tenemos el índice de natalidad más bajo del mundo.
La población española envejece. «Según estimaciones del Departamento Económico y Social de la ONU, España tendrá en el año 2050 la población más anciana del mundo.
Los mismos datos revelan que por cada 3,6 personas de sesenta años sólo habrá una con menos de quince.
Según el Instituto Nacional de Estadística, en el 2020 siete millones y medio de personas tendrán más de 65 años».
Uno de cada tres matrimonios se rompe.
La equiparación del matrimonio a las «parejas de hecho», permitiendo a los homosexuales adoptar niños, es un insulto a los matrimonios legítimos y a la familia normal.
Y una injuria para esos niños que resultarán tarados psíquicamente cuando se den cuenta que sus padres son anormales, pues todos sus amigos tienen padre y madre.
El tipo de familia natural (padre, madre e hijos), está tan arraigada en la naturaleza humana que es constante en toda la Historia de la Humanidad.
Equiparar las «parejas de hecho» al matrimonio es una aberración.
El Papa Juan Pablo II le dijo a doscientos políticos europeos reunidos en Roma que es muy grave que la ley iguale los derechos de las personas que actúan según la ley natural formando un matrimonio a las personas que actúan por caprichos arbitrarios.
En expresión lúcida y aguda el Papa califica a las «parejas de hecho» como «caricaturas de familia sin futuro».
El Conejo Pontificio para la Familia publicó un documento en el que se dice que «las uniones de hecho son una injusticia para el matrimonio, porque la justicia exige tratar lo igual como igual, y lo diferente como diferente. Si la familia matrimonial y las uniones de hecho no son semejantes ni equivalentes en sus deberes, funciones y servicios a la sociedad, no pueden ser semejantes y equivalentes en el estatuto jurídico (nº10). Las uniones de hecho no asumen para con la sociedad las obligaciones esenciales propias del matrimonio. La equiparación privilegia a las uniones de hecho respecto a los matrimonios. El matrimonio no puede ser reducido a una condición semejante a la de una relación homosexual (nº23).
El matrimonio es una unión estable entre un hombre y una mujer con el compromiso de formar una familia con determinados derechos y deberes, que hacen a cada una de las dos personas coposeedora de la otra.
En las «parejas de hecho» se niega cualquier compromiso.
Se rechazan los deberes y derechos mutuos.
Se excluye todo vínculo para el futuro.
Es decir, se trata de algo muy distinto del matrimonio.
Por eso «tan injusto es tratar desigualmente lo idéntico, como imponer la igualdad a lo distinto».
Los matrimonios hacen un servicio a la sociedad dándole ciudadanos para que no se extingan, lo cual no pueden hacer las parejas de homosexuales. No pueden tener los mismos derechos.
«La homosexualidad representa el suicidio de la raza humana. Ellos existen porque hay heterosexuales, es decir, gente normal. Si todo el mundo fuera homosexual, desaparecería la raza humana. Luego la homosexualidad no puede ser cosa buena».
La sociedad, la Iglesia y la familia necesitan los dos sexos. Cada uno con sus peculiaridades. Una melodía necesita notas diferentes. Si todas las notas sonaran igual, no sería posible la música.
El futuro de la humanidad pasa por la familia. En una ocasión llegó a mis manos este cuento: Un pintor quería pintar su obra maestra, pero no encontraba inspiración. Se le ocurrió preguntar a los demás lo que consideraban más importante. Preguntó a un sacerdote. Éste le contestó: LA FE. Preguntó a una novia que venía de la boda. Ésta le contestó: EL AMOR. Preguntó a un soldado que venía de la guerra. Éste le contestó: LA PAZ. Al volver a su casa vio en su madre LA FE, en su mujer EL AMOR y en sus hijos LA PAZ. Ya tenía la inspiración. Pintó SU FAMILIA.
«Una de las grandes alegrías de la vida es tener una familia unida», dice el Catedrático de Psiquiatría, Dr. Enrique Rojas.
66,7. Una de las edades más difíciles para la educación de los hijos es la adolescencia. El adolescente empieza a descubrir su propia personalidad, y siente necesidad de afirmarla. Esto le inclina a la rebeldía en todos los órdenes.
La educación, la virtud, o el buen carácter, pueden dominar este espíritu rebelde. Pero esta rebeldía de los adolescentes no debe extrañarnos. Lo que debemos hacer es saber cómo educarla. Es un momento difícil. Las personas mayores tienden a tratarlos de «críos», y esto a ellos les subleva. Ellos se sienten personas, y quieren ser respetados. El tratarlos de modo despectivo e irónico puede ser contraproducente. Sin perder la autoridad paterna es bueno lograr la amistad del hijo, para que se someta de buena gana al verse tratado con consideración. Para educar bien a los hijos hace falta autoridad. Sin despotismo, pero con responsabilidad. Muchos padres n se atreven a imponerse a sus hijos porque dicen que sin rebeldes, y resulta que esos mismos hijos obedecen ciegamente a su entrenador deportivo. Dejar que los hijos hagan lo que quieran es muy cómodo, pero funesto para ellos, pues en la vida hay que ser responsables de las obligaciones, saber sacrificarse, ser disciplinados, etc. Los padres deben trasmitir valores, dar criterios, etc. Y no dejar que las ideas de sus hijos sean las que oyen en la calle, en la televisión. La educación de los hijos es deber y derecho primario de los padres.
Las fanfarronadas del adolescente son pura fachada.
Por dentro se encuentra inseguro.
Necesita consejo.
Pero hay que dárselo sin que él se sienta disminuido, porque entonces no lo aceptará.
El adolescente necesita afirmar su personalidad, su independencia, quiere ser él, decidir él, ser responsable de sí mismo.
Empieza su camino hacia la adultez, y sólo si es aceptado así se reincorporará emocionalmente a la vida del hogar.
El adolescente tiene grandes valores que hay que hacérselos ver: ser útil, servicial, agradable, sentirse valorado, etc. Da mucha importancia a la opinión que se tenga de él.
Conviene animarles a fortalecer estas virtudes: «sé que eres capaz de esto».
Insistir en sus defectos puede ser contraproducente: «eres un vago», «todo lo haces mal», «no eres servicial», etc.
El estarle recalcando sus defectos le hará afianzarse en ellos. El verse juzgado negativamente fomenta su actitud negativa.
Y en las reprensiones, nunca humillarle. Nada de gritos, mal genio, descalificaciones generales, alusiones a antiguas faltas, castigos desproporcionados, etc.
Que se vea claro que lo que buscamos es su propio bien, y no porque nos molesta a nosotros. Usar palabras de afecto y esperanza de su corrección.
Y desde luego hacerlo a solas. El adolescente tiene un enorme sentido del ridículo.
Y si reconoce sinceramente su falta, esto debe ser motivo de perdón.
Los padres deben ayudar a que su hijo vaya madurando en su adultez. No prohibir con autoritarismo, sino por razones y siempre en bien del hijo; hacérselo ver así con amor.
No se trata de entorpecer su madurez, sino de ayudarle en su autodesarrollo. El adolescente rechaza todo lo que sea imposición que pueda poner en peligro su personalidad naciente. No acepta que se le trate como a un niño.
«Los adolescentes se muestran inseguros, les falta unidad interior, les falta el sentido de la seguridad, base fundamental de un desarrollo armonioso.
»El sentimiento de seguridad lo adquieren cuando encuentran en el hogar amor y autoridad: amor sobre todo en la madre, y autoridad en el padre. Lo que no significa que la madre no pueda ejercer autoridad, y que el padre no muestre afecto.
»El amor materno es indispensable para la salud física y psíquica del hijo. Las graves faltas en la personalidad del adulto provienen principalmente de la falta de amor en la infancia y en la adolescencia.
»Los criminólogos nos aseguran que los jóvenes delincuentes tienen la convicción de que nunca encontraron amor en la familia.
»La madre debe ser el corazón del hogar y mantener en él vivo el fuego del cariño.
»Desgraciadamente, en nuestros días, muchas mujeres queriendo igualarse a los hombres, procuran desarrollar actitudes francamente masculinas con detrimento de las maternales, lo cual luego perjudicará la educación de los hijos que necesitarán de ellas.
»También hay otro exceso: el cuidar demasiado del hijo y endiosarlo con mimos.
»Eso puede causar una fijación en la infantilidad e impedirle la necesaria emancipación.
»Los que fueron tratados como pétalos de rosa, no saben reaccionar más tarde ante las dificultades de la vida, incapaces de hacer algo sin la ayuda de los demás. Es preciso educar al niño para su propio bien, para desarrollar su propia personalidad.
»El padre es también indispensable en la educación del niño, que necesita de su dirección y autoridad.
»Muchos padres no entienden esto.
»Llegan cansados por la noche al hogar, y no prestan ninguna atención a los hijos.
»Hay que buscar tiempo para estar con ellos, dialogar, inspirarles confianza, darles ánimo, oírles con simpatía y comprensión.
»También el padre debe evitar demasiada protección y mimos a sus hijos. Pueden engendrar en ellos la pusilanimidad, el miedo ante la vida, el temor a la responsabilidad. »La autoridad paterna es imprescindible para el desarrollo afectivo del hijo. Últimamente se ha hablado mucho de las consecuencias de la falta de amor materno; la carencia de la autoridad del padre no es menos funesta... »Eduquen a los hijos con amor, comprensión y firmeza. El amor materno y la autoridad paterna son las dos grandes columnas en que descansa la educación de niños y adolescentes».
La fuerza de voluntad es muy importante en la vida. Se consigue con entrenamiento, como en una competición deportiva. Para conseguirla hace falta una gran dosis de animación. Es necesario el premio: el estímulo, la atención y la alabanza frecuente. La vida es dura y sólo a base de coraje se logra la cima de los fuertes.
Hoy se da con relativa frecuencia lo que Enrique Rojas llama la filosofía de «lo que me apetece». Hago esto porque me apetece. No hago esto porque no me apetece. Son esclavos de lo que pide el cuerpo. Volubles como la veleta que gira según el viento que sopla. Incapaces de objetivos concretos. Sin embargo, una persona que tiene educada su voluntad consigue lo que quiere, si es constante. Para tener voluntad hay que empezar por tener dominio propio. No hacer lo que me apetece, sino lo que es mejor. Puede ser que me apetezca lo mejor, pero esto no siempre pasa. Para educar la voluntad hace falta un aprendizaje gradual que se consigue con la repetición de actos donde uno se vence en los gustos hasta adquirir el «hábito positivo». Esto da paz, alegría y felicidad.
Sería conveniente enseñarle a hacer pequeños sacrificios: renunciar a una golosina, retrasar el momento de saciar la sed, dejar de ver la televisión, comer lo que no le gusta, dejar hablar a los demás, no gastar en cosas superfluas, etc. Esto educa su voluntad, lo cual le va a ser muy útil el día de mañana.
Aristóteles sostenía que la auténtica manifestación de fuerza de voluntad se mide en el dominio propio. «La vía del menor esfuerzo no conduce nunca a la maduración».
Es necesario no sólo animar a que el niño se esfuerce por conseguir unas metas, sino también ir alabando con cierta continuidad lo poco o mucho que, de hecho, consiga en cada momento.
El niño, de pequeño, no tiene criterio. El bien y el mal se aprende fundamentalmente de los mayores.
Antes de que nadie lo malee, es necesario darle base moral sólida, formarle la conciencia, inculcarle el sentido del deber, corregir lo defectuoso y dejar bien claro dónde está la virtud.
Conviene indicar con claridad lo bueno y lo malo.
Es importante crear hábitos buenos.
Acostumbrarles a hacer las cosas bien, y más adelante ellos mismos comprobarán que les va bien con lo que aprendieron.
«Sólo se aprende lo que se hace». De manera que, el poner al sujeto en acción, ayudándole a reflexionar sobre ello, es el único o casi, más importante modo de andar con realismo en el terreno de los valores.
Hay valores absolutos y valores relativos.
La verdad y el bien son valores absolutos.
El dinero es un valor relativo. De nada sirve si no hay algo que comprar. A un viajero perdido en un desierto, de nada le sirve tener mucho dinero en el bolsillo.
Hay que educar en valores.
Hace falta un sistema de valores que sirvan de referencia en la vida.
Los valores son guías de conducta. La escala de valores marca la conducta de cada individuo.
Hay que tener jerarquía de valores, y saber en cada caso lo que debe prevalecer. ¿Qué diríamos de un maestro que se preocupa mucho de que sus alumnos estén gorditos, y se despreocupa de que aprendan lo que él les enseña?
Lo mismo que los niños aprenden a andar, leer y escribir, aprenden pautas de conducta y comportamiento moral. Si no les enseñamos a distinguir el bien del mal, si no les corregimos ni les enseñamos normas para que sepan a qué atenerse, nunca aprenderán a comportarse como hombres, ni acertarán a dar sentido a su vida.
Pero los valores se viven, se sugieren, se comparten, no se imponen.
El niño tiene una enorme capacidad de imitación.
Aprende a ser hombre haciendo suyas las pautas y valores que ven en los demás. Buscan modelos a los que imitar.
El ejemplo es la mejor manera de educar.
La disciplina y el dominio de sí son indispensables en la formación del ser humano.
Algunos padres, por temor a que los hijos contraigan complejos, les dejan hacer cuanto quieren y dejan a un lado toda autoridad.
Nunca serán hombres: serán un peso para la familia y la sociedad; unos desajustados. No se entrenaron para las dificultades inevitables de la vida. Esa fobia de complejos engendra complejos mucho más funestos.
Que las normas de disciplina sean coherentes y uniformes. Que el padre y la madre estén de acuerdo con la política a seguir en el hogar. No se desautoricen el uno al otro. Los padres no deben discutir nunca delante de los hijos.
Si en algo no están de acuerdo, buscar la armonía cuando estén solos.
Pero apoyarse siempre mutuamente delante de los hijos.
En algunos matrimonios, basta que uno diga una cosa para que el otro diga la contraria, sin más razón que porque lo ha dicho el otro. Es una vengancilla que perjudica al hijo.
Los hijos necesitan estabilidad, un cuadro de referencia fijo, una constancia en la actitud de sus progenitores.
Lo que educa a un niño es lo que comprende afectivamente.
Los hijos desiguales necesitan trato desigual. A un tímido habrá que tratarle con cariño para darle confianza. A un irascible, con calma y paciencia; pero con firmeza. La autoridad y la obediencia no se imponen a gritos, que sólo sirven para aumentar la rebeldía.
Rara será la familia, por cristiana que sea, y por elevada que sea su educación, en la que la crisis de la independencia propia de la adolescencia no haya provocado algún conflicto entre los padres y los hijos.
Son conflictos pasajeros que los padres deben procurar no se conviertan en divisiones profundas y duraderas.
Los padres deben tener paciencia con las «majaderías» de sus hijos adolescentes, y esperar para corregirlos a tener calma y serenidad.
Y nunca en presencia de extraños.
Y siempre reconociendo la parte de razón que en las excentricidades de sus juicios y contestaciones pueda tener el muchacho.
Hay que reconocerle su derecho a tener algún secreto (cajón cerrado con llave) y el prudente uso de su independencia, siempre que se pueda saber qué uso hace de su libertad.
Si los padres respetan su esfera privada, es fácil que el hijo se sincere con ellos, les cuente sus secretos, pida consejos, etc. Pero un registro sin su consentimiento o contra su voluntad disminuye su confianza en los padres y aumenta la distancia.
«Hay que ayudar a los adolescentes a desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y continuo desarrollo de la propia vida y en la consecución de la verdadera libertad».
Es muy conveniente fomentarles cuando tengan edad, alguna afición al margen de la obligación: gimnasia, atletismo, deporte, montañismo, caza, pesca, instrumento musical, pintura, habilidad manual, etc.
«El adolescente duda enormemente de sí mismo. Por eso se afirma tan brutal, tan bestialmente. Necesita un apoyo, y lo busca. Pero tiene el orgullo de no aceptar más ayuda que la que le venga de hombre a hombre, como lo que él quiere ser. Ayuda intelectual, primero.
»El niño, cuando no sabe pregunta. El adolescente, si ignora empieza por afirmar. Aunque penséis lo contrario, es un progreso, o mejor, una posibilidad de progreso. La afirmación perentoria de los mayores no le basta. Tiene necesidad de respuestas personales. Pasa de la pasividad al activismo, del feliz parasitismo de la infancia a la ambición varonil de la autonomía. Pero sus juicios son absolutos. No importa dónde los ha encontrado. Ha leído lo que dice, o lo ha oído decir; lo ha visto en la televisión o se lo ha repetido un amigo. Esto basta para afirmarlo frente a todos y contra todos; es decir, para afirmarse. Es inútil contradecirle. Se enoja o se encierra.
»Pero sobre todo, no os burléis de él. Es obstinado y no dirá ya una sola palabra, e irá a buscar fuera, en un compañero o en una joven amiga, el auditorio complaciente que le negáis vosotros.¿Qué hay que hacer? Ayudarle.
»Empezad por no enfrentaros a él. Os exasperáis, os morís de ganas de decirle que es un idiota, que lo que dice es tan estúpido que no merece discutirse. Callaos, tragad vuestra indignación, calmaos y escuchadle. Aprended a hablar con él en plano de igualdad. Perdéis toda influencia sobre él si le habláis como a un niño. Y en cambio, ¡necesita tanto que conservéis vuestra influencia sobre él...!
»El adolescente sólo escucha a quienes le tratan como hombre serio e inteligente, sobre todo si no lo merece. Es la única manera de ayudarle a serlo.
»Acordaos de lo que pensabais vosotros a su edad; comunicádselo y decidle cómo hicisteis para pensar de manera distinta. Matizad lo que os dice en vez de despreciarlo globalmente, y veréis cómo llegáis a descubrir una verdad aceptable.
»A los hijos no les gusta que se les imponga la autoridad arbitrariamente, ni que se les trate como a chiquillos. Quieren que se escuchen sus opiniones, que se comprendan sus problemas, y que se les mande como a personas mayores. Padres y madres deberían tener presente aquella máxima pedagógica: “Al niño se le impone; al muchacho se le propone; al joven se le expone”».
Los valores se proponen, no se imponen con coacción; aunque moralmente haya obligación de aceptarlos.
Cada uno elige los valores que desea. Por eso hay que motivarlos.
No bastan frases como éstas: «Aquí las cosas se hacen así, y basta»; «de esto tú no tienes ni idea».
«Durante la adolescencia, que comienza con la pubertad, tienen lugar importantes transformaciones en el plano afectivo, intelectual y fisiológico: es el paso hacia la madurez.
»Hay un crecimiento físico, maduración sexual y, sobre todo, una profunda transformación psicológica, que dan al adolescente su propia personalidad.
»El adolescente siente en su ser cosas nuevas. Comienza la reflexión y el “descubrimiento de sí mismo”.
»Esta nueva conciencia que tiene de sí, le lleva a la contemplación del yo, a andar en torno a sí mismo.
»Quiere conocerse, comprenderse.
»Es el narcisismo.
»Narciso, personaje mitológico, se deleitaba mirando su imagen sobre las aguas. Cayó al lago atraído por su propia imagen. Los dioses le transformaron en la flor que lleva su nombre.
»El joven se enamora de su imagen. Se estudia en la intimidad. Exteriormente tiene una verdadera preocupación por su vestido, su cabello, las formas de su cuerpo.
»Es la edad de los diarios íntimos y del espejo.
»También del autoerotismo...
»Estos jóvenes desprecian todo lo que es convencional. Quieren destacar por lo excéntrico y original. Su manera de hablar, vestir, bailar, todo acusa su deseo de extravagancia.
»La autocontemplación y la agresividad ayudan al joven a afirmarse; pero, si se prolongan demasiado, pueden tener consecuencias serias, pueden dificultarle su adaptación social.
»Hay muchos adultos que nunca superaron esta etapa. Son los eternos rebeldes contra todo y contra todos, incapaces de adaptarse a la realidad de la vida...
»Los jóvenes sienten la seducción de lo grande. Es necesario canalizar este impulso hacia un ideal noble...
El instinto religioso se despierta entre los trece y los catorce años. Llega a su plenitud a los dieciséis.
»El adolescente es naturalmente introvertido.
»Esa actitud repercute en la conducta del joven, haciéndole amar el recogimiento y la oración silenciosa.
»Siente los valores y quiere formar un ideal...
»En la pubertad es donde se dilucida el problema religioso. Problema generalmente difícil, ya que queda situado entre la mentalidad infantil y el espíritu crítico del adulto, entre el sentimiento de seguridad y el irrumpir violento de la vida instintiva, entre la sumisión y la afirmación del yo.
»La evolución religiosa del adolescente depende de varios factores, de sus propias reacciones, del ambiente, del ejemplo de los mayores...
»Algunos abandonan la fe porque les ha sido presentada como un yugo, y no como un ideal que les perfecciona y les ayuda a realizarse plenamente...
»El instinto sexual trae dificultades a la vida religiosa y moral del joven.
»Surgen conflictos íntimos entre los valores religiosos y morales por una parte, y las tendencias sexuales por la otra: entre el espíritu y la materia.
»Sublimando estas tendencias, sabiendo armonizar los valores naturales con las exigencias de la religión, el joven encuentra gran fuerza para triunfar...
»Los jóvenes sin religión caen con más facilidad en la depravación. Sin religión el Eros baja al nivel de una bestia en celo.
»Hay quien dice que la moral está pasada de moda, que no hace sino crear complejos, y que todo cuanto frene el impulso del instinto es antinatural; pero la moral se forma con principios objetivos, y no con opiniones particulares.
»Las obligaciones esenciales de la ley moral se basan en la esencia y naturaleza del hombre, en sus relaciones esenciales, y valen en cualquier parte en que el hombre se encuentre.
»Ya hemos dicho que el dominio de sí es indispensable para la formación del ser humano.
»Los psicólogos nos dicen, fundados en experiencias, que muchos males psíquicos tienen como causa el desorden que resulta de dejar a un lado la ley moral».
«Educar al hombre es hacerle capaz de discernir y jerarquizar valores.
»Valor es aquello por lo cual una cosa es digna de ser apreciada.
»Todas las cosas tienen algún valor.
»La discreción es la que es capaz de descubrir en cada cosa el tipo de valor y contra-valor que encierra.
»Hay valores que deben ser sacrificados por valores superiores: el dinero a la persona, el sexo al amor, etc.
»La distinta jerarquización de los valores es lo que otorga talla moral al individuo».
El sabio Pablo Chauchard afirma: «los preceptos de la moral son necesarios para el equilibrio psicológico».
«La moral debe ser presentada de modo positivo, inculcando a la virtud y a la imitación de Jesucristo. El sacrificio y el dominio que supone seguir al Señor, han de ser libremente elegidos con amor».
En casi todas las esferas y niveles, la necesidad precede a la capacidad. Se tiene necesidad de ser tratado como un hombre antes de ser capaz, precisamente porque sin duda es la única manera de llegar a serlo. Vuestro hijo quiere pensar por sí mismo, cuando todavía no sabe hacerlo. Si le abandonáis por desprecio o por indignación, ¿dónde queréis que aprenda lo que le reprocháis que no sabe? ¿En el periódico?¿Entre los compañeros?¿En el cine? Vosotros sois quienes podéis y debéis enseñarle a pensar, pero para ello hace falta discutir despacio y con paciencia con él. Recibiréis la recompensa el día que le oigáis defender ante sus amigos vuestras ideas preferidas, las que él ha combatido siempre en casa. Y os parecerá que las defiende mucho mejor que lo habríais hecho vosotros mismos.
Hablad con los hijos de todas las cosas, y cread un ambiente familiar de diálogo en el que padres e hijos se lo cuenten todo. El adolescente necesita que se escuchen y valoren sus puntos de vista, y sobre todo que se estime su persona y vea que se preocupen por él.
Decálogo de un adolescente: 1º.- Déjame elegir mi ropa. 2º.- Trátame como a un adulto y aprenderé a serlo 3º.- Déjame construir mis propias convicciones. 4º.- Respeta mi privacidad. 5º.- Ayúdame en mis ideales de fe y servicio al prójimo. 6º.- Ayúdame a apreciar mis capacidades y limitaciones. 7º.- Comunícame tu experiencia y ayúdame a tener la mía. 8º.- Ayúdame a clarificar mis problemas y encontrar soluciones. 9º.- Ayúdame a usar bien el dinero. 10º.- Enséñame cómo prepararme al matrimonio.
En el Suplemento religioso del diario ABC, Alfa y Omega, apareció esta carta de Gloria Tejedor que tituló. Carta de un hijo a todos los padres del mundo:
«No me des todo lo que pido. a veces sólo pido para ver hasta cuanto puedo coger. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también. Y yo no quiero hacerlo.
»No me des siempre órdenes. Si, en vez de órdenes, a veces, me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
»Cumple las promesas buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo. Pero también si es un castigo.
»No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si tú me haces sentirme mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces sentirme peor que los demás, seré yo quien sufra.
»No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Decide, y mantén esa decisión.
»Déjame valerme por mí mismo. Si tú haces todo por mí, yo nunca podré aprender.
»No digas mentiras, ni me pidas que las diga. Me haces sentirme mal, y perder la fe en lo que me dices.
»No me diga que haga una cosa si tú no la haces. yo aprenderé de lo que tú hagas, no de lo que tú digas.
»Enséñame a amar y conocer a Dios. Aunque me lo enseñen en el colegio, no vale si tú no lo haces.
»Cuando te cuente un problema mío, no me digas que no tienes tiempo para bobadas. Trata de comprenderme y ayudarme.
»Y quiéreme. Y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo».
Después de 45 años de coeducación, los sociólogos y pedagogos reconocen que es mejor que niños y niñas reciban educación por separado.
Por eso la Ministra de Educación de Suecia, Beatriz Ask, así lo ha determinado.
«“Juventud, divino tesoro”, dice el poeta. Y tiene razón. La juventud es la época más bonita de la vida, y la más fácil. Es la época más linda, porque durante ella el corazón abriga infinidad de ilusiones y esperanzas no truncadas por los azares del vivir, y la cabeza engendra ensueños, ideales maravillosos, que muy bien pueden un día hacerse realidad. Pero es la época más difícil, por ser la encrucijada de mil caminos; y según el que se escoja va a estar la felicidad de toda nuestra única vida. Entre cientos de maravillosas posibilidades, se presenta, la angustiosa urgencia de elegir una, y con ello, rechazar todas las demás. Quizás la característica psicológica más importante de la juventud es la conciencia de poder pensar, idear, trabajar y subsistir por sí mismo. El sentimiento de independencia nos despierta de la niñez, en que dependíamos para todo de alguien. Ese desarrollo y ansia de libertad, que son muy buenos, laudables y necesarios, pueden conducir al joven a una rebelión injusta hacia todo: contra la sociedad, contra los familiares, contra los educadores. Al estilo de vida de creerse superior a los demás; pensar que los otros, los mayores, no saben nada, están anticuados; que yo soy el único que sé, el único que puede y debe elegir el curso de mi vida, ignorando y rechazando toda ayuda y consejo de los demás. Esta actitud es errónea, porque todos necesitamos de los demás en la vida. Y el joven, aunque muchas veces no lo crea, o no lo quiera, es el que más ayuda necesita, por encontrarse en la encrucijada más difícil de la vida. Y aquí quisiera que los jóvenes entendieran algo muy importante, que por obvio que es, muchas veces no se valora lo suficiente; la mejor, más honesta y más desinteresada ayuda que pueden encontrar es la de sus padres».
«Los problemas que destacan en las páginas frontales de los periódicos de todo el mundo, son un reflejo de la falta de disposición de nuestra juventud para someterse a ningún sistema de valores que no sea el que el de sus efímeros, inciertos y pragmáticos criterios. (...) Todos somos testigos de casos de adolescentes que son advertidos y aconsejados una y otra vez por padres experimentados y responsables, pero que ellos prefieren “discurrir por su cuenta” para descubrir demasiado tarde lo que su padre le predecía certeramente.
»Por desgracia son muchos los jóvenes que no quieren escuchar consejos. Semejante hostilidad hacia la autoridad paterna les priva de la experiencia de los mayores por querer hacer las cosas por sí mismos».
66,8. Modo de hacer de los hijos unos delincuentes:
1º Dadle desde pequeño cuanto desee: así crecerá convencido de que el mundo entero se lo debe todo.
2º Reíd si dice tonterías: así creerá que es muy gracioso.
3º No le deis ninguna formación religiosa: ya la escogerá él cuando sea mayor. Seguramente se quedará sin ninguna.
4º Nunca le digáis «esto está mal»: podría adquirir complejos de culpabilidad; y más tarde, cuando, por ejemplo, sea detenido por robar un coche, estará convencido de que es la sociedad la que le persigue sin motivo.
5º Recoged todo lo que él tire por los suelos; así creerá que todos han de estar a su servicio.
6º Dejad que lo lea todo. Limpiad eso sí, con detergente, y desinfectad la vajilla en que come; pero dejad que su espíritu se recree en cualquier torpeza.
7º Discutid los padres delante de él: así se irá acostumbrando, y cuando la familia esté ya destrozada no se dará ni cuenta.
8º Dadle todo el dinero que quiera: no sea que sospeche que para tener dinero se debe trabajar.
9º Que todos sus deseos estén satisfechos: comer, beber, divertirse...; de otro modo resultaría un frustrado.
10º Dadle siempre la razón: son los profesores, la gente, la ley, la sociedad..., quienes la tienen tomada con el pobre muchacho: no le reprendáis, no sea que se disguste.
Y cuando tu hijo sea ya un desastre, proclamad que nunca pudisteis hacer nada con él.
El pediatra norteamericano. Dr. Benjamín Spock, uno de los que más ha influido en la corriente tan en boga hoy día de la pedagogía permisiva, al final de su vida, en una conferencia que dio en la Universidad de Pensilvania, dijo, que tenía que reconocer que se había equivocado, y que por su culpa se había estropeado una generación. Afirmó que la educación debe regirse por normas éticas precisas. «La fuerza de voluntad, la sobriedad, la laboriosidad, la castidad, la docilidad, la obediencia, el sacrificio, etc. son virtudes humanas que hay que revalorizar de nuevo».
Los hijos mimados y consentidos, a quienes se les da todo lo que quieren, a quienes nunca se les niega nada, quedan traumatizados. Hay que proponerle objetivos concretos posibles, y no demasiado difíciles. Estudiar el plan de acción para conseguir el objetivo propuesto. Marcarle un tiempo para las sucesivas etapas. Ejercitarle en vencerse en cosas pequeñas.
Para educar a los adolescentes, pueden ayudar a los padres estos diez consejos:
1) Escucharle más que hablarle.
2) Exigirle sólo cosas importantes.
3) Razonar las órdenes.
4) No le pongas etiquetas peyorativas: más que decirle «eres un mentiroso», dile: «has dicho una mentira».
5) Hazle razonar sus ideas.
6) No te rías de sus ideas. Muéstrale sus equivocaciones.
7) Tus órdenes claras, concretas. Exigiendo su cumplimiento.
8) No amenaces inútilmente. Exige los castigos impuestos. No lo levantes a no ser por causa razonable.
9) Que los castigos sean proporcionados a la falta.
10) No permitas que te falte al respeto, pero tú tampoco le grites. Háblale con calma.
El psico-pedagogo Dr. Bernabé Tierno da estos consejos para educar adolescentes71:
1) Respétalo como persona. Trátalo como si ya tuviera las cualidades que desearías de él.
2) Sé tú ejemplo de las virtudes que deseas en él.
3) Admite tus errores y él aprenderá a admitir los suyos.
4) Ejercita tu autocontrol. No pierdas tus nervios, aunque él se salga de tono.
5) Valora sus virtudes, sus esfuerzos, su progreso.
6) Razona tus órdenes. El «ordeno y mando» pone a la defensiva.
7) Ponte en su piel. Trátale como te gustaría ser tratado, si tú fueras él.
8) Fomenta su autodisciplina: no hacer lo que apetece sino lo que es conveniente.
9) Ayúdale a madurar. Las dificultades no son para abatirse sino para afrontarlas.
10) Hazle ver que puede y debe ser feliz. La felicidad está dentro de uno mismo. No depende de las circunstancias exteriores.
Pasos para ser eficaz:
1) Tener claro qué es lo que quiero conseguir.
2) Que este objetivo esté a mi alcance. No empeñarse en coger la Luna con la mano.
3) Escoger los medios adecuados al fin que se pretende.
4) No darse pronto por vencido. Tener tesón y constancia para seguir luchando.
5) Corregir los errores cometidos, y no echar la culpa a los demás o a las circunstancias.
6) Atender a todos los detalles, y no esperar que los demás, o la suerte, solucionen las cosas.
7) No menospreciar a nadie. La persona menospreciada puede sernos decisiva mañana.
8) Orar para que Dios nos ayude en todos los anteriores puntos.
La salud mental es una de las cosas más importantes de la vida. Para la higiene mental que haga posible la madurez psíquica y el equilibrio de la persona, finalidad de toda educación, es necesario:
a) Autoestima.- Aceptarse uno mismo como es. Reconocer las propias cualidades y defectos.
No sobrestimarse, considerándose capaz de lo que no es verdad.
Pero tampoco considerarse una persona inútil. Saber de lo que uno es capaz, y alegrarse de ello.
b) Dominio propio,- Hacer lo que es necesario, conveniente y debido; aunque nos desagrade y sea costoso.
Quien rige su vida por lo que le apetece, no es dueño de sí mismo ni de sus actos. Queda al arbitrio de las circunstancias y de las personas.
No es lo mismo hacer lo que me gusta, que hacer con gusto lo que debo. Lo primero no está siempre en mi mano. Lo segundo, sí.
«Con razón decía Emerson que “la educación de la voluntad es la meta de nuestra existencia”, porque desde esta meta todo lo demás se convierte en fácil y gratificante.
»Pero educar la voluntad y el carácter en unos principios nobles exige perseverancia en el obrar bien, y esto, casi siempre, conlleva nadar contra corriente. Contra esa corriente que arrastra hoy a tantos a huir de todo lo que suponga sacrificio, tesón y esfuerzo».
«La voluntad se fortalece haciendo actos esforzados. Su frecuencia conduce al hábito. Repitiendo ejercicios de esfuerzo, haciendo algo que no me apetece porque es obligatorio, necesario o conveniente domino mi carácter para perfilar mi personalidad».
c) Capacidad de soportar contratiempos sin perder la paz, la esperanza y la ilusión.
d) Vivir gozosamente el presente sin angustias por el pasado ni temores del futuro. Haciendo del servicio al prójimo la superación del egoísmo y el ideal de la vida. Todo esto no se hereda.
Es fruto del trabajo, y se aprende en una buena educación.
66,9. Cuando llegue el momento de elegir estado, recomendadles lo que parezca más conveniente, sin quitarles la libertad.
Los padres pecan si quitan injustamente la libertad a sus hijos en la elección de estado. Pero sí deben aconsejarles en este punto lo que sea razonable.
Si hay que oponerse a unas relaciones que parecen descabelladas, ser prudentes en no hacer o decir cosas que después pueden ser un obstáculo a las buenas relaciones familiares, si ese matrimonio llega a realizarse, a pesar de la desaprobación de los padres.
«Los padres deben acoger y respetar, con alegría y acción de gracias, el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal».
66,10. También entran en este mandamiento las relaciones entre superiores y subordinados, patronos y obreros, etc.
La organización de la sociedad exige que haya quien mande y haya quien obedezca. Por eso, el poder de la autoridad viene de Dios, y también por eso la autoridad debe ejercerse según la ley de Dios. Los que mandan deben hacerlo con justicia y delicadeza; y los que obedecen, con respeto, fidelidad y sumisión.
Lo mismo que los súbditos tienen la obligación de obedecer, las Autoridades tienen la obligación de mandar según la Moral. Es decir, consagrarse a procurar el bien común, no el propio; vigilar que se cumpla la justicia y guardarla a su vez, por ejemplo, otorgando cargos a personas idóneas, y empleando bien el dinero de los ciudadanos, atendiendo a lo más urgente y necesario.
«La implantación en el mundo de la doctrina social de la Iglesia es una aspiración de todo buen cristiano (...)
»Después de la conversión del emperador romano Constantino se fueron convirtiendo al cristianismo los diversos pueblos del norte de Europa que culminó con la conversión del sajón Otón y la fundación del
Sacro Imperio Romano-Germánico, columna vertebral de la Edad Media».
«Durante la Edad Media el orden temporal se estructura según los principios del Evangelio. A esto se denomina Cristiandad, término que a partir del siglo IX, entró a integrar el vocabulario corriente».
«La sociedad medieval fue una sociedad anclada en la fe. (...) Lo que creía el aldeano era lo que creía el emperador y el papa».
«La generalidad de los autores coinciden en ver en el siglo XIII el siglo de oro medieval».
Característico de la Edad Media fueron las Cruzadas y las Órdenes Militares.
«Las Órdenes Militares nacieron con fines no estrictamente militares o guerreros, sino más bien caritativos y benéficos: para proteger y dar morada a los peregrinos. (...) La primera de ellas, cronológicamente hablando, fue la de los Caballeros Hospitalarios de San Juan.(...) La segunda fue la de los Templarios, fundada también para la protección de los peregrinos que llegaban a Tierra Santa»
Muchos peregrinos morían a manos de los musulmanes que dominaban la zona.
Los Templarios fueron disueltos por el Papa Clemente V, por presión del rey francés Felipe IV el Hermoso, que ansiaba apoderarse de los bienes acumulados por esta Orden Militar, y la acusó de herejía y corrupción. Pero la historiadora italiana Bárbara Frale ha demostrado que esta acusación fue calumniosa. Su estudio la ha presentado en la publicación de estudios históricos y arqueológicos Hera.
Digamos algo de Las cruzadas.
A partir de la fundación del Islam por Mahoma, el año 622, empezó el expansionismo de los mahometanos que llegaron hasta Austria y sitiaron a Viena.
Jerusalén fue tomada por Omar, que levantó su mezquita en la explanada del templo.
Los musulmanes hostigaban y hasta martirizaban a los cristianos que peregrinaban a Tierra Santa. Pedro el Ermitaño peregrinó a Jerusalén, y al
ver la triste situación en que se encontraban los Santos Lugares, al volver, convenció al Papa Urbano II que era necesario reconquistar los Santos Lugares para que los cristianos pudieran peregrinar a ellos sin peligro de su vida.
El Papa Urbano II convocó un concilio en Clermont-Ferrand en 1095 del que surgió la Primera Cruzada.
La consigna de las cruzadas era «Dios lo quiere».
Como en todas las cosas humanas, en las cruzadas se mezclaron las luces con las sombras. Pero tomadas en conjunto fueron la manifestación del espíritu cristiano de la época, y la ocasión de innumerables actos de heroísmo.
Vittorio Messori en su libro Leyendas negras de la Iglesia, hablando del Profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas Moulin, uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa, cita estas palabras: «Haced caso de este viejo incrédulo, que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convencernos de que sois los responsables de todos, o casi todos, los males del mundo. (...) Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre, ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo. Hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. (...) Tras un balance de veinte siglos de cristianismo las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas».
En el clima de cristiandad de su tiempo se explica la Inquisición.
No es justo juzgar a la Inquisición con los criterios de hoy. Hay que hacerlo con los criterios de entonces.
«En una sociedad en la que la fe constituía la base y garantía de la convivencia, el que atentaba contra la fe era el equivalente de lo que para nosotros es el terrorista. (...) Actualmente consideramos bienhechores a los que previenen epidemias físicas. Pero cuando se pone en primer lugar la salvación del espíritu, se consideran bienhechores a los que combaten las enfermedades del alma».
Por otra parte conviene advertir que la Revolución Francesa produjo muchas más víctimas que las tres Inquisiciones católicas. Y son insignificantes con los millones que asesinó Stalin, pero de esto no se habla.
Hoy en España tenemos una sociedad que nos ha llenado de cosas, pero nos ha vaciado de Dios. Tenemos muchos aparatos electrodomésticos e informáticos, pero la cultura que domina ignora a Dios y a la moral. Dios está ausente de ella, y nos presentan como normal conductas inadmisibles desde el punto de vista moral.
66,11. La cuestión social se ha agravado profundamente en nuestro tiempo, por el poco caso que se ha hecho de la doctrina social de la Iglesia.
La solución está en que nos convenzamos de que todos somos hermanos, y por lo tanto, debemos ayudarnos mutuamente. El que tiene más debe dar al que tiene menos, pues todos los hombres deben gozar suficiente - pero moderadamente- de los bienes de este mundo.
«El cristiano rico no se regocija de su condición, pues sabe que su riqueza le impone deberes; no ama la riqueza, sino a sus hermanos; y en la riqueza ve un recurso para ayudarles».
Lo que pasa es que muchos que se dan el nombre de cristianos -y con sus obras demuestran que no lo son- no quieren hacer caso de lo que manda la Iglesia.
Pío XI se quejaba amargamente: «es en verdad lamentable que haya habido, y aun ahora haya, quienes llamándose católicos apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad en virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados como al mismo Cristo.
»Ésos, y esto es lo más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro.
»Hay, además, quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en las exacciones injustas para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida».
Jesucristo no se presentó como un nuevo Espartaco proclamando la libertad de los esclavos con las armas en la mano.
Jesucristo acabó con la esclavitud, pero no con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de su doctrina.
Las injusticias no se vencen con el odio, sino haciendo a los hombres mejores. El odio cambia una injusticia por otra. Lo único que hace mejores a los hombres es el amor al prójimo.
Para hacer mejor a la humanidad, no hay otra doctrina que supere a la de Jesucristo:«pórtate con los demás como quieres que los demás se porten contigo», «amaos unos a otros como yo os he amado».
Convenzámonos que mientras todos -los de arriba y los de abajo- no obedezcamos a nuestra Santa Madre la Iglesia, el mundo no se arreglará. El odio y el egoísmo no pueden sustentar la verdadera paz.
La doctrina social de la Iglesia no es dinamita que destroza, sino levadura que transforma lentamente.
La DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA comienza con la encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII, donde habla de la situación de los obreros creada por la revolución industrial.
Toma enorme impulso con Pío XI en sus encíclicas Quadragessimo anno (1937) a los cuarenta años de la Rerum Novarum, con Non abbiamo bisogno (1931) que condena el fascismo, con Mit brennender sorge (1937) que condena el nazismo, y con la Divini Redemptoris (1937) que condena el comunismo.
Juan XXIII dejó dos importantes encíclicas: Mater et Magistra (!) sobre el cristianismo y el progreso social, y Pacem in terris (1965) sobre los derechos humanos.
Pablo VI, entre otros documentos, dejó Populorum Progressio (1967) sobre el desarrollo de los pueblos, y Octogessima Adveniens (1971) sobre las ideologías.
Juan Pablo II ha dejado varias encíclicas muy importantes:Laborem exercens (1981) sobre el trabajo, Sollicitudo rei socialis (1987) sobre el desarrollo, y Centesimus annus (1991) sobre el orden económico.
66,12. Pío XII les dijo a los católicos austriacos: «La lucha de clases nunca podrá ser el objetivo de la doctrina social católica».
«Se equivoca -dice Pío XII a los trabajadores italianos el 1º de mayo de 1953- quien piensa que sirve a los intereses del obrero con los viejos métodos de la lucha de clases».
Hay que conseguir una colaboración de las clases, basada en la confianza y en el mutuo cumplimiento de los deberes sociales.
Salvador de Madariaga, conocido intelectual republicano, dijo que para los marxistas la lucha de clases no es un medio, sino un fin: en las situaciones en que hay bienestar y paz social, procuran acabar con esto y crear la lucha de clases.
Dijo Juan Pablo II en Brasil:
«La liberación cristiana usa medios evangélicos y no recurre a ninguna forma de violencia, ni a la dialéctica de la lucha de clases o a la praxis o análisis marxista»...
«La lucha de clases no conduce al orden social porque corre el riesgo de invertir las situaciones de los contendientes, creando nuevas situaciones de injusticia»...
«Rechazar la lucha de clases es optar decididamente por una noble lucha en favor de la justicia social»...
«El bien común de una sociedad exige que esa sociedad sea justa. Donde falta la justicia, la sociedad está amenazada desde dentro. Eso no quiere decir que las transformaciones necesarias para llevar a una mayor justicia deban realizarse con la violencia, la revolución ni el derramamiento de sangre, porque la violencia prepara una sociedad violenta, y nosotros los cristianos no la podemos admitir. Pero hay transformaciones sociales, a veces profundas, que deben realizarse constantemente, progresivamente, con eficacia, y con realismo, por medio de reformas pacíficas».
La Iglesia, en sus veinte siglos de existencia, ha tenido que vivir en medio de las estructuras sociales más diversas.
Y siempre, en todos los ambientes, ha trabajado por la implantación de la justicia social.
No por medio de una revolución sangrienta, sino por medio de su doctrina y de su influjo.
Y lo mismo que en la antigüedad abolió la esclavitud e instituyó los gremios -verdaderas familias de productores, que tan buenos frutos dieron para el equilibrio social y buena distribución de las riquezas-, así en nuestra época abolirá la injusticia social, consecuencia del capitalismo liberal; y se impondrá la hermandad cristiana que armonice las relaciones entre todos los hombres.
«La igual dignidad de las personas humanas exige el esfuerzo para reducir las excesivas desigualdades sociales y económicas, e impulsa a la desaparición de las desigualdades inicuas».
«La Iglesia se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos, y en las relaciones socio-económicas».
El cumplimiento de la doctrina social de la Iglesia, por parte de todos, hará que patronos y obreros vivan en perfecta concordia y bienestar. Esta colaboración de unos y otros para la implantación de la doctrina de la Iglesia es la que ha de solucionar el problema social.
La Iglesia da las directrices; pero ella sola no puede.
Necesita la colaboración de todos. Ella da la doctrina, pero las realizaciones dependen de los hombres. La Iglesia no tiene soluciones técnicas, pero sí orientaciones morales.
«El Magisterio Social de la Iglesia no presenta soluciones técnicas para los problemas sociales».
«El objetivo de la Doctrina Social de la Iglesia es interpretar las realidades sociales, examinando su conformidad o no con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y trascendente, para orientar la conducta cristiana».
La Iglesia no impone su enseñanza moral, pero ofrece principios iluminadores, pues es «experta en humanidad».
La empresa moderna es muy distinta de la del siglo pasado.
Ha avanzado mucho, pero todavía no ha llegado a la meta que desea la Iglesia. Todos debemos colaborar a que siga evolucionando a mejor, hasta dar al elemento humano del trabajo la dignidad que merece.
«El reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sujeto de derechos inalienables, se encuentra en los fundamentos de toda la enseñanza social de la Iglesia»
Como dijo el Papa Pío XI el capitalismo, en sí, no es malo; pues es necesario para dar trabajo.
Pero «viola el recto orden de la justicia cuando esclaviza al obrero despreciando su dignidad humana».
«Los responsables de las empresas están obligados a considerar el bien de las personas, y no solamente el aumento de las ganancias».
66,13. «Las empresas económicas son comunidades de personas, es decir, de hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuenta las diversas funciones de cada uno -propietarios, administradores, técnicos y trabajadores-, y quedando a salvo la necesaria unidad en la dirección, se ha de promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que habrá que determinar con acierto.
»Con todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las decisiones económicas y sociales, de las que depende el porvenir de los trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar también en semejantes decisiones por sí mismos o por medio de representantes libremente elegidos.
»Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho a fundar libremente asociaciones obreras que representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica, así como también el derecho de participar libremente en las actividades de las asociaciones, sin riesgo de represalias.
»Por medio de esta participación organizada, que está vinculada al progreso en la formación económica y social, crecerá más y más entre los trabajadores el sentido de la responsabilidad, que les llevará a sentirse sujetos activos, según sus medios y aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo económico y social del logro del bien común universal.
»En caso de conflictos económico-sociales hay que esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas.
»Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores.
»Búsquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y reanudar el diálogo conciliatorio».
«La huelga es un método reconocido por la Doctrina Social Católica, como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites. En relación con esto, los trabajadores, deberían tener asegurado el derecho a la huelga sin sufrir sanciones penales personales por participar en ellas.
»Admitiendo que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él; especialmente en función de “los juegos políticos”. Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, éstos han de asegurarse en todo caso, mediante medidas legales apropiadas, si es necesario.
»El abuso de la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica, y esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad».
La admisión de la huelga no legitima el empleo de medios injustos de presión huelguista como la calumnia, la mentira, las amenazas contra las personas, el sabotaje, y, en general, los medios llamados de acción directa.
Se requiere asimismo que la huelga no vaya más lejos de lo que sea necesario para conseguir la finalidad de reparación de la injusticia o consecución de la mejora justamente pretendida.
«La huelga resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias, o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones de trabajo, o contrarios al bien común. El beneficio a obtener debe ser proporcionado a los males que ocasiona»
«Nadie está obligado en conciencia a tolerar la injusticia cometida contra él. Obran rectamente las personas que defienden sus propios derechos, respetando siempre los derechos de los demás.
»Frente a la injusticia cabe, pues, una legítima oposición. Esta acción en contra de la injusticia establecida es tarea propia tanto de la Autoridad Pública como de los ciudadanos.
»El Estado mantiene el orden justo principalmente mediante las leyes, la fuerza publica y la acción de los tribunales.
»Los ciudadanos disponen de dos medios extraordinarios para oponerse a la injusticia social: la huelga y, en casos extremos, la revolución».
La Iglesia siempre ha defendido el derecho de los obreros a organizarse en sindicatos, pero «los sindicatos han de defender los legítimos intereses y derechos de los trabajadores bajo el criterio superior del bien común».
66,14. «Mucho más extrema que la huelga, por la complejidad de implicaciones de todo orden que lleva consigo, es la revolución como recurso de oposición a la injusticia, no limitado ya al campo económico, sino insertado en la línea política.
»La doctrina tradicional católica ha reconocido siempre su legitimidad, cuando se dan determinadas condiciones, como instrumento para liberarse de la injusticia padecida por un pueblo, y siempre que su puesta en marcha represente un mal menor comparado con las consecuencias desastrosas provocadas por el régimen de injusticia establecido en la sociedad».
Y que se hayan agotado todos los otros recursos, haya esperanza fundada de éxito, y sea imposible prever razonablemente soluciones mejores.
A esta posibilidad se refería Pablo VI en la Populorum Progressio (nº 30 y 31): «Hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de lo necesario, viven en una tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, lo mismo que toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.
»Sin embargo, como es sabido, la insurrección revolucionaria, salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente al bien común del país, engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor».
Pablo VI, en la tradicional audiencia colectiva del primero de año al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, les dijo en 1967, hablando de la justicia social:
«La Iglesia no puede aprobar a quienes pretenden alcanzar este objetivo tan noble y legítimo a través de la subversión violenta del derecho y del orden social. La Iglesia tiene conciencia, es cierto, de adoptar con su Doctrina, una revolución, si con este término se entiende un cambio de mentalidad, una modificación profunda de la escala de valores.
»Tampoco ignora la fuerte atracción que la idea de revolución, entendida en el sentido de un cambio brusco y violento, ejerce en todo tiempo en algunos espíritus ávidos de lo absoluto, de una solución rápida, enérgica y eficaz, como ellos piensan, del problema social, y con gusto en ella verían la única vía que conduce a la justicia.
»En realidad, la acción revolucionaria engendra ordinariamente toda una serie de injusticias y de sufrimientos, porque la violencia desencadenada es difícil de controlar y actúa tanto contra las personas como contra las estructuras. No es, por tanto, a los ojos de la Iglesia, una solución apta para remediar los males de la sociedad».
«He aquí otro criterio fundamental que ha de orientar la acción de los católicos en la sociedad: la Iglesia no prohíbe, sino que recomienda a sus fieles que colaboren con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de una sociedad más justa».
«No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los seglares».
«La diversidad de regímenes políticos es legítima con tal que promuevan el bien de la comunidad».
«La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos.
»Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia».
«El ciudadano tiene obligación, en conciencia, de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio, pues dice la Bibliaque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
«El bien común comporta tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la sociedad; y la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros».
«Todos los hombres gozan de una misma dignidad».
Los ateos atacan al cristianismo como alienación que atrofia la iniciativa y el trabajo del hombre.
Piensan que el fenómeno religioso es alienante, porque creen que la afirmación de la existencia de Dios aparta al creyente del empeño por la realización del mundo y del hombre, pues lo engaña con la utopía de un paraíso futuro.
Pero no es así.
El plan de Dios y el Evangelio dicen que «el hombre es responsable de su desarrollo lo mismo que de su salvación».
El cristianismo «enseña que la importancia de las tareas terrenas no es disminuida por la esperanza del más allá». «Por el contrario, obliga a los hombres aún más a realizar estas actividades».
«La obra redentora de Cristo, aunque de suyo se refiere a la salvación de los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal».
«Pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral sobre las cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas».
«La Iglesia, como heredera de la doctrina y de la misión de Cristo, tiene que juzgar, desde el punto de vista moral, las actividades de los hombres. Tiene que dar a sus miembros, por medio de sus maestros, orientaciones morales para que en toda su vida, tanto privada como pública, puedan proceder conforme a la doctrina del Evangelio».
Es evidente que la Iglesia, en cuanto tal, no tiene la función de edificar el mundo temporal.
Pero «se equivocan los cristianos que consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno».
«El plan de Dios sobre el mundo es que los hombres instauren con espíritu de concordia el orden temporal y lo perfeccionen sin cesar».
«El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación».
Los seglares no pueden limitarse a trabajar por la edificación del Pueblo de Dios o la salvación de su alma para la eternidad, sino que han de empeñarse en la instauración cristiana del orden temporal.
Por su situación en el mundo, los seglares son los responsables directos de la presencia eficaz de la Iglesia en cuanto a la organización de la sociedad en conformidad con el espíritu del Evangelio.
«Cuando la Autoridad Pública, rebasando su competencia, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica».
La denuncia por la denuncia no vale, y menos todavía la denuncia por el sensacionalismo a estilo periodístico.
La denuncia es para la corrección del mal. La prudencia aconsejará si es o no conveniente.
Se han presentado ocasiones en que la jerarquía eclesiástica quería denunciar públicamente situaciones de opresión e injusticia, especialmente en países comunistas, y los cristianos de estos países han pedido que no lo hicieran, porque habría represalias que crearían una situación peor.
Un caso histórico se dio cuando la persecución hitleriana a los judíos; muchos querían que el Papa protestase públicamente.
Y fue mucho más eficaz su trabajo en comisiones y delegaciones, consiguiendo la libertad de muchos judíos. Hecho que fue reconocido y agradecido públicamente por los mismos.
El historiador jesuita francés, Pierre Blet, que ha publicado, en doce volúmenes, los documentos de la Segunda Guerra Mundial conservados en los Archivos Vaticanos, en los que se manifiesta la gran labor humanitaria de Pío XII en favor de los judíos, pero guardando silencio ante el genocidio, dice: «El silencio de Pío XII salvó a muchos judíos de morir en el Holocausto». «Pío XII salvó 800.000 judíos».
«Su denuncia habría impulsado a Hitler a agravar la suerte de los judíos».
Marcus Melchior, rabino jefe de Dinamarca que sobrevivió al HOLOCAUSTO dijo: «Si el Papa hubiera hablado Hitler hubiera masacrado a muchos más de los seis millones de judíos».
Pío XII pensaba hacer una declaración en favor de los judíos, pero la Cruz Roja se lo desaconsejó, pues Hitler solía responder aumentando la represión.
Un LIDER JUDÍO ITALIANO APOYÓ EL SILENCIO DE PÍO XII. Afirma: «Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un convento». «Creo que Pío XII sólo podía actuar de la manera en que lo hizo. Sabía que si hubiera tomado una posición oficial contra Hitler las persecuciones se dirigirían también contra los católicos».
Estas han sido las declaraciones de Massimo Caviglia, director de la revista «Shalom», el mensual más difundido y autorizado de la comunidad hebrea italiana. Según Caviglia, el auténtico espíritu del Papa Pacelli (Pío XII) está comprobado por el hecho de que, «en privado, ayudó a los hebreos, dándoles asilo en las estructuras eclesiásticas. Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un convento».
«La relación del Papa Pacelli con el judaísmo se convierte cíclicamente en actualidad. Algunos sectores le acusan de haber guardado «silencio» durante el Holocausto. Por su parte, Juan Pablo II siempre ha defendido la labor de su predecesor, hasta el punto de que ha alentado su causa de beatificación.
Para arrojar nueva luz sobre el argumento, sale en estos momentos la edición italiana del libro de sor Margherita Marchione en el que se recogen testimonios de judíos salvados por la Iglesia y el pontífice en aquellos años oscuros. Pío XII «hizo todo lo posible», explica la religiosa. «Basta citar al comisario de la Unión de las Comunidades Israelitas Italianas, quien en "L'Osservatore Romano" del 8 de septiembre de 1945 dice textualmente: "En primer lugar, ofrecemos un reverente homenaje de reconocimiento al Sumo Pontífice, a los religiosos y a las religiosas que, aplicando las orientaciones del Santo Padre, no han visto en los perseguidos a hebreos, sino a hermanos"».
Renzo de Felice, uno de los historiadores más rigurosos de Italia, hizo la lista de los 150 monasterios de la ciudad de Roma en la que se encontraban escondidos los judíos para defenderse de la ocupación nazi.
La autora del libro no tiene la menor duda: «ante el drama del genocidio, Pío XII no fue un espectador impasible». La documentación que lo atestigua es monumental. «Existen doce volúmenes de documentos del archivo vaticano en el que se ofrece la prueba de que el Santo Padre hizo todo lo que era posible y que los judíos quedaron sumamente agradecidos».
El padre jesuita Peter Gumpel, catedrático emérito de la Universidad Gregoriana y relator de la causa de beatificación de Pío XII, reveló de manera muy precisa: «Al final de la guerra todas las grandes organizaciones judías del mundo, los rabinos jefes de Jerusalén, de Nueva York, de Dinamarca, de Bulgaria, de Rumanía, de Roma, y miles de judíos que sobrevivieron a la persecución manifestaron su aprecio y su gran estima por lo que había hecho por ellos Pío XII». Precisamente el rabinojefe de Roma, Israel Zolli, que se bautizó cristiano en 1965, tomo el
nombre de Eugenio en homenaje a Pío XII que se llamaba Eugenio Pacelli.
Dice el P.Gumpel: «Creo que no existe en el mundo una figura pública que haya recibido tantas muestras de agradecimiento y reconocimiento por parte de la comunidad judía como Pío XII».
La editorial Planeta-Testimonio Ha publicado un libro de Antonio Gaspari titulado Los judíos, Pío XII y la leyenda negra con la historia de los hebreos salvados del HOLOCAUSTO por la Iglesia.
Según el historiador Peter Gumpel, fuentes judías confirman que Pío XII, con su intervención, salvó a 800.000 hebreos.
James Bogle dice que el diplomático israelí Pinchas Lapide alabó al Papa Pío XII en su libro The Last Three Popes and the Jews. Lapide mostró que el Papa salvó más vidas judías que todas las potencias aliadas juntas. En un documentado estudio afirma que salvó a 850.000 judíos de manos de los nazis.
David Dalin, rabino de Nueva York, destacada personalidad en el mundo judío, afirma en un artículo publicado en la revista The Weekly Standard que Pío XII fue el gran defensor de los judíos en la guerra mundial.
Existe una actitud de prudencia. Muchas veces se da el nombre de prudencia a la cobardía; eso es malo. Pero la temeridad agresiva puede tomar el nombre de valor, y también es malo.
Si queremos que la denuncia sea eficaz tenemos que hacerla primeramente con toda la verdad, es decir, que sea verdad lo que denunciamos y estar ciertos de que estamos en la verdad. En segundo lugar, con la verdad de las motivaciones, es decir, que la hagamos por amor a los perjudicados y con amor a los que perjudican.
Hoy se habla mucho de los derechos humanos.
Todos los aceptan.
Pero no todos los cumplen.
Los derechos humanos se basan en el dignidad de la persona humana. Y la Iglesia es la que más valora al hombre, pues para Ella es hijo de Dios.
La Doctrina Social Católica ha influido mucho en las realizaciones sociales a lo largo de la Historia.
Por citar las más modernas podríamos decir lo siguiente:
La primera ley sobre el descanso dominical, aprobada por el Parlamento francés, fue propuesta por diputados católicos.
El primer comité o consejo de empresa, fue instituido en 1885 por el empresario católico francés León Harmel, en su fábrica Val-des-Bois.
La primera Caja de Compensaciones de Subsidios familiares fue establecida en 1900 por el empresario católico francés Romanet.
La implantación obligatoria del Seguro de Enfermedad fue propuesta en 1900 en Francia por el sacerdote Lemir.
No es cierto, por tanto, que los católicos hayamos llegado siempre tarde.
«La restauración cristiana de la sociedad, como uno de los objetivos de la misión de la Iglesia en el mundo, no significa que sean los cristianos, ni los católicos los únicos capaces de respetar los derechos de la persona humana, de defender la legítima libertad de los pueblos o de instaurar un régimen de justicia. Hay hombres, incluso no creyentes, que aspiran a conseguir los mismos objetivos. El esfuerzo de la Iglesia no se contrapone, sino que se suma, a los esfuerzos de estos hombres de buena voluntad, y los católicos comparten con ellos el afán y los proyectos para construir una ciudad secular más libre, más justa, más humanizada, más habitable para el hombre, de manera que todos contribuyan a realizar en el mundo el plan de Dios».
Por esto afirma el Vaticano II:
«El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya, o que incesantemente se fundan, en la humanidad.
»Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa, y pueda conciliarse con su misión propia.
»Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia, y los imperativos del bien común».
Hagamos los hombres mejores si queremos un mundo mejor. Para cambiar el mundo no basta cambiar las estructuras.
«Es cierto que un mundo injusto dificulta gravemente el cambio de las personas.
»Pero sería una coartada atribuir todo el mal a unas impersonales estructuras que serían el chivo expiatorio de todos nuestros errores personales.
»Jesús coloca como primario y fundamental el tema de la responsabilidad personal de cada hombre en ese cambio necesario».
El 30 de diciembre de 1987, Juan Pablo II publicó la séptima de sus encíclicas titulada Sollicitudo rei socialis, es decir, «preocupación por la cuestión social». De ella son estos párrafos:
«El objetivo de la paz, tan deseado por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos para construir juntos dando y recibiendo una sociedad nueva y un mundo mejor»(nº39).
«La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo, en cuanto tal, no propone sistemas o programas económicos o políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo»(nº14).
«La doctrina social de la Iglesia no es una “tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista” se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas»(nº41).
«Un desarrollo sólo económico no es capaz de liberar al hombre: al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural, transcendente y religiosa del hombre y de la sociedad, contribuiría aún menos a la verdadera liberación»(nº6).
«Todos estamos llamados, más aún, obligados, a ese tremendo desafío... Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica, que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el desarrollo de la paz»(nº47).
«Quiero dirigirme a todos los hombres y mujeres sin excepción, para que convencidos de la gravedad del momento presente, y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas, y con la actuación a nivel nacional e internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres»(nº47).
El hombre materialista ha levantado un altar a los ídolos del dinero, el sexo y el poder.
En su adoración corre tras la felicidad sin conseguirla.
Como los galgos que corren tras la liebre mecánica sin alcanzarla jamás.
O como el que corre tras su sombra para alcanzarla sin poder conseguirlo.
Al barrer a Dios de la vida cruje la familia, fracasa el matrimonio, la juventud se esclaviza de la lujuria, y muchos negocios se convierten en bandas de ladrones.
Sólo Dios da motivación eficaz para la honradez y la virtud. La honradez sin Dios es excepcional.
Para moralizar la vida vale más el catecismo que la policía.
Después de la Primera Guerra Mundial, uno de los escritores más célebres de Italia, Papini, que había sido ateo, anarquista y anticatólico, se convirtió al catolicismo, y en su Historia de Cristo describe el mundo moderno idolatrando al dinero, la inmoralidad y el egoísmo.
Sin Cristo los hombres se convierten en fieras que se devoran unas a otras.
Al final de su libro tiene una conmovedora oración a Cristo:
«Cristo, vuelve, que te necesitamos.
- El que tiene hambre te necesita a Ti: Pan de vida eterna.
- El que tiene sed, te necesita a Ti: que das agua de vida eterna.
- El que busca lo bello te busca a Ti: Hermosura eterna.
- El que busca la verdad te busca a Ti: Verdad eterna.
- El que busca la paz te busca a Ti: el único que da la Paz verdadera.
¡Todos claman por Ti, Cristo! ¡Ven Señor Jesús! ¡Te necesitamos!
Muchos están rodeados por el cristianismo, pero éste no ha penetrado en su corazón de piedra: como el canto rodado sumergido en el arroyo, que si lo partes, por dentro está seco porque el agua no le ha calado.
Cuentan de unos náufragos que estaban muertos de sed en su bote salvavidas. Las corrientes marinas habían llevado el bote hasta la desembocadura del río Amazonas.
El bote estaba rodeado de agua dulce del inmenso caudal del Amazonas, pero los náufragos, sin saberlo, se morían de sed.
66,15. «Todos los hombres tienen el derecho y el deber de trabajar. Muchos hombres desearían trabajar pero no pueden. Uno de los problemas actuales más graves es el paro, o falta de puestos de trabajo».
«El derecho al trabajo es un bien de la Humanidad que hay que compartir.
»Es necesario que los cristianos nos esforcemos para lograr que todos los hombres tengan en la sociedad un puesto de trabajo dignamente retribuido; que el trabajo sea cual fuere, no constituya para nadie una humillación; y que cada hombre, encuentre, en lo posible, el trabajo más adecuado a sus capacidades y vocación».
Muchos que exaltan su libertad como el supremo de los valores, después se quejan cuando sus derechos son arrollados por otro que en nombre de su propia libertad no le respeta a él.
El trabajo del hombre debe ser humano.
Es decir, que dignifique al hombre que lo realiza, no que lo deshumanice, como puede ocurrir en algunos trabajos en los que el hombre se convierte en una pieza más de la máquina.
El trabajo humano debe dejar un margen a la inteligencia del hombre.
Y en los trabajos insalubres y peligrosos se deben tomar las medidas de seguridad e higiene adecuadas para proteger al trabajador; así como la retribución proporcionada y el descanso requerido.
66,16. Oigamos la doctrina de los Papas sobre salarios:
«No puede decirse que se haya satisfecho a la justicia social, si los obreros no tienen asegurado su propio sustento y el de sus familias, con un salario proporcionado a este fin; si no se les facilita la ocasión de adquirir alguna modesta fortuna, previniendo así la plaga del pauperismo universal; si no se toman precauciones en su favor, con seguros públicos y privados, para el tiempo de la vejez, de la enfermedad y de paro.
»En una palabra, para repetir lo que dijimos en nuestra encíclica Quadragessimo anno: “La economía social estará sólidamente constituida y alcanzará sus fines, sólo cuando a todos y a cada uno se provea de todos los bienes que las riquezas y subsidios naturales, y la técnica y la constitución social de la economía pueden producir”.
»Estos bienes deben ser suficientemente abundantes para satisfacer las necesidades y honestas comodidades, y elevar a los hombres a aquella condición de vida más feliz que, administrada prudentemente, no sólo no impide la virtud, sino que la favorece en gran manera».
Pío XII, en su alocución del 13 de junio de 1943 a 20.000 obreros italianos, reunidos en el Vaticano, dijo cuál debería ser el salario integral:
«Un salario que asegure la existencia de la familia, y sea tal que haga posible a los padres el cumplimiento de su deber natural de criar una prole sanamente alimentada y vestida; una habitación digna de personas humanas; la posibilidad de procurar a los hijos una suficiente instrucción y una educación conveniente; la de mirar y adoptar providencias para los tiempos de estrechez, enfermedad y vejez».
Juan XXIII, en su encíclica Mater et Magistra, dice: «Una profunda amargura embarga nuestro ánimo ante el espectáculo inmensamente triste de innumerables trabajadores a los cuales se les da un salario que los somete a ellos y a sus familias a condiciones de vida infrahumana».
El Concilio Vaticano II haciendo suyas unas palabras de Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra, dice:
«La remuneración del trabajo debe ser suficiente para permitir al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común».
«Como es fácil apreciar, no es sencillo determinar los límites del salario íntegramente justo y equitativo.
»El criterio del salario legal, fijado por el Estado, no es suficiente, y los patronos tendrán que suplirlo con su sentido de la justicia.
»Lo que nunca se puede olvidar es que mayor derecho tienen el trabajador y su familia al salario, que el capitalista a sus dividendos de beneficios; y que todo beneficio adquirido a costa de la injusta retribución del trabajo ha de ser considerado como explotación y riqueza injusta.
»Sobre sus dueños y sus herederos pesa la incondicional obligación de la restitución».
«Los bienes creados -ha dicho el Cardenal Bueno Monreal en la XXV Semana Social de España- tienen un destino universal para uso del género humano.
»En consecuencia, deben llegar a todos en forma justa y en clima de caridad. No todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales, pero hay una igualdad fundamental por naturaleza, origen, vocación y destino. Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona es contraria al plan divino y ha de ser eliminada».
«Aunque existen diversidades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros o los pueblos de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional».
Si el padre de familia tiene obligación de mantenerla, esto supone el derecho de disponer de los medios necesarios para ello.
Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens dice: «Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta, que tiene responsabilidades de familia, es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar, es decir, un salario único dado al cabeza de familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia, sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa, bien sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia; ayudas que deben corresponder a las necesidades efectivas, es decir, al número de personas a su cargo durante todo el tiempo en que no esté en condiciones de asumir dignamente la responsabilidad de la propia vida».
El 1º de mayo de 1991, el Papa Juan Pablo II firmó una encíclica en el Centenario de la Rerum Novarum de León XIII. La Rerum Novarum tuvo notable influencia en numerosas reformas introducidas entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX en los sectores de la previsión social, seguros de enfermedad y accidente, pensiones, etc..
Aunque reconoce el Papa que el logro de estas mejoras no sólo se ha debido al influjo de la Iglesia.
Ya León XIII en la Rerum Novarum después de acusar las injusticias sociales de su tiempo vio que el socialismo perjudicaba a quienes pretendía ayudar (nº 12).
La experiencia de los años posteriores lo ha confirmado con el hundimiento del marxismo en países del este europeo, donde muchedumbres eran explotadas y oprimidas por el totalitarismo comunista (nº 19).
El hundimiento del marxismo empezó en Polonia y siguió por el centro y el este de Europa (1989-1990). Ha sido espectacular el fracaso económico del marxismo. La URSS después de setenta años de comunismo no ha conseguido un nivel económico para el pueblo como se ha conseguido en la Europa occidental.
En los países en que se ha dado una libertad económica, negada por el comunismo, se ha conseguido un resultado material próspero y, en algunos casos, portentoso; se ha abierto una amplia franja de clase media acomodada; se ha elevado la media de renta «per cápita»; se han podido, incluso, organizar ayudas a otros países menos desarrollados.
La Confederación Europea de Sindicatos (CES) en su VII Congreso celebrado en Luxemburgo del 13 al 17 de mayo de 1991, ha dicho de la encíclica Centesimus annus del Papa Juan Pablo II:«La CES constata que los valores fundamentales y los ideales del movimiento sindical europeo se reencuentran en la nueva encíclica». He aquí algunas ideas de esta encíclica:
La causa del fracaso del marxismo está en su ateísmo, el cual hoy sigue presente en el «socialismo real».
Excluye la trascendencia del hombre, la religión (núms. 12 y 13). «El marxismo había prometido desarraigar del corazón humano la necesidad de
Dios, pero los resultados han demostrado que no es posible...». «El vacío espiritual provocado por el ateísmo ha dejado sin orientación a las jóvenes generaciones» (nº 24).
«En el pasado reciente muchos creyentes han buscado un compromiso imposible entre el marxismo y el cristianismo»(nº 26). Después de la derrota del comunismo ateo en el este europeo, la solución no es el capitalismo materialista que no niega a Dios pero lo ignora. Hoy hay un «capitalismo salvaje» que «reduce al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales excluyendo los valores espirituales»(nº 19). «Después de la caída del socialismo real (en el este europeo) los países occidentales corren peligro de ver en esa caída la victoria unilateral del propio sistema económico, y por ello no se preocupen de introducir en él los debidos cambios»(nº 56). «La solución marxista ha fracasado pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación contra los que se alza con firmeza la voz de la Iglesia»(nº 42). Después de la caída del totalitarismo comunista asistimos hoy al predominio del ideal democrático. Pero es necesario que se dé a la democracia un auténtico y sólido fundamento mediante el reconocimiento del derecho a la vida del hijo después de haber sido concebido, el derecho a vivir en un ambiente moral, el derecho a vivir en la verdad de la propia fe, etc. (nº 47).
La lucha de clases es inaceptable cuando lo que se busca no es la justicia y el bien general de la sociedad, sino el interés de una parte y la destrucción de la opuesta (nº 14). «La violencia y el rencor deben vencerse con la justicia»(nº 17). «La paz no es el resultado de la victoria militar, sino la superación de las causas de la guerra»(nº 18). Queremos una sociedad en la que «los hombres, gracias a su trabajo puedan construir un futuro mejor para sí y para sus hijos»(nº 19). La producción de bienes y servicios no debe ser el centro de la vida social, ignorando la dimensión ética y religiosa del hombre (nº 39).
Hay que «recordar el deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio “superfluo” y a veces con lo “necesario” para dar al pobre lo indispensable para vivir»(nº 36). «El hombre que se preocupa, sólo o prevalentemente, de tener y gozar, incapaz de dominar sus instintos y sus pasiones, y de subordinarlos, mediante la obediencia a la verdad, no puede ser libre. La obediencia a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, es la primera condición de la libertad, que le permite ordenar las propias necesidades, los propios deseos y el modo de satisfacerlos, según una justa jerarquía de valores de manera que la posesión de las cosas sea para él un medio de crecimiento»(nº 41).
«La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente, y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social»(nº 43).
«La empresa no puede considerarse únicamente como “una sociedad de capitales”; es al mismo tiempo “una sociedad de personas”»(nº 43). La regulación de las relaciones en el seno de las empresas debe establecerse de manera que el trabajador reciba una remuneración justa, trabaje en condiciones físicas y morales apropiadas a su salud y dignidad, y reciba el trato debido de quien forma parte de la empresa. «La Iglesia no puede abandonar al hombre... Es esto y solamente esto, lo que inspira la doctrina social de la Iglesia» (nº 54)...
«La Iglesia conoce el sentido del hombre gracias a la revelación divina... Para conocer al hombre integral hay que conocer a Dios. La Iglesia, cuando anuncia al hombre la salvación de Dios, contribuye al enriquecimiento de la dignidad del hombre... La Iglesia no puede abandonar nunca esta misión religiosa y transcendente en favor del hombre»(nº 55).
«Si no existe una Verdad Transcendente (Dios), con cuya obediencia el hombre conquista su propia identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres... Triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás»(nº 44)
«El Estado, o bien el partido...que se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal por encima de la voluntad de los gobernantes... Esto explica por qué el totalitarismo trata de destruir la Iglesia o al menos someterla»(nº 45).
66,17. En la encíclica Laborem exercens dice Juan Pablo II: «La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidados, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras, y psicológicamente equilibradas.
»Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre, sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras, dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad.
»El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia, cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna».
El Papa Juan Pablo II, en su discurso al Consejo Pontificio de la Familia, ha propuesto a políticos y empresarios que deben estudiar el modo de que el ama de casa tenga un sueldo para que pueda atender mejor a su labor de educación y de madre sin tener que recurrir a un trabajo fuera de casa.
«Es un hecho que en muchas sociedades las mujeres trabajan en casi todos los sectores de la vida.
»Pero es conveniente que ellas puedan desarrollar plenamente sus funciones según su propia índole, sin discriminaciones y sin exclusión de los empleos para los que están capacitadas, pero sin perjudicar al mismo tiempo sus aspiraciones familiares y el papel específico que les compete para contribuir al bien de la sociedad junto con el hombre.
»La verdadera promoción de la mujer exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio y en perjuicio de la familia en la que como madre tiene un papel insustituible».
66,18. «La política de rentas, además de sus aspectos puramente técnicos, abarca problemas profundamente humanos que suponen la orientación de toda actividad productiva al servicio del hombre, y, además, una acción inteligente y enérgica en favor de las categorías sociales más desheredadas, con el fin de que también éstas puedan tener acceso a una participación de la renta cada vez más justa, en conformidad con las aspiraciones fundadas en la dignidad y en la vocación de la persona humana».
Dice Santo Tomás: «En toda sociedad bien organizada ha de haber la abundancia de bienes materiales que son necesarios para la práctica de la virtud»
«Bajo esta luz adquieren un significado de relieve particular las numerosas propuestas hechas por expertos en la Doctrina Social Católica y también por el supremo Magisterio de la Iglesia.
Son propuestas que se refieren a la copropiedad de los medios de trabajo, a la participación de los trabajadores en la gestión, y en los beneficios de la empresa, al llamado “accionariado” del trabajo y otras semejantes».
66,19. La Iglesia exige a los propietarios que, en virtud de la función social de los bienes económicos, den -según sus posibilidades- al que no tiene lo suficiente para vivir honestamente.
Pero también exige que el obrero trabaje con nobleza y entusiasmo, para que un aumento en la producción y una economía floreciente hagan posible una elevación material y cultural de las clases económicamente débiles.
Éste es el constante anhelo de la Iglesia.
Pío XII ha repetido una y otra vez que es necesario implantar una más justa distribución de la riqueza.
Ha llamado a este problema el punto fundamental de la cuestión social y ha pedido a los cristianos que, aunque sea a costa de sacrificios, hagan esfuerzos para que una más justa distribución de las riquezas lleve a la práctica la doctrina social de la Iglesia.
«El acceso de todos a los bienes necesarios para una vida humana personal y familiar- digna de este nombre, es una primera exigencia de la justicia social».
«La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes materiales aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria para su autonomía personal y familiar, y deben ser considerados como una prolongación de la libertad humana».
Pero «el derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad».
Pablo VI ha dicho en su encíclica Populorum Progressio: «La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera la propia necesidad, cuando a otros les falta lo necesario».
«Los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según la regla de la justicia inseparable de la caridad. Todos los demás derechos, comprendido el de la propiedad, a ello están subordinados».
También «es necesaria la solidaridad entre las naciones».
Aquí entraría la llamada Deuda Externa, por la cual los países ricos hacen préstamos a los países pobres con unos intereses abusivos, con lo cual en lugar de resultar una ayuda para los países subdesarrollados, resulta para ellos una esclavitud económica.
No les es posible salir del pozo de la pobreza.
El arzobispo de Tegucigalpa (Honduras), Oscar Rodríguez Madariaga, dijo en Madrid, en la Sala de Prensa de la Conferencia Episcopal Española, que una central eléctrica que costó noventa millones de dólares se habían pagado ya por ella doscientos millones sin haber terminado de amortizar la deuda.
El Papa Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens señala la posición que los cristianos tenemos ante el denominado sistema capitalista y ante el sistema colectivista:
El «rígido capitalismo» que considera la propiedad y posesión de los bienes materiales como un derecho absoluto de la persona, sin limitaciones, debe ser sometido continuamente a revisión desde la perspectiva de los derechos del hombre en la teoría y en la práctica.
El sistema colectivista considera que sólo el Estado tiene el derecho exclusivo de propiedad sobre los medios de producción, de los individuos y de la sociedad. Este sistema atenta contra la realización de la libertad de los individuos, de las familias, y grupos sociales, y debilita la capacidad creadora del hombre.
Para el cristiano, pues, el derecho a poseer bienes económicos es garantía para su libertad, para organizarse como persona.
Y como todo derecho, exige el deber de reconocérselo también a todos los hombres de una manera eficaz, distribuyendo la riqueza entre todos.
Para que todos los hombres tengan la posibilidad de desarrollarse como persona, es necesario que todas las personas puedan disponer de los bienes materiales en grado suficiente según el nivel económico de cada nación. Por eso es necesaria la justa distribución de la riqueza.
«Dios ha destinado la Tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos.
»En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa dirigida por la justicia y acompañada por la caridad...
»Por tanto el hombre no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aproveche a él solamente, sino también a todos los demás».
«Dios no quiere, dice Pío XII, que algunos tengan riquezas exageradas y que otros se encuentren en tal estrechez que les falte lo necesario para la vida».
Es decir, que Dios no quiere el contraste ignominioso entre el lujo derrochador y la miseria.
Dios no quiere que haya miseria.
Dios ha creado los bienes de la Tierra para todos los hombres y quiere que todos gocen de estos dones de sus manos.Por lo tanto no debe haber en el mundo nadie que, si hace lo que está de su parte, no disfrute de los bienes indispensables para sustentar su vida de una manera digna.
El problema del hambre en el mundo es problema de distribución.
Mientras en unos países el pueblo se muere de hambre, en otros se dejan perder las cosechas porque sobran alimentos.
Si hay hambre en el mundo es porque se distribuyen mal los alimentos.
«En 1798 Thomas Robert Malthus, en su Ensayo sobre la población, formuló una teoría según la cual mientras que la producción de alimentos aumentaba de forma aritmética (1,2,3,4), la población lo hacía de modo geométrico (1,2,4,8); con lo cual llegaría un día en que el número de personas sería superior al de alimentos.
La Historia ha desmentido esta teoría, puesto que, aunque la población se ha duplicado seis veces en estos dos siglos, la producción de alimentos se ha acrecentado mucho más rápidamente, según datos de la FAO».
En el mundo hay unos 6.000 millones de personas.
Y según un informe de la Asociación de Productores Agro-Químicos de Alemania, si se explotara, con la tecnología actual, toda la superficie cultivable de la Tierra, se podrían alimentar, a nivel europeo,
50. 000 millones de seres humanos. Es decir, una humanidad diez veces superior a la actual.
La misma ONU ha reconocido que el aumento de la población mundial va en retroceso, según la agencia de noticias ACI del 3 de abril del
2000.
La FAO ha dicho que es factible acabar con el hambre en el mundo.
Juan Pablo II habla de la solidaridad internacional para el bien común universal.
Y el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica dice: «Las interdependencias humanas se intensifican. Se extienden poco a poco a la tierra entera.
»La unidad de la familia humana que agrupa a seres que poseen una misma dignidad natural, implica un bien común universal. Éste requiere una organización de la comunidad de naciones capaz de proveer a las diferentes necesidades de los hombres».
66,20. Jesucristo tiene en su Evangelio palabras durísimas contra los ricos que no cumplen sus obligaciones sociales:
-«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer... Estuve desnudo, y no me vestisteis...
-¿Cuándo te vimos, Señor...?
-Lo que hicisteis con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicisteis».
Jesucristo se identifica con el necesitado. Quiere que el rico trate al necesitado como lo trataría a Él en persona.
Como ves, las obligaciones de los ricos son gravísimas.
Y aunque, gracias a Dios, hay ricos buenos que escuchan la palabra de Jesucristo y consideran a los demás hombres como sus hermanos; pero, desgraciadamente, también hay otros muchos ricos malos, apegados a su dinero, que viven como si no conociesen el Evangelio.
Por eso dice Jesucristo que es dificilísimo que un rico entre en el reino de los cielos.
66,21. Los obreros también tienen obligaciones muy graves: trabajar con empeño, diligencia y fidelidad, no malgastar materiales o energía, cuidar los instrumentos de trabajo, y emplear bien el dinero que ganan.
A veces se oye a un obrero quejarse de que no gana lo suficiente.
Y, efectivamente, muchas veces tiene razón.
Pero más de una vez se le podría preguntar:
- «¿Crees tú que el empeño que pones en trabajar merece más salario?
Es cierto que tú debes recibir un salario justo. Pero también es cierto que para que tú puedas en justicia quedarte con un salario, es preciso que lo hayas merecido».
A veces se trabaja con tanta negligencia y desgana que difícilmente se justifica la aspiración a un salario mayor.
Pon de tu parte lo que tienes obligación, y así podrás exigir con justicia lo que se te debe. El de arriba peca si no da un salario justo; pero el de abajo también peca si no trabaja lo justo.
No se trata, de ninguna manera, de excusar los salarios insuficientes; sino de hacer ver que es necesario trabajar con empeño y diligencia, si se quiere uno hacer acreedor a un salario digno. Es verdad que hay muchos obreros que trabajan con nobleza, pero también es verdad que hay otros que hacen lo menos posible. Y estos últimos se hacen daño a sí mismos y a sus compañeros. Para que se pueda elevar el nivel de vida del obrero, es necesario que haya prosperidad económica. Y para que haya prosperidad económica es necesario que el trabajo rinda. Los obreros que no rinden lo que deben tienen su parte de culpa en las crisis económicas. Y en las crisis económicas salen perdiendo ellos y sus compañeros.
Mucho se ha hecho en España últimamente para elevar el nivel del obrero; pero hay que reconocer que todavía no se ha llegado al ideal que quiere la Iglesia.
Para llegar a este ideal es necesario que todos los españoles pongamos lo que esté de nuestra parte. Por un lado aumentar la producción, y por otro distribuir justamente los beneficios de esta producción. Estos dos factores son los que han de alcanzarnos un bienestar económico-social. Y los culpables de que no se pueda llegar a este bienestar son reos de un grave pecado contra la justicia social.
66,22. En algunos sitios el trabajo está cronometrado, y, a veces, ciertamente mal tasado, de modo que se le puede ganar muy poco dinero, o para sacar algo se requieren esfuerzos inhumanos. Los responsables de esta injusticia darán también cuenta a Dios. Pero otras veces hay obreros que alargan los trabajos sin necesidad y los hacen más caros deliberadamente. Cada uno dará cuenta a Dios de la injusticia de la que es responsable.
66,23. Todo esto en cuanto a la obligación de trabajar con diligencia.
Pero, además, es necesario emplear bien el dinero que se gana. No
hay derecho a que un hombre no gane lo suficiente para vivir. Pero
tampoco hay derecho a que un hombre gaste en vicios, diversiones, caprichos y superfluidades lo que necesita para dar de comer a sus hijos.
No hay que crearse necesidades superfluas.
Lo primero es lo primero; y antes es comer que pasarlo bien.
No es que sea reprensible una diversión discreta, cuando se ha atendido a lo sustancial. Pero gastar en diversiones lo que se necesita para comer, es absurdo y criminal.
Además, para diversiones todo parece poco.
El dinero se va solo.
Nunca hay bastante.
Y así nunca se gana lo suficiente.
Por eso, ese ansia de ganar más y más.
Esforzarse por ganar lo necesario para una vida digna y una diversión decorosa, es justo; pero querer ganar para poder derrochar, es cosa distinta.
«Es legítimo el deseo de lo necesario; y el trabajar para conseguirlo es un deber. Dice San Pablo: el que no quiere trabajar que no coma.
Pero la adquisición de los bienes temporales puede conducir a la codicia, al deseo de tener cada vez más y a la tentación de acrecentar el propio poder. La avaricia de las personas, de las familias y de las naciones puede apoderarse lo mismo de los más desprovistos que de los más ricos, y suscitar en los unos y en los otros un materialismo sofocante...
»Para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral».
La avaricia es un gusano que roe, tanto el corazón del rico como el del pobre; y mientras los hombres sólo piensen en enriquecerse más y más, por encima de todo, como si esta vida fuera la definitiva, es imposible que haya paz en el mundo.
Dios quiere que el hombre tenga lo necesario para vivir, pero no quiere que se apegue demasiado a los bienes de este mundo, que le estorbarán su salvación eterna.
Por eso nos dice Jesucristo: «No queráis amontonar tesoros para vosotros aquí en la tierra», sino «buscad primero el reino de Dios y su justicia...»
No te olvides nunca que lo principal, lo primero, es salvarte; aunque, como es natural, también debes preocuparte de solucionar tu vida en este mundo. Pero sin olvidarte de que la vida eterna es lo primero.
66,24. Ocupan lugar importante para todo hombre en general, y para el cristiano en particular, entre las exigencias de la justicia social, las obligaciones tributarias. Los impuestos justos hay que pagarlos.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, enuncia así la doctrina:
«Entre los deberes cívicos de cada uno está el de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común».
«La naturaleza y fundamento moral del deber tributario se desprende de la sociabilidad del hombre.
»Para vivir con dignidad, progresar y satisfacer las necesidades propias, cada vez más numerosas con el avance de la civilización, el hombre aislado no se basta.
»Toma proporcionada relevancia el papel de la sociedad.
»Pero a la obligación social de suplir las impotencias singulares de los hombres o de los grupos humanos menores, se corresponde el derecho de exigir los medios necesarios para cumplirla.
»Por otra parte, si en el hombre surge el espontáneo y natural derecho de ser ayudado por la sociedad, la correspondiente y necesaria contrapartida, también natural, será la de contribuir en la medida de su capacidad de recursos a los gastos y necesidades sociales.
»Quedan pues, naturalmente, enraizadas las obligaciones y derechos fiscales, y por tanto vinculando las conciencias, tanto desde la vertiente de la sociedad como desde la del propio hombre individual.
»El texto evangélico de Mateoy sobre todo el paulino de Romanoslo confirma.
»Por supuesto que la obligación y el derecho tributarios, vinculando internamente las conciencias de los hombres, sólo proviene de los impuestos justos.
»De cuatro fuentes mana la justicia o injusticia de un impuesto en particular o la de un concreto sistema tributario en su conjunto: debe establecerse por ley debidamente aprobada, encaminarse a cubrir las finalidades exigidas por el bien común, no gravar riquezas ni ingresos por debajo del mínimo vital, y regularse en escala progresiva.
»Respetados estos condicionamientos, el impuesto o sistema fiscal es justo en sí mismo u “objetivamente”.
»Pero puede suceder que un impuesto justo, al recaer en determinada persona concreta, resulte demasiado gravoso, atendidas las circunstancias individuales, convirtiéndose “subjetivamente” en injusto. El análisis detallado de los condicionamientos que determinan la justicia tributaria exceden, por su extensión, este lugar».
El nuevo «Ritual de la Penitencia» en la segunda de las tres fórmulas que aporta para ayudar al examen de conciencia, bajo el número 5, se pregunta:
«¿He cumplido mis deberes cívicos? ¿He pagado mis tributos?»
Reconociendo así implícitamente que se trata de una obligación en conciencia. Se sobreentiende, conforme a lo indicado: «¿He pagado mis tributos justos?».
El engaño en el pago de los impuestos puede hacer a la nación impotente para atender las necesidades generales, y resolver los problemas urgentes de los más deprimidos socialmente.
Dos palabras sobre el mal llamado «impuesto religioso».
Digo mal llamado porque no es un impuesto adicional, sino que de lo que necesariamente hay que pagar a Hacienda, dedicar ocho pesetas de cada mil para las obras de beneficencia de la Iglesia.
Conviene poner la cruz en el lugar correspondiente, pues si no se pone la cruz, ese 0’5% no va a parar a la Iglesia.
66,25. Pecan gravemente contra este mandamiento los hijos que desobedecen a sus padres en cosa grave, y que ellos pueden mandarles; los que les dan disgustos graves; los que les tratan con aspereza, les injurian o desprecian gravemente; los que les insultan, golpean o les levantan la mano con deliberación y amenaza; los que les desean en serio un mal grave; los que no les socorren en sus necesidades graves, tanto corporales como espirituales: por ejemplo, si no les procuran a tiempo los sacramentos a la hora de la muerte.
Pecan también gravemente los padres que dan mal ejemplo a sus hijos (blasfemias, etc.), los maldicen, les desean en serio algún mal, o abandonan su instrucción humana y religiosa.
Los patronos pecan gravemente si, pudiendo, no dan a sus obreros el salario justo. Pero además tienen obligación de no imponer a sus obreros trabajos superiores a sus fuerzas; protegerles, en cuanto sea posible, de los peligros del trabajo, y de respetar en ellos la dignidad de hombre y de cristiano, tratándoles con amabilidad y evitándoles los peligros de pecar.
Los obreros pecan gravemente si hacen daño grave a su patrono, ya sea malgastando materiales o energía, ya sea estropeando a propósito instrumentos de trabajo.
Si voluntariamente rinden menos de lo debido pueden también llegar a pecado grave.
Las obligaciones de los patronos y de los obreros están más especificadas en el examen de conciencia que te pongo en el Apéndice.
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