Dios hizo algunos seres sirviéndose de otros ya existentes
Dios
6. Dios hizo algunos seres sirviéndose de otros ya existentes
mesa.
6,1. Lo mismo que un carpintero se sirve de la sierra para hacer la
Los padres son meros instrumentos de Dios. Ellos no saben si el hijo será listo o tonto, alto o bajo, sano o enfermo.
Normalmente, más que hacer las cosas directamente, «Dios hace que se hagan». “La creación no salió plenamente acabada de las manos del Creador”.
«La expresión “al principio” no sugiere que el mundo, tal como hoy lo vemos, haya salido entero de Dios en un momento dado. No hay ningún reparo en admitir una lenta evolución de los seres en su aparición, y progreso constante hacia formas cada vez más perfectas. Lo que se afirma es que el comienzo de todo, el arranque inicial, está en Dios. Ese momento en que se pasó del no existir nada de lo que vemos, al primer existir de las cosas es lo que llamamos creación. La idea de creación tiene un matiz muy preciso que la distingue de los similares de “producción” o “construcción”. Es un hacer absolutamente nuevo y original, un partir de cero, en el que no se presupone nada preexistente, sino es el Hacedor mismo. No hay materia previa, no hay instrumentos, sólo existe la posibilidad pura. Sobre esta posibilidad se vuelca el acto amoroso de Dios, que decide sacar a la luz este mundo. La evolución subsiguiente también es obra de Dios. Con esta diferencia: en su primer momento todo es creación; en los momentos posteriores es un desarrollo, un despliegue de la creación inicial».
6,2. Además de este mundo visible, hay también un mundo invisible al que se extiende igualmente la acción creadora de Dios, como profesamos en el Credo. En el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI se precisa explícitamente que bajo el nombre de «cosas invisibles» han de entenderse los «espíritus puros que reciben también el nombre de ángeles» confirmando la interpretación tradicional. El Concilio Vaticano I habló de los dos órdenes de criaturas, corporal y espiritual, como equivalentes a mundo y ángeles.
Es absurdo negar la existencia de los ángeles porque la Ciencia no puede verificarlo. La Ciencia estudia las leyes de la naturaleza material, pero los ángeles son espirituales; están en otro nivel. Lo mismo que la Ciencia no puede verificar si yo en mi corazón siento odio a mis enemigos o los perdono. El odio y el perdón no son materiales.
Hablando de los ángeles dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica:
«Son criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales».
«Jesús menciona a los ángeles como seres reales y activos». Por eso la existencia de los ángeles es dogma de fe. Fue expresamente definido por el Concilio IV de Letrán.
«La existencia de los ángeles está testimoniada por innumerables pasajes de la Sagrada Escritura, si bien es poco lo que se conoce de sus funciones y naturaleza. Son “mensajeros” de Dios en momentos extraordinarios de la Historia de la Salvación. Conocemos algunos nombres relacionados con la función para la que son elegidos, como los de Miguel, Rafael, Gabriel.
Se da por entendido que son muchísimos en número, distribuidos en jerarquías: el Antiguo Testamento habla de Querubines y Serafines; el Evangelio de Ángeles y Arcángeles; y San Pablo de Tronos, Dominaciones y Potestades.
Fueron sometidos a una prueba. Algunos sucumbieron por haberse declarado en rebeldía contra Dios: son los demonios que fueron condenados al infierno. Desde entonces su existencia parece concentrarse en odiar a Dios y en tentar a los hombres.
Entre los ángeles buenos, está el llamado «Ángel de la Guarda», que Dios da a cada hombre en este mundo para conducirle por el camino del bien.
«Se deduce de la Sagrada Escritura, según interpretación de los Santos Padres, que Dios ha dado a cada hombre un ángel para su particular defensa y protección».
Dice la Biblia: “Dios te ha encomendado a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos”.
En el Evangelio 25 encontramos este testimonio: «Dijo Jesús: “mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la cara de mi Padre”».
6,3. Dice Sertillanges que la obra maestra de Satanás ha sido hacer creer a los hombres que él no existe.
La existencia de Satanás es dogma de fe. Está definido en el Concilio Lateranense IV. El P. Justo Collantes,S.I., Catedrático de Teología en la Facultad de Granada dice que las palabras utilizadas en este capítulo son «una profesión de fe».Dice el Concilio Lateranense IV: «Creemos firmemente y confesamos sinceramente que (...) el diablo y demás demonios fueron creados por Dios buenos, mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos».
«Por lo tanto no se puede negar la existencia real de un ser creado por Dios».
El pecado del demonio fue de soberbia.
La Biblia dice que Dios creó los ángeles y que algunos pecaron y fueron condenados para siempre: éstos son los demonios. «Los demonios son ángeles caídos».
Por eso, Javier Ibáñez, en su obra La fe divina y católica de la Iglesia, califica la existencia del diablo de fe divina y católica definida. La existencia del demonio también lo ha confirmado recientemente la Iglesia
Al actualizar el ritual de los exorcismos demuestra que sigue vigente la doctrina del demonio.
El cardenal Jorge Arturo Medina Estévez Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, dijo en Rueda de Prensa, El 26 de enero de 1999: «Sabemos que hay católicos que ponen en duda la existencia del diablo, pero esta realidad pertenece a la fe y a la doctrina de la Iglesia Católica. Quien diga que el diablo no existe no está ya en la fe. La doctrina católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa de su pecado, seres espirituales de gran inteligencia y poder; la potencia de Satanás sin embargo no es infinita. No es más que una criatura, potente por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre una criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios».
A propósito de Satanás, el cardenal Medina subrayó «que el influjo nefasto del demonio y de sus secuaces se ejerce habitualmente a través del engaño, la mentira y la confusión. Si Jesús es la Verdad, el diablo es mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el principio, la mentira ha sido su estrategia preferida. Engaña a los hombres haciéndoles creer que la felicidad se encuentra en el dinero, en el poder, en la concupiscencia carnal. Engaña a los hombres persuadiéndoles de que no tienen necesidad de Dios y de que son autosuficientes, sin necesidad de la gracia y de la salvación. Incluso engaña a los hombres disminuyendo, es más, haciendo desaparecer el sentido del pecado, sustituyendo la ley de Dios como criterio de moralidad por las costumbres y las convenciones de la mayoría. Persuade a los niños de que la mentira es un modo apto para resolver los diversos problemas, y así poco a poco se crea entre los hombres un atmósfera de desconfianza y de sospecha. Tras las mentiras y engaños, que llevan la imagen del Gran Mentiroso, se desarrollan las incertezas, las dudas, un mundo en el que no hay ya seguridad, ni Verdad y donde, en cambio, reina el relativismo y la convicción de que la libertad consista en el hacer lo que se quiere; así no se entiende ya que la verdadera libertad es la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única felicidad posible».
El demonio es un ser inteligente, no humano, que induce a los hombres al mal. Pero al demonio se le puede vencer con la ayuda de Dios.
Al demonio se le pinta con cuernos y con rabo; pero ya se comprende que el diablo ni tiene cuernos ni rabo, pues es espíritu. Se le representa así para expresar que es un espíritu malo.
En la Biblia parece clara la existencia del demonio en la tentación de Eva, en las pruebas de Job, etc.; y sobre todo en el Evangelio. Cristo para rechazar a Pedro que le proponía huir de la cruz le dice:«Apártate de mí, Satanás». Es decir, Cristo supone que Satanás es alguien. Si no, ese modo de hablar no tendría sentido.
Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica que el demonio es persona. Así lo considera Cristo pues supone que tiene deseos: le dice a Pedro que «Satanás quiere cribaros como al trigo». Y San Pedro llama a Satanás nuestro adversario y afirma que anda buscando el modo de hacernos daño.
En otra ocasión Cristo afirma que Él expulsa al demonio.
D. Salvador Muñoz Iglesias, Profesor de Sagrada Escritura en el Seminario de Madrid, en el espacio de Televisión El pulso de la fe, dijo: «Quien niegue la existencia real de Satanás tiene que admitir que Cristo o se equivocó o nos engañó. Si un cristiano no puede admitir ninguna de estas dos cosas, tendrá que aceptar la existencia real de Satanás».
«Si hay algo claro en una lectura de las páginas del Nuevo Testamento, es que para Jesús y los Apóstoles, el demonio es una realidad, una realidad viva; y no una simple figuración o un fantasma».
Pablo VI dijo: «Quien rehusa reconocer la existencia de Satanás se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica».
Dice Monden: «No se puede eliminar de la Escritura la existencia del demonio como ser personal sin alterar el mensaje cristiano en su misma esencia».
A veces se dan casos, aunque rarísimos, de posesión diabólica.
Hay que distinguir entre la auténtica posesión diabólica y los enfermos mentales que se creen poseídos del demonio.
Para las auténticas posesiones diabólicas la Iglesia tiene sacerdotes especializados que practican exorcismos para expulsar los demonios. También hay que distinguir entre el verdadero exorcismo, realizado por un sacerdote especializado con el ritual de la Iglesia, y las oraciones de liberación que puede hacer cualquier cristiano.
El demonio «es el tentador que busca nuestra desgracia y quiere cerrarnos las puertas del cielo».
«Sin embargo, el poder de Satanás no es infinito. No es más que una criatura» «El diablo no tiene poder sobre la salvación eterna del hombre, si éste no se lo permite». «Aunque el diablo es capaz de tentarnos no puede arrancarnos nuestro consentimiento».
Dice la Biblia que el demonio nos tienta porque nos tiene envidia, pues siendo la naturaleza humana inferior a la angélica, nosotros podemos salvarnos y él no. Por eso quiere impedir nuestra salvación eterna.
Dice San Pablo que el diablo nos tienta.
Y para tentarnos, nos engaña. San Juan le llama «mentiroso».
En el Nuevo Testamento se habla del demonio más de cien veces.
El hecho de que la Biblia mencione en el Apocalipsis el 666 como el número de la Bestia, «para algunos es el signo de Satán, y es un número maldito».
En nuestros días la presencia del diablo se da principalmente en las prácticas de espiritismo y el el juego de la «ouija».60 Y también en las sectas satánicas y en las posesiones diabólicas.
Puede ser interesante mi vídeo: ¿Existe el diablo? con mi intervención en un debate de la televisión vasca (ETB)62.
6,4. «Nos interesa muchísimo conocer cuándo fue creado el mundo, en qué época apareció el hombre, cuál fue la cuna de la Humanidad; pero de nada de esto nos habla la Biblia, pues no es un libro científico sino religioso, y lo único que le interesa decirnos es que el mundo es obra de Dios, y que Dios intervino de modo especial en la creación del hombre».
El P. Antonio Romañá, S.I., en el discurso pronunciado al ser admitido en la Real Academia de Ciencias de Madrid, cita esta frase de San Agustín: «Dios en la Biblia no nos ha querido enseñar cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo».
«La Sagrada Escritura no tiene como fin fundamental comunicar enseñanzas sobre ciencias profanas, sino guiar a los hombres hacia su salvación eterna».
Con todo, los descubrimientos arqueológicos confirman los relatos bíblicos.
Kenyon que fue director del Museo Británico de Londres, señala que la investigación arqueológica moderna ha corroborado la verdad de las Escrituras.«Puedo afirmar categóricamente que jamás hallazgo arqueológico alguno ha desmentido una referencia bíblica. Docenas y docenas de descubrimientos arqueológicos realizados han venido a confirmar asertos históricos de la Biblia».
En 1957 el Profesor de la Universidad Complutense, Alejandro Díez-Macho, descubrió en la Biblioteca Vaticana el Codex Neophyti I, que es un manuscrito del Pentateuco bíblico en arameo, que era la lengua que se utilizaba en tiempos de Jesús. Este manuscrito ha sido editado en cinco tomos por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
6,5. La Biblia nos cuenta en el Libro del Génesis cómo creó Dios el mundo.
La Biblia habla de siete días. Pero la palabra hebrea «yom», día, también significa un período largo de duración.
«Tampoco se puede insistir en el orden que se atribuye a los seres creados. (...) Busquemos en ellos, no un orden cronológico sino un orden lógico y artificial.
»Pongamos un ejemplo:
»Quiere un escritor narrarnos la Historia de España durante la Edad Media.
»Dedica el primer capítulo al reino de Asturias; otro capítulo al de León; otro al reino de Castilla. Es natural que en esta distribución lógica y geográfica, se complique la cronología. En el primer capítulo nos darán hechos posteriores a ciertos hechos de los capítulos siguientes».
Nuestro modo de hablar, moderno y occidental es distinto del de la Biblia, primitivo y oriental, al que se acomodó Dios en sus revelaciones. La Biblia se expresa en un estilo sencillo y figurativo, adaptado a la mentalidad de aquel tiempo. El teólogo tiene que distinguir el contenido del mensaje revelado, del contexto en el que ha sido expresado.
Hay que tener en cuenta que la Biblia lo que pretende es transmitir una enseñanza religiosa. Su misión no es enseñar ciencia ni historia.
«La Biblia no se propuso ninguna finalidad científica. Por lo mismo, tampoco nosotros debemos buscar en la Biblia solución científica a los problemas que plantea la ciencia moderna». En el modo de hablar se acomoda al modo de pensar y expresarse del pueblo al que se dirigía. No es lo mismo decir una cosa, que afirmarla. Al decirla, me acomodo al modo de hablar. Al afirmarla, la quiero enseñar. Cuando a un niño se le dice que la cigüeña le ha traído un hermanito (aunque este modo de hablar no sea recomendable como lo digo en el nº 66,4) no se afirma que sea ése el modo de nacer de los niños; se emplea un modo de hablar metafórico y figurativo, erróneo y equivocado, pero el que lo emplea lo considera el más adecuado para hacerse entender.
6,6. No puede haber contradicción entre Ciencia y Fe, pues las dos vienen de Dios. En efecto, Ciencia es el conocimiento de las leyes que Dios ha puesto en la Naturaleza, y Fe el conocimiento de las verdades religiosas que Dios ha revelado. Con todo hay que tener en cuenta, que la Ciencia mira la creación desde el punto de vista de las causas naturales, y por ello se interesa directamente de su desarrollo en el tiempo, y del orden exacto de ese desarrollo. La Biblia, en cambio, mira la creación desde el punto de vista de Dios, como Causa Primera y Universal; por eso no atiende en su narración al desarrollo temporal objetivo, sino que toda ella está atenta a la afirmación de la causalidad divina en cada uno de los elementos de la creación. Y en cuanto al orden y duración del proceso creativo escogió un modo de hablar que se acomoda a lo que aparentemente tenía lugar en el cielo -tal como se contemplaría desde la Tierra-, y a una verdad que tiene sumo empeño en inculcar: la sabiduría divina en crear, que se muestra en proceder en orden ascendente, es decir, de lo más imperfecto a lo más perfecto; aunque la valoración la haga conforme a las apariencias sensibles y al modo corriente de hablar sobre estas cosas en su época. Lo más importante en la Biblia es el mensaje que quiere enseñar, y no el modo de hablar que usa para enseñarla.
Hay que tener en cuenta que su lenguaje es sencillo y popular. Acomodado al pueblo al que se dirigía. Por eso, el orden que sigue en sus primeros capítulos, como en no pocos otros, no es precisamente el cronológico, sino un determinado orden lógico, y viendo las cosas desde la Tierra. Habla de un modo popular, según las apariencias, no según los principios científicos. Por eso dice que el murciélago es un ave, y es un mamífero; y que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra, pues Josué mandó detenerse al Sol: «... y el Sol se paró en medio del cielo». También hoy en día, incluso en los libros científicos se dice que el Sol sale y el Sol se pone; como si fuera el Sol quien da vueltas alrededor de la Tierra. Y todos sabemos que el Sol, ni sale ni se pone, sino que es la Tierra la que, en su rotación, presenta a los rayos solares diversas partes de su superficie. Es que hablamos de las cosas del cielo tal como se ven desde aquí; y aunque este modo de hablar no es exacto ni científico, todos entendemos lo que queremos decir.
Igualmente, cuando en el primer capítulo del Génesis emplea la palabra «día» al relatar la creación del mundo, no hay que entenderla como un día de veinticuatro horas, sino como un espacio de tiempo.
El hablar de los seis días de la creación tiene un fundamento litúrgico: inculcar el descanso sabático. Presenta a Dios antropológicamente, trabajando seis días y descansando el séptimo.
«Teje una narración escalonada hasta llegar al hombre, como culminación»81.
6,7. En lo que enseña la Biblia no cabe error alguno, pues es un libro inspirado por Dios; pero la inerrancia aneja a cada uno de sus libros es la que cuadra con el género literario a que pertenece.
Hay que distinguir entre el género alegórico del Apocalipsis, y «el género histórico de los dos Libros de Samuel, que pueden considerarse como el nacimiento de la historiografía».
Cada género literario en la Biblia tiene su tipo de verdad. Como en un periódico una es la verdad de un artículo editorial, otra es la verdad de la noticia de una agencia, y otra la verdad del lenguaje hiperbólico de un anuncio: «Mejores no hay», «Superior al mejor», etc. Así, una es la verdad propia de la parábola, en la cual sólo se pretende enseñar una verdad sin afirmar cada uno de los elementos ornamentales que la hacen pedagógica; otra la verdad de un canto lírico que, en lo concerniente a su sentido y realidad, debe ser juzgado conforme a las leyes de la lírica; otra la verdad de un relato. En éstos puede su autor querer afirmar la realidad histórica de lo que narra, tanto en lo substancial como en los pormenores. Pero puede también afirmar sólo la substancia del hecho, sin privarse, por motivos pedagógicos y artísticos (la Historia entre los antiguos tenía no poco de arte), de añadir a lo substancial otros elementos cuya realidad histórica no asegura.
«Hay que tener en cuenta que en una mentalidad oriental no es faltar a la verdad ampliar la narración con la adición de detalles no históricos en sí mismos, pero que contribuyen a poner de relieve el suceso central que se trata de transmitir. Distinguir entre la base histórica y los detalles ornamentales no es tarea que pueda realizar cualquier particular, sino personas preparadas para ello con doble preparación científica y teológica. La Biblia es un libro que se debe a la acción conjunta e indivisible de Dios y del hombre, su instrumento, a quien Dios comunicó su inspiración. Su realidad divina exige, para interpretarla, preparación teológica; y su realidad humana, preparación científica: entre estas dos no puede haber verdadero conflicto si se ejercitan con lealtad y rigor intelectual».
«Los datos numéricos de la Biblia, al igual que los de todos los antiguos documentos orientales, no hay que entenderlos en sentido aritmético, porque se basan en el simbolismo numérico del Antiguo
Oriente». «Los números tienen un valor convencional y sagrado; no pueden tomarse siempre en sentido propio». El conocido especialista bíblico Alejandro Díez Macho dice: «lo de menos es el valor matemático, cuantitativo. Son números simbólicos».
El lenguaje simbólico es muy frecuente en la Biblia, lo mismo que entre nosotros. Cuando yo digo que «he sudado tinta», no quiero decir que mi sudor haya sido negro, sino que me ha costado mucho trabajo.
La interpretación de la Biblia no es un quehacer que haya que forjarse a base únicamente de ciencia y competencia, sino ante todo mediante la adhesión a la fe y la aceptación humilde de la palabra de Dios. De aquí que su lectura suponga una cierta preparación religiosa, bien distinta del mero espíritu de crítica o curiosidad. Por encima de las interpretaciones particulares está el juicio de la Iglesia, a la que Cristo confió la inteligencia del verdadero significado de los libros santos, conservado por los Santos Padres, y transmitido por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
La recta interpretación de los pasajes de la Biblia pertenece a la autoridad de la Iglesia, que es la que ha recibido de Cristo la misión de enseñar. Los individuos particulares pueden equivocarse al interpretar algunos pasajes oscuros. De ahí la multitud de interpretaciones equivocadas y opuestas entre sí de los protestantes, que admiten la libre interpretación personal... Ya dijo San Pedro que en la Biblia hay pasajes difíciles de entender.
La libre interpretación de la Biblia que hacen los protestantes lleva a la confusión. No pueden ser verdad todas las distintas opiniones contradictorias entre sí. De ahí la necesidad de una autoridad infalible que interprete correctamente la verdad que nos enseña la Biblia.
«El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida, ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo».
En los Evangelios, por debajo de los relatos en que se narran los hechos reales de Jesús, en sentido oculto, en segundo nivel, como en un código secreto, suele haber un contenido teológico encerrado en esos relatos. Por ejemplo: la multiplicación de los panes representa la Eucaristía; las Bodas de Caná, la mediación de María, etc.
Por eso «según una antigua tradición se pueden distinguir dos sentidos en la Sagrada Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual».
«Para comprender exactamente lo que el autor propone en sus escritos hay que tener en cuenta el modo de pensar, de expresarse, de narrar, que se usaba en los tiempos del escritor, y también las expresiones que entonces se usaban en la conversación ordinaria». Cada lengua tiene su modo de hablar. Un español dice «me duele la cabeza», y un francés «tiene mal en la cabeza»; un español «se bebe un vaso de cerveza» y un alemán, la cerveza «que sale de un vaso».
En la Biblia hay que distinguir el estilo propio de cada género literario: no es lo mismo el género lírico que el épico o el histórico. Cada uno debe interpretarse como corresponde. Teniendo en cuenta que «no hay divisiones estancas entre los géneros literarios. Dentro del mismo relato pasa fácilmente de los recuerdos de la historia a los arrebatos poéticos».
Aun admitiendo los géneros literarios no podemos negar que los Evangelios relatan hechos reales. «No se puede decir que hayan falseado la Historia o la hayan inventado».
Cada versículo de la Escritura nos obliga a conocer el medio cultural en que se desenvuelve el autor. Los recientes hallazgos de las Ciencias Auxiliares de la exégesis nos han proporcionado un conocimiento más profundo del mundo bíblico. Este conjunto de conocimientos auxiliares no es, sin embargo, lo esencial en la lectura e interpretación de la Biblia. Ante todo, es preciso tener siempre en cuenta que la mejor manera de entender la
Palabra de Dios es explicar la Biblia por la Biblia: una enseñanza que tal vez se encuentra expuesta en un pasaje de modo fragmentario, incompleto, encuentra frecuentemente su complemento y su equilibrio gracias a otros textos más claros, más desarrollados y coherentes. Y junto con el recurso al mismo texto sagrado, es menester prestar atención a las interpretaciones de los Santos Padres de la Iglesia. Estos santos vivieron en condiciones humanas, sociales, religiosas, etc., muy semejantes a las del mundo del Evangelio y poseyeron también un sentido cristiano más agudo y más puro que el nuestro.
Dijo Juan Pablo II en un discurso a la Academia Pontifica de Ciencias: «La Biblia nos habla del origen del universo y de su constitución no para facilitarnos un tratado científico, sino para declarar que el mundo ha sido creado por Dios. (...) La Biblia no quiere enseñar cómo ha sido hecho el cielo, sino cómo se va al cielo».
6,8. La Iglesia reconoce como sagrados todos los libros de la Biblia porque «habiendo sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tuvieron a Dios como Autor, pues los autores inspirados escribieron todo y sólo lo que Dios quería. Por eso hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente con fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Escrituras para nuestra salvación». La Biblia es el «Libro de Dios».
La Iglesia, en la Biblia, «no recibe solamente una palabra humana, sino la Palabra de Dios», pues «las verdades que se contienen en la Sagrada Escritura se consignaron por inspiración del Espíritu Santo».
Aun cuando las diversas partes que la componen hayan sido redactadas por distintos autores, Dios es el Autor principal de toda ella.
La lista de los libros inspirados está en el «canon» que de ellos ha publicado la Iglesia. Esta lista de libros inspirados de la Biblia fue promulgada oficialmente por el Concilio de Trento, en 1546, basándose en la Tradición de la Iglesia. Ya en el año 393, en el Concilio de Hipona, se hizo la primera lista. Cuando el Emperador Constantino dio paz al mundo cristiano se emprendió la obra de juntar las varias partes de las Escrituras, todo con el empuje del Papa.
Cuando la Iglesia afirma la inspiración de la Biblia, no comete un «círculo vicioso».: Ella se funda en la Biblia para considerarse infalible, y Ella es la que dice que la Biblia está inspirada. La argumentación es en espiral: se demuestra la historicidad de la Biblia y de ella se deduce la infalibilidad de la Iglesia. «No estamos basando la inspiración de la Biblia en la infalibilidad de la Iglesia y la infalibilidad de la Iglesia en la palabra inspirada de la Biblia; eso sería precisamente un circulo vicioso. Lo que hemos hecho se llama argumento en espiral: por un lado hemos argumentado sobre la confiabilidad de la Biblia como texto meramente histórico; de allí sabemos que Jesús fundó una Iglesia infalible, y sólo entonces tomamos la palabra de esa Iglesia infalible que nos enseña que la palabra que nos transmite la Biblia es una palabra inspirada, Palabra de Dios. No se trata de un “circulo vicioso”, ya que la conclusión final (la Biblia es la Palabra de Dios) no es el enunciado del cual partimos (la Biblia es un libro históricamente confiable), y este enunciado inicial no está basado en absoluto en la conclusión final. Lo que hemos demostrado es que, si excluimos a la Iglesia, no tenemos suficientes motivos para afirmar que la Biblia es la Palabra de Dios».
La inspiración divina es un influjo sobrenatural de Dios sobre la razón y la voluntad del escritor sagrado en la redacción de los escritos bíblicos. El autor inspirado es el instrumento de Dios, pero dotado de razón: tiene características personales. La inspiración, ese «soplo divino», respeta la libertad y el modo de expresarse propio de cada autor sagrado, que conservando su personalidad realiza un trabajo de reflexión y de redacción para comunicar lo que Dios desea que escriba. Como un secretario que escribe una carta según las ideas recibidas.
Inspiración es «la acción que el Espíritu Santo ha ejercido sobre los escritores sagrados para que escriban las verdades que quería manifestar».
A pesar de la inspiración de Dios, cada autor deja su sello personal en el escrito. «Lo hicieron según su estilo y cultura, reflejando la mentalidad propia de su tiempo. (...) Por eso al exponer las cosas y acontecimientos en conformidad con los criterios y conocimientos propios de su época, pueden dar lugar a “errores científicos”. (...) Y siendo la historia de un pueblo no siempre santo y ejemplar, no todo lo que está recogido y descrito en la Biblia es perfecto y edificante».
La diversidad de autores de los libros sagrados da variedad a los estilos. Lo mismo que el trazo de un escrito varía según se haga con pluma, bolígrafo o rotulador: pero la idea siempre es del autor.
La inspiración comunica el mensaje, la idea; pero las palabras, el modo de expresar el mensaje, son obra del autor inspirado.
Por ejemplo:
Una madre le puede decir a su niño que se calle de tres maneras:
a) «Te he dicho que te calles».
b) «¿No has oído que te calles?».
c) «Por milésima vez te lo digo: cállate».
Son tres modos distintos de decir lo mismo: afirmativamente, interrogativamente, hiperbólicamente. Pero en los tres casos se dice lo mismo.
De este modo, por encima de las diferencias literarias existentes entre los diversos libros sagrados, Dios continúa siendo su Autor. La Biblia, es un libro divino.
Dice San Pablo: toda la Escritura está inspirada.
Como dice Pío XII en su encíclica Divino afflante Spiritu «el autor sagrado es instrumento del Espíritu Santo» pero «instrumento vivo y dotado de razón», es decir, dejando su huella personal: carácter, personalidad, mentalidad, etc.
«El Espíritu Santo dictó lo que quería que se escribiera. Fue un dictado interno y silencioso. El escritor redactaría según su estilo de expresión propio. Incluso sin percatarse de estar escribiendo bajo la influencia de la divina inspiración. Sin embargo, el Espíritu Santo quería cada rasgo de su pluma».
La Biblia es la Palabra de Dios ESCRITA por los hombres, y la palabra de los hombres INSPIRADA por Dios.
El estudio de la Sagrada Escritura abarca dos campos: la exégesis y la hermenéutica.
La exégesis estudia el significado de las palabras, y la hermenéutica interpreta el sentido de los textos.
6,9. Los Testigos de Jehová se sirven de la ignorancia de los oyentes para tergiversar las Fuentes de la Revelación. Tienen su propia traducción de la Biblia: New World Traslation.
El texto de esta traducción difiere de un modo radical de las demás versiones cristianas, tanto católicas como protestantes.
Sacan conclusiones teológicas diametralmente opuestas a las del cristianismo tradicional.
Introducen palabras que cambian el sentido de los textos originales.
Esta traducción ha recibido la repulsa unánime de todos los exégetas, incluso protestantes.
«Este volumen es una prueba clara de cómo no debe hacerse una traducción», dice H.H. Rowley.
Y A. Hoekema: «No es una versión objetiva del texto sagrado, sino una obra llena de prejuicios que han metido de contrabando en el texto de la Biblia».
En el libro Proceso a la Biblia de los Testigos de Jehová escrito por el pastor protestante Danyans se dice en la presentación: «Los Testigos de Jehová han torcido las Escrituras y han puesto en circulación una Biblia falseada y adaptada a sus prejuicios...
»Ésta es una Biblia sectaria, y como tal es la negación misma del espíritu bíblico genuino».
«Ante este cúmulo de arbitrariedades rayanas en el sacrilegio, por tratarse de la Palabra de Dios, no queda sino esta disyuntiva: los traductores de la Biblia de los Testigos han fallado en su cometido por ignorancia o por malicia.
»Si no sabían griego y la tradujeron así, pecaron por ignorancia: nunca debieron meterse a traductores de la Biblia.
»Si, en cambio, sabían muy bien el griego y tradujeron mal, entonces pecaron contra la luz.
»No es extraño, por tanto, que esta traducción haya merecido las más severas críticas».
El P. Giuseppe De Rosa, S.I. ha publicado en la revista «Civiltà Cattolica» de los jesuitas de Roma un artículo titulado «Los Testigos de Jehová no son cristianos», donde dice que la traducción de la Biblia de los Testigos de Jehová falsifica cosas esenciales para decir lo que la Biblia no dice, o lo contrario de lo que dice.
Por eso la Iglesia Católica quiere que las traducciones de la Biblia se publiquen con censura eclesiástica, para asegurar al lector la fidelidad de la traducción. Y estas traducciones, manda el Concilio Vaticano II, deben tener notas explicativas
Origen de la Vida
6,10. Dios es el Autor de la vida. Incluso en una hipótesis evolucionista hay que aceptar unas leyes que dirijan esta evolución. Estas leyes son obra de Dios.
Juan Oró, uno de los españoles que investigan en los Estados Unidos para la NASA, que está al frente del equipo que analizó las muestras lunares que trajeron los astronautas, y cuya opinión fue definitiva para afirmar que en Marte no hay vida, opina que la vida surgió a merced de un proceso de evolución química gradual que conduce a la generación progresiva según leyes determinadas, «aunque todavía estamos lejos de tener una clara comprensión de las leyes que rigen la evolución de las partículas elementales».
El biólogo soviético Alejandro Oparin, explica así el origen de la vida: «En la atmósfera terrestre primitiva, a partir de algunos compuestos relativamente sencillos, principalmente metano, amoníaco, vapor de agua y ácido sulfúrico, y bajo la acción de las descargas eléctricas y rayos ultravioleta se formaron numerosas y variadas sustancias orgánicas de molécula compleja. Estos productos pasaron a formar parte de la hidrosfera, al ser arrastrados por la lluvia, y una vez allí, sufrieron posteriores modificaciones, y un incremento ulterior de su complejidad».
En abril de 1985 la revista norteamericana News Week se hacía eco de la presentación, por parte de un grupo de bioquímicos de la NASA americana, de unas pruebas según las cuales la arcilla sirvió como catalizador en la formación de los primeros compuestos orgánicos.
La agencia Reuters (X-03) comunicó que un equipo de científicos del Howards Hughes Medical Institute y del Massachusetts General Hospital de Boston han afirmado que la vida pudo comenzar en la arcilla, pues una arcilla llamada montmorillonita ayuda a la formación de grasa y del material genético RNA.
Podría ser una explicación de aquello de la Biblia de que la vida nació del barro
Recientemente Leslie Orgel, uno de los mayores expertos mundiales en la materia, demuestra en la revista científica Nature que el origen de la vida pudo aparecer en terreno arcilloso.
De hecho Stanley Miller y Harold Urey, en 1953, haciendo pasar una descarga eléctrica a través de una mezcla de metano, amoníaco, nitrógeno y vapor de agua, lograron sintetizar aminoácidos constitutivos de las proteínas.
Aunque el experimento de Miller obtuvo aminoácidos, la vida está en la célula, no en los aminoácidos.
«Estamos a varios años luz de una célula, y también de una proteína». Pero además, los aminoácidos obtenidos por Miller son racémicos, es decir, absolutamente inútiles desde el punto de vista biológico. Así opina Raúl Leguizamón, Director del Centro de Investigaciones Biogenéticas de la Universidad de Cachicoya (Argentina), en su magnífico libro donde demuestra el fraude científico de los que afirman que la vida surgió por AZAR.
El Doctor en Ciencias Químicas, D. José Sánchez-Real, Catedrático en Valencia, opina que la reacción que Oparin sitúa en la superficie de la Tierra debió darse en altas capas de la atmósfera.
En todo caso, como el mismo Oparin expone en su obra con multitud de fórmulas y reacciones químicas, todo esto supone unas leyes, y las leyes una inteligencia. A esta inteligencia la llamamos DIOS.
Por eso decimos que Dios es el Autor de la vida.
El mismo Oparin reconoció en Barcelona (junio 1973), en la IV Conferencia Internacional sobre el Origen de la Vida: «El origen de la vida no es ocasional. Se ajusta en todo a las leyes de la Naturaleza».
Y Stuart Mill: «Las leyes de la Naturaleza no pueden, por sí mismas, ofrecer una explicación de su propio origen».
John B. Haldane, famoso fisiólogo genetista británico, Profesor de la Universidad de Cambridge, afirma que el origen de la vida es imposible sin un Ser Inteligente preexistente.
«La vida no se ha formado por casualidad, sino que se basa en leyes bien precisas».
Dice Salvador de Madariaga: «El mundo vivo no puede ni siquiera concebirse sino como la ejecución de un proyecto que le es anterior».
El paso de las micromoléculas a las macromoléculas se realiza según unas reglas y leyes.
Marco Bersanelli, Director del Programa de la Agencia Espacial Europea que estudia el Big-Bang, ha manifestado que «cada vez es más evidente que la estructura del Universo y las etapas de su historia están dispuestas, hechas a propósito, para conseguir que surgiera la vida en su interior».
Fred Hoyle, célebre científico inglés, a quien en 1972 le fue otorgado el título de Caballero por sus trabajos científicos, afirma: «La vida no puede haberse producido por casualidad».
«El origen de la vida es inconcebible a menos que una inteligencia haya actuado sobre la materia organizada (...). El verdadero conocimiento científico indica la absoluta imposibilidad de que la vida pueda haberse originado al azar a partir de la materia inanimada. (...) Tiene que haber existido una inteligencia de orden extramaterial».
6,11. La base de la vida, está en los ácidos nucleicos y aminoácidos. Los aminoácidos son los componentes de las proteínas.
Las proteínas son los ladrillos de las células.
Estas macromoléculas son esenciales en todo ser con vida..
«Hay una ley que desde los primeros aminoácidos y nucleótidos formados en las aguas primitivas han conducido a través de millones de años de evolución hasta la formación del DNA humano».
La molécula del ácido desoxirribonucleico (DNA) componente fundamental de los cromosomas, es portador de la información genética.
Cada célula puede poseer docenas de cromosomas. Cada cromosoma posee cientos de genes. Los genes son cadenas de ácido desoxirribonucleico (DNA)137.
Harada sintetizó aminoácidos, que son los componentes estructurales de las proteínas sometiendo a una temperatura de mil grados centígrados amoníaco, vapor de agua y gas metano: tres derivados volcánicos que probablemente eran muy abundantes en la atmósfera primitiva.
Sin embargo, la complejidad de la proteína lejos de ser un desorden, es un orden supremo. Es decir, siempre hemos de admitir unas leyes que dirigen la evolución
El Dr. Jorge Wald, biólogo de la Universidad Norteamericana de Harvard, Premio Nobel, dijo en el Congreso Internacional sobre el Origen de la Vida celebrado en Barcelona en junio de 1973: «No hay ninguna oposición entre la aceptación de la explicación científica del origen de la vida y la creencia en Dios, pues éste es el Autor de las leyes que rigen el proceso biológico».
«Hoy, no pocos científicos, al menos entre los occidentales, admiten consecuentemente una tendencia finalista en el desarrollo de las formas. Efectivamente, los últimos descubrimientos, de modo particular los realizados en el sector de las estructuras vivientes, van demostrando la existencia de leyes en los fenómenos vitales, donde el simple azar queda excluido, aun por el mismo cálculo de probabilidades». «La vida y la evolución tienen un sentido, no es puro azar».
El mismo Oparin reconoce que las leyes de la Naturaleza no pueden ser producto de la casualidad, pero no se pregunta cuál es el origen de estas leyes.
Reconocer la existencia de leyes en la Naturaleza y no preguntarse por el origen de ellas es quedarse a mitad de camino. Sin nos preguntamos por el origen último de estas leyes llegaremos a Dios.
6,12. La vida pudo comenzar en el mundo en un momento determinado, según las leyes puestas por Dios en la Naturaleza.
Parece que fue hace unos 3.000 millones de años.
Comenzó de modo muy elemental, y poco a poco fue evolucionando hasta el hombre, que es la suprema manifestación de la vida en la Tierra.
La evolución de la vida en la Tierra supone unas leyes que la han dirigido.
La selección natural de la evolución se produce por mutaciones de los caracteres hereditarios en los genes de los cromosomas. Pero este proceso ha seguido unas leyes que han dirigido la línea de la evolución.
«Todo el proceso ha estado programado para que al final apareciese el hombre...Ha existido una dirección privilegiada, una finalidad.
»Sin duda, esta finalidad está en plano superior al puramente material de la evolución»
El que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otro astro, es indiferente para explicar las causas del origen de la vida.
El que la vida haya venido de otro astro no excluye que la vida se haya originado según unas leyes.
Por otra parte, no se ha demostrado la existencia de seres inteligentes extraterrestres.
A los ovnis se les encuentran explicaciones que no los hacen necesariamente extraterrestres.
El hecho de que la vida haya comenzado en la Tierra o haya venido de otra galaxia es lo de menos, pues «tan sólo pospone la cuestión a otro tiempo y lugar», afirma el célebre astrónomo norteamericano Dr. Robert Jastrow.
Aparte de que los rayos cósmicos hubieran acabado con la posible vida en los viajes interplanetarios.
Origen del hombre
6,13. Un grupo internacional de científicos, dirigidos por el investigador Russell Ciochon, de la Universidad de Iowa (EE.UU.) ha descubierto en China restos humanos de dos millones de años.
En 1972 el científico norteamericano Dr. Richard Leakey descubrió en Tanzania, cerca del Lago Rodolfo, en la frontera con Kenya, unos restos humanos. Datan de hace unos dos millones quinientos mil años.
En noviembre de 1974 el antropólogo Donald Johanson descubrió en Etiopía un esqueleto de una hembra, al parecer del género homínido. Es el más antiguo, más completo y mejor conservado de los esqueletos pertenecientes a un antepasado del hombre actual. Se trata de un homínido bípedo, de tres millones y medio de años de antigüedad. Se le bautizó con el nombre de Lucy.
En 1994 un equipo de la Universidad de Berkeley en colaboración con expertos de la Universidad de Tel Aviv, en Israel, han encontrado en la cuenca seca del río etíope Awash una colección de fósiles humanos contemporáneos de Lucy.
Recientemente, Maeve Leakey, esposa de Richard Leakey, ha descubierto en Kenya un homínido, el australopitecus anamensis, de cuatro millones de años de antigüedad. Se le considera el «padre» de Lucy.Científicos de la Universidad de Witwastersand de Johanesburgo dirigidos por Rom Clarke descubrieron, en diciembre de 1998, en una cueva de Sterkfontein en Sudáfrica, un cráneo y unos huesos de un Australopitecus de más de tres millones de años de antigüedad.
Parece que los restos humanos más antiguos son los descubiertos por Brigitte Senut y Martin Pickford, en Kenia, en el año 2000, y que tienen seis millones de años de antigüedad.
En el año 2002 el paleontólogo francés Michel Brunet, y sus colegas de la Universidad de Poitiers, han descubierto en el Chad (África) un fósil homínido que tiene una antigüedad entre seis y siete millones de años.
Los restos humanos más antiguos de Europa los tenemos en España. En Atapuerca (Burgos), José Manuel Bermúdez, ha encontrado restos humanos de 800.000 años de antigüedad. Y José Gibert opina que el Hombre de Orce (Granada), vivió hace un millón de años. El arqueólogo Isidro Toro opina que la presencia humana en Orce puede remontarse a un millón y medio de años.
Según Rafael Puyol, Rector de la Universidad Complutense de Madrid, Atapuerca «es el yacimiento paleontológico más importante del mundo».
El hombre de Atapuerca utilizó el fuego hace 150.000 años.
Si pusiéramos en un año la historia del cosmos, el Big-Bang estaría al empezar el primero de enero, y toda la historia del hombre ocuparía tan sólo el último minuto del 31 de diciembre, de este hipotético año en que cada día equivaldría a 50 millones de años. Y Cristo aparecería el 31 de Diciembre a las 11 horas, 59 minutos y 50 segundos.
Voy a poner aquí las fechas más importantes de la historia de la Tierra:
15. 000 millones de años: El Big-Bang (Origen del cosmos).
5. 000 millones de años: Origen de la Tierra.
3. 000 millones de años: Origen de la vida.
63 millones de años: Desaparición de los dinosaurios.
3 millones de años: Aparición del hombre.
2,5 millones de años: El hombre comienza a hablar.
200. 000 años: El hombre utiliza el fuego.
15. 000 años: Pinturas de Altamira.
5. 500 años: Aparece la escritura
2. 000 años antes de Cristo: Abraham.
1. 250 años antes de Cristo: Moisés. 700 años antes de Cristo: Isaías.
Hace 2.000 años, Dios se hace hombre en la Tierra y muere en la cruz para redimir a la humanidad.
6,14. La Biblia cuenta la creación del primer hombre: de su cuerpo material y de su alma espiritual e inmortal. Por eso no se puede decir que el hombre viene del mono, así, simplemente. Es necesario admitir la especial intervención de Dios. El cuerpo puede venir por evolución; pero no el alma, que es espiritual. El alma humana ha sido infundida por Dios en el momento de la concepción. Nunca el espíritu puede venir por evolución de la materia. El salto de la materia al espíritu sólo puede darse por la intervención de Dios. Entre el mono y el hombre hay un abismo. Este abismo es la inteligencia. La inteligencia es de orden espiritual.
Dijo el Premio Nobel de Medicina John C. Eccles en el prólogo de Las fronteras del evolucionismo lo siguiente: «Cada alma es una nueva creación divina. Me permito decir que ninguna otra explicación es sostenible». La Iglesia siempre ha insistido en el hecho de que siendo espiritual el alma humana sólo puede existir por haber sido creada, y no es posible que proceda de un animal inferior por evolución.
«La fe católica nos obliga a retener que el alma humana ha sido creada inmediatamente por Dios», dice Pío XII en la Encíclica Humani generis, nº 29
Con todo, no hay dificultad en admitir, dentro de la doctrina católica, que Dios infundió el alma espiritual en un mono antropomorfo.
Un cuerpo animal no es más indigno que un pedazo de barro para percibir el soplo espiritual de Dios.
En la historia bíblica de la formación del primer hombre « lo que se quiere destacar es que el hombre proviene de Dios... ».
La intervención de Dios en la infusión del alma espiritual en el hombre se explica en la Biblia con las palabras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza...”. Y “Dios Creó al hombre a imagen suya”.
El hombre es imagen de Dios sólo en el alma espiritual, pues Dios-Creador no tiene cuerpo material. Dios es espíritu puro.
«“Alma” significa el principio espiritual del hombre».
«El llevar en sí la imagen y semejanza de Dios lo debe el hombre, no a su figura corporal, sino a su alma espiritual, dotada de entendimiento y voluntad. Sin duda alguna, la palabra hebrea bará (creó) indica una acción especial divina». Significa «sacar algo de la nada».
«El verbo bará en todo el Antiguo Testamento sólo se dice de la acción divina».
«El hombre es la cumbre de la obra de la creación». «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona: no es algo, es alguien».
«En la evolución del Universo y de la vida, llegó un momento en que, superando las energías materiales y vitales inferiores, apareció en la Tierra una energía de una calidad eminentemente superior: la energía psíquica humana».
Darwin tuvo la intuición de cómo pudo ser el origen del hombre, pero en su tiempo «los fósiles correspondientes a los homínidos eran prácticamente desconocidos». Así lo afirma el Dr.Bermudo Meléndez, Catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense de Madrid.
Es decir, en aquel tiempo la teoría evolucionista de Darwin era una hipótesis sin comprobación empírica.
Por eso la Iglesia, que es muy prudente, no acepta todas la hipótesis científicas inmediatamente; sino que espera a que esa hipótesis de trabajo se consolide y se estudie su armonía con la Revelación de Dios.
6,15. Esta teoría de que Dios se sirvió del cuerpo de un mono para hacer al primer hombre se llama evolucionismo.
Hay muchos teólogos católicos que defienden esta teoría, que no está condenada por la Iglesia.
Desde la fe y la filosofía no hay inconveniente en admitir la teoría de la evolución.
La última palabra la tiene la Ciencia.
Pero la teoría de la evolución no elimina la necesidad de una inteligencia ordenadora. Admitir el orden de este mundo y no preguntarse por su causa, es como encontrarse un televisor en lo alto de un monte y atribuirlo a la casualidad.
Los textos de la Bibliano tratan de darnos una explicación científica del modo cómo fueron hechos Adán y Eva, sino algo mucho más profundo: el hombre es obra de Dios y la mujer de la misma naturaleza que el hombre.
El Génesis es una narración simbólica del origen de la humanidad.
La Biblia está llena de antropomorfismos que hay que saber interpretar. Con la imagen del «soplo» quiere decir que el hombre recibió de Dios algo que lo convirtió en un hombre. A ese «algo» nosotros llamamos «alma espiritual».
Y cuando dice que Eva era de una costilla de Adán quiere decir que la mujer es de la misma naturaleza que el hombre. La formación de la mujer de la costilla del varón quiere expresar que la dignidad de aquélla es igual a la de éste.
Pío XII afirma en la Encíclica Humani generis (1950) sobre la evolución: «La Iglesia deja la doctrina de la evolución como una cuestión abierta, mientras las especulaciones se limiten al desarrollo del cuerpo humano a partir de otra materia viviente ya existente».
Es posible, que el hombre y el mono actual vengan de un tronco común; pero aunque el cuerpo del hombre pueda venir por evolución de un mono antropomorfo, no por eso vamos a decir que el hombre es un «mono desnudo».
También la gallina procede de un huevo, y no decimos que la gallina es un «huevo con plumas».
El hombre es mucho más que un animal. Prescindir de la vertiente espiritual del hombre es una visión equivocada de lo que es realmente el hombre.
El hombre es algo más que un simple animal.
En el hombre hay un alma espiritual que no puede venir por evolución de la materia, sino por creación de Dios. «El hombre es algo más que el resultado de una evolución biológica».
«Por simple evolución no es posible franquear el abismo que existe entre el reino animal y el hombre. Con las solas fuerzas naturales, ningún animal pudo evolucionar y llegar a un grado de perfección tal que le permitiera salir del círculo de la especie animal y entrar en el de la especie humana. El primer hombre no es, ni pudo ser, el resultado supremo de una evolución animal, sino un ser que existe porque Dios lo creó. Dios está en el origen del hombre; y sin su acción especialísima, el hombre no hubiera llegado a existir».
El efecto no puede ser superior a la causa que lo produce. De una piedra no puede salir una flor, hace falta una semilla. La semilla tiene vida, la piedra no.
Nadie da lo que no tiene. Si yo sólo tengo quinientas pesetas en el bolsillo, no puedo darte mil.
Esta misma idea la expresó el catedrático de Fundamentos de Filosofía y de Metafísica en la madrileña Universidad Complutense, Antonio Millán Puelles con estas palabras: «Sigue siendo por completo inadmisible que el espíritu venga de donde no lo hay, y ello por la muy obvia y fundamental razón de que nadie da lo que no tiene».
«Que lo espiritual es producido por la materia, desde el punto de vista de la lógica, es inadmisible». «Si el alma no puede venir de la materia, su existencia sólo se explica por la intervención creadora de Dios»
Que las almas son inmediatamente creadas por Dios es un punto de vista que la fe católica nos impone.
Pío XII añade en su Encíclica Humani generis: «La fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios». Pero admite que «para formar el cuerpo del primer hombre pudo haber utilizado el cuerpo de un mono antropomorfo».
Puede ser interesante mi vídeo: El origen del hombre a la luz de la Ciencia actual y de la Biblia.
Hace tiempo, la Iglesia recibió con recelo la teoría evolucionista. No por culpa de Darwin, padre de la teoría, que era creyente, y aceptaba a Dios como Autor de las leyes que rigen la evolución, como hoy
admitimos. Fue por culpa de Huxley que era materialista y excluía a Dios del proceso evolutivo, haciendo de la evolución «una nueva religión».
«Algunos de los partidarios del evolucionismo presentaban la teoría como sucedáneo de la religión».
Charles Robert Darwin (1809-1882) empezó la carrera eclesiástica, aunque después la dejó para dedicarse a su pasión: la Historia Natural. «Él quiso siempre tratar el argumento sólo desde el punto de vista científico sin ponerlo nunca en conflicto con sus convicciones religiosas».
Darwin pensaba que la evolución se ha debido a «leyes generales impuestas por el Creador». Dice Darwin al final de su libro Origen de las Especies aparecido en 1859: «Es grandioso el espectáculo de las fuerzas variadas de la vida que Dios infundió en los seres creados haciéndoles desarrollarse en formas cada vez más bellas y admirables»
Darwin escribe a Marx en 1880 rechazando la dedicatoria de la edición inglesa de El capital por su materialismo.
En 1975 el biólogo y matemático Jorge Salet, en su libro Azar y certeza, se opone a que el origen de la vida haya sido obra del azar. Afirma: «NO HAY MÁS REMEDIO QUE ADMITIR QUE LA inteligencia es anterior a la vida».
Y Luis Vialleton, biólogo, Profesor y Decano de la Facultad de Medicina de Montpellier, y miembro de la Academia de París, ha escrito: «La tesis evolucionista es absolutamente incapaz de explicar el origen de la vida. La palabra creación, que fue eliminada del lenguaje biológico, debe volver para explicar el hecho indudable de que el mundo nos es dado como un conjunto coordinado y planificado».
6,16. Conviene advertir que el hecho de la evolución es una hipótesis; no algo científicamente indiscutible. Se afirma, pero no se prueba.
«El postulado de nuestro origen simiesco es una “convicción” de la que se parte, no una “conclusión” a la que se llega. (...) Esta creencia en el origen del hombre a partir del mono sólo puede ser una hipótesis de trabajo, una suposición, una conjetura. (...) Siempre de carácter hipotético. No sólo no demostrada, sino indemostrable. (...) La razón determinante y fundamental por la cual muchos autores creen que el hombre se originó a partir del mono se basa en la aceptación ciega e incondicional de la hipótesis evolucionista-darwinista que así lo afirma. Y punto».
W. R. Thomson, Fellow of the Royal Society, título muy codiciado en el mundo científico anglosajón, afirmó en 1956 que Darwin no probó su tesis.
Y en todo caso el evolucionismo es una hipótesis de cómo pudo ocurrir, pero no una causa de lo que ocurrió. Siempre habrá que contar con Dios en el origen del hombre.
Es curioso que los defensores de evolucionismo han cometido fraudes científicos para defender su hipótesis. Es el caso de Haeckel (1834-1919). La información de su investigación fue «un fraude en toda regla».
Es también conocido el fraude de Piltdown.
Incluso el Pithecanthropus erectus de Java, también parece un fraude.
Por otra parte cada día son más los adversarios de la evolución. Algunos científicos (Luis Bounonre, Hermann Nielsen, Herbert Nilsson, etc.) opinan que el evolucionismo no es posible, pues la evolución sólo se da dentro de una especie; pero no es posible el paso de una especie a otra.
«La teoría científica de la evolución de las especies está hoy en crisis. Los hallazgos más recientes y serios de la biología demuestran que los cromosomas de todos los hombres son iguales: no hay, por tanto, nada más que una familia humana. Por otra parte, los cromosomas de los primates más parecidos al hombre son totalmente distintos: por lo tanto el hombre no procede de los primates».
Son muchos los científicos que rechazan el evolucionismo darwinista. El Prof. Wilder Smith investigador en Bioquímica, ha publicado un libro documentado y contundente contra la evolución biológica.
G. Sermonti, Profesor de Genética de la Universidad de Perugia y
R. Fondi, Profesor de Paleontología en la Universidad de Siena, han escrito juntamente un libro en el que niegan todo valor determinante a la selección natural darwinista. Sermonti llega a decir: «El darwinismo es una verdadera falsificación científica. (...) Es una falta de honradez».
El famoso científico contemporáneo Sir Fred Hoyle, en su libro El Universo inteligente ha escrito: «La teoría darwinista es errónea».
El periódico italiano Corriere della Sera del 25 de Agosto de 1992 da cuenta de una intervención del especialista británico Richard Milton en el Congreso de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia en la que afirmó: «el mito del darvinismo ha quedado hecho pedazos».
Michael Danton, Director del Centro de Investigaciones en Genética Humana de Sidney (Australia), opina que Darwin estaba equivocado.
Pierre Paul Grassé, Miembro de la Academia Francesa y considerado como el primer zoólogo del mundo, dice que el darwinismo encierra importantes falacias, y advierte: «Hay que hacer reflexionar a los biólogos sobre la ligereza de las interpretaciones y extrapolaciones que los doctrinarios presentan como verdades demostradas».
«Sin duda alguna es imposible para cualquier ser vivo haberse cambiado en cualquier otro distinto de su propia especie. (...) Y esto, no por la Biblia. (...) Los problemas se originan todos desde dentro: desde la Física, la Química, las matemáticas, la anatomía, la fisiología, etc.».
«Parece que ha llegado ya el tiempo del rechazo final de una hipótesis que debe ir a parar al cubo de la basura de la Historia».
Recientemente el célebre biólogo y matemático Jorge Salet en su libro Azar y certeza, demuestra matemáticamente la imposibilidad de una evolución progresiva. Afirma que desde el origen de la vida, QUE SE CALCULA OCURRIÓ hace tres mil millones de años, no ha habido tiempo para que la primera célula viva evolucione hasta el hombre, pues el número de probabilidades es del orden de diez elevado a menos cien (10-1oo). Es decir una probabilidad tan mínima, que para los científicos es prácticamente imposible.
Lo mismo afirmó Murray Eden en el Simposio que tuvo lugar en 1966 en el afamado Instituto Wistar de Philadelphia.
6,17. Se presenta el problema de si fue una sola pareja o fueron muchas las que Dios transformó en hombres. La primera teoría se llama monogenismo. La segunda, poligenismo.
La teología del pecado original se ha expresado siempre bajo la concepción monogenista del origen del hombre.
Actualmente los teólogos han realizado serios intentos para buscar una explicación del pecado original en la hipótesis del poligenismo, pero no han llegado a una solución plenamente satisfactoria.
Con todo, el monogenismo no puede ser considerado como una doctrina revelada o infaliblemente enseñada por la Iglesia; pero es una doctrina considerada por buenos teólogos como próxima a la fe.
Karl Rahner dice que el poligenismo no es incompatible con el dogma del pecado original.
De hecho Pablo VI, en su discurso al Simposium de teólogos católicos sobre el pecado original, no ha cerrado totalmente las puertas a la visión poligenista de la humanidad, con tal de que se salven los elementos esenciales del dogma católico del pecado original.
El Sumo Pontífice Pío XII dice a este propósito: «mas cuando se trata de otra hipótesis, la del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad. Porque los fieles no pueden abrazar la sentencia de los que afirman: o que después de Adán existieron en la Tierra verdaderos hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por generación natural, o que Adán significa una especie de muchedumbre de primeros padres. No se ve por modo alguno cómo puede esta sentencia conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y transmitido a todos por generación».
Pío XII no dice que el poligenismo no pueda conciliarse con la fe, sino que «no se ve cómo pueda conciliarse». Deja abierta la posibilidad de una conciliación.
La hipótesis del monogenismo tiene una confirmación científica, pues según el profesor Francisco Grande Covián, la información genética del DNA mitocondrial confirma que toda la humanidad viene de la misma madre.
Lo mismo ha afirmado el P. Ángel Serra, S.I. Catedrático de Genética Humana en la Universidad de Roma.
Un grupo de genetistas de la Universidad de Berkeley encabezado por A.C.Wilson, estudiando el DNA mitocondrial sugiere el origen monogenético de la humanidad. «Todos los hijos, machos o hembras, tienen mitocondrias exactamente iguales a las de la madre». Las mitocondrias son estructuras celulares situadas en el citoplasma que rodea al núcleo.
«Luigi Luca Cavalli-Sforza, Profesor de Genética en la Universidad de Stanford, y responsable del Proyecto Genoma Humano, programa científico internacional que se propone catalogar el ADN de todas las etnias de todos los continentes, dice: “En la actualidad muchos biólogos creen que la vida en la Tierra tiene un origen único”».
Es curioso que Joseph Harold Greenberg, lingüista norteamericano de la Universidad de Stanford, afirma, como resultado de sus investigaciones, que todas las lenguas de la Tierra tienen un origen común. Lo mismo afirma Merrit Ruhlen, otro lingüista norteamericano en su libro The mother tongue: La madre de todas las lenguas.
7. El hombre se diferencia del animal en que tiene un alma inteligente.
7,1. Dice el Concilio Vaticano I: «Desde el principio del tiempo creó Dios de la nada la criatura espiritual y corporal, esto es, la angélica y la mundana, y luego la humana constituida de espíritu y cuerpo».
«El alma humana fue creada por Dios directamente de la nada».
Dice la Biblia que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. «Al hombre se le llama imagen de Dios por razón de su espíritu».
«El hombre vive por su alma». El alma vivifica al cuerpo. El alma es la fuente de la vida del hombre. El alma es el principio vital del hombre. Esto pertenece al depósito de la fe. Ha sido definido expresamente por la Iglesia.
La existencia del alma es una cosa tan clara que no se puede dudar de ella en sana Filosofía. «Cada vez es mayor el número de científicos que, en el tratamiento de la realidad existencial del alma humana, se alejan del dogma materialista que prohíbe terminantemente el hablar siquiera de ella, bajo el pretexto de que está demostrado “científicamente” su no existencia».
El alma es «el principio espiritual del hombre». El alma es la parte espiritual del hombre que sobrevive al cuerpo, y es la sede de las operaciones espirituales como, por ejemplo, el raciocinio.
Que la dualidad alma-cuerpo sea de origen platónico no excluye que también sea doctrina revelada. San Pablo desglosa el ser humano en los
elementos que lo componen. La psijé (alma) aparece como distinta del cuerpo (soma) 11.
Es de advertir que la palabras hebreas «basar» (carne) y «nefesh» (alma) expresan dos aspectos de la misma persona humana en su conjunto. Y es que en el hebreo bíblico no se pueden buscar términos filosóficos propios de una antropología posterior.
«El alma es parte de un todo que muestra su composición dual por la diversidad de funciones con mutuas influencias, pero con resultados inconfundibles y propios de cada parte (...). Es una realidad no material responsable de la actividad consciente y libre del hombre»
«Karl Popper, una de las primeras figuras de la moderna Filosofía de la Ciencia, que estuvo enrolado en movimientos marxistas hasta que llegó al convencimiento de que el marxismo era una doctrina pseudocientífica y antihumana, afirma que el lenguaje humano implica una capacidad de razonar que debe ser considerada superior al conocimiento de los animales.
»Y John Eccles, Premio Nobel de Medicina, por sus investigaciones acerca del cerebro, comparte con Popper el rechazo del materialismo y admite la existencia en el hombre de un alma espiritual».
«Personalmente me veo forzado a creer que existe algo que podríamos llamar el origen sobrenatural de mi irrepetible autoconsciente, o de mi irrepetible individualidad o alma». «Tenemos que reconocer que el Yo es el efecto de una creación sobrenatural, de eso que en el sentido religioso se llama alma».
«El alma es la “forma”, la estructura óntica del hombre. Aquello que le hace ser, precisamente, hombre. Es algo real; es decir, como indica la definición de real: existencia efectiva y verdadera».
Llamamos alma al principio vital. Por eso, en absoluto, se podría hablar de alma vegetativa en las plantas, de alma sensitiva en los animales y de alma racional en el hombre. Pero la costumbre ha reducido el nombre de «alma» al principio vital del hombre, que es intelectual, espiritual e inmortal.
«El concepto de alma es irrenunciable para toda antropología humanista desde el momento en que se convenga en designar con dicho concepto la diferencia cualitativa, entitativa, que destaca al hombre de cualquier otra realidad mundana».
Yo me siento la misma persona que cuando era niño. Sin embargo, los elementos materiales de mi cuerpo han variado y se han transformado.
Es cosa sabida que las células del cuerpo humano se regeneran periódicamente. Incluso las neuronas que antes se creía que no se regeneraban, pero recientes investigaciones han demostrado que también se regeneran.
Así lo afirma la prestigiosa revista del Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos, y el Profesor de Neurología del Johns Hopkins Hospital Dr. Douglas Kerr.
Es decir, que a los cincuenta años no tengo nada de la materia del cuerpo que tenía a los veinte. Sin embargo mi YO ha permanecido. Yo me siento la misma persona. Hay algo en mí que da continuidad a mi ser. Es el alma. El alma me da conciencia de mi «yo». Por ella pienso y quiero con libre albedrío.
Dice Julián Marías: «El alma es lo que designa la persona. No es lo mismo quién soy yo que la materia que constituye mi cuerpo mortal».
«Parece que algunos no se atreven ya a hablar del alma. Algunos sacerdotes evitan la respetable fórmula del catecismo como si nos encontráramos ante un elemento de la filosofía griega, extraño a la revelación; ante una descomposición de la realidad humana, de hecho indivisible...
Evidentemente toda una parte de la enseñanza de la Iglesia se encuentra de este modo comprometida, y se desvanecen varios aspectos esenciales de la fe a falta de la idea de alma que les daba consistencia y expresión...
La existencia del alma, principio espiritual, inaccesible a toda corrupción, forma parte de la doctrina de la fe».
El hecho de que la dualidad alma-cuerpo responda a una mentalidad griega no significa que no pueda responder también a la verdad revelada. «No puede suponerse que sólo las categorías semíticas sean instrumento apto para la revelación de Dios. Dios ha hablado en la Sagrada Escritura “muchas veces y de muchas maneras”. Si en un libro de la Sagrada Escritura se encontrara el mensaje de Dios expresado en categorías helénicas, este libro no tendría, por ello, menor autoridad que los libros que la expresan en categorías semíticas».
Por otra parte, «este esquema cuerpo-alma como realidades que constituyen al hombre, pero que son separables entre sí, se encuentra en las palabras de Jesucristo: No tengáis miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Aquí se da una respuesta clara»
Dice el teólogo alemán Ratzinger, Prefecto de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe: «Me parece que ya es tiempo de llegar a una rehabilitación en la teología de los tabuizados conceptos de “inmortalidad” y “alma”. Ciertamente no están faltos de problemática..., pero arrojarlos a la vía, es ingenuo».
Como dice Malebranche «el hombre tiene un cuerpo, pero no es un cuerpo». El sujeto que posee es diferente a la cosa poseída. El hombre es algo más que su cuerpo. «Es el espíritu el que nos hace personas. Sin él no seríamos más que materia. Seríamos puros animales».
Uno de los hombres más eminentes de la ciencia británica contemporánea es Sir Francis Walshe, dice: «Creo que tenemos que volver al antiguo concepto de alma espiritual: esa parte integral de la naturaleza del hombre que es algo inmaterial, incorpóreo, sin la cual no se es persona humana».
Y C. S. Lewis, Profesor de la Universidad de Oxford, dice: «La naturaleza es absolutamente incapaz de producir el pensamiento... Ese elemento sobrenatural en el hombre, demuestra que existe algo más por encima y más allá de la Naturaleza».
El neurólogo australiano John C. Eccles, Premio Nobel, dice: «Los fenómenos mentales trascienden claramente los fenómenos de la Fisiología y la Bioquímica»
El 17 de mayo de 1979, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó una carta en la que se reafirman datos esenciales de la fe católica sobre el más allá. El Papa Juan Pablo II aprobó previamente el texto de la carta que tiene así el valor de magisterio auténtico papal. Allí se dice textualmente: «La Iglesia afirma que un elemento espiritual sobrevive después de la muerte. Un elemento dotado de conciencia y voluntad, de suerte que el mismo “ser humano” subsiste. Para designar este elemento la Iglesia usa la palabra “alma”, término usado en el lenguaje de la Biblia y la Tradición. Y aunque este vocablo tiene varios significados en la Biblia, la Iglesia piensa que no hay razones válidas para prescindir de esta palabra. Por otra parte, la Iglesia considera que es absolutamente indispensable el uso de alguna palabra para transmitir el dato de la fe de una supervivencia entre la muerte y la resurrección final».
G. Deutzenberg ha demostrado que la palabra griega psigé tiene que ser traducida por «alma», y no por «vida».
Finalmente dice San Pablo que el hombre está compuesto de cuerpo y alma.
7,2. El alma no se ve. Pero hay cosas que existen aunque no se vean ni se sientan, como la presión atmosférica.
Dicen que un cosmonauta ateo hablaba con un neurocirujano católico. El ateo le dijo: - Me he paseado entre las estrellas y allí no me he encontrado con Dios. El católico le contestó: - Y yo he operado muchos cerebros y nunca me he encontrado un pensamiento.
El alma no se ve porque es espíritu, y no todo se ve con los ojos de la cara. Tampoco se ve el espacio y el tiempo, sino que sólo se pueden ver las cosas que ocupan el espacio, y las cosas que cambian con el tiempo. Pero podemos conocer la existencia del alma por sus actos. Para saber si por un cable pasa la corriente eléctrica, intercalas una bombilla. Si se enciende, entonces conoces, por los efectos luminosos, la existencia de la corriente; pero tú no has visto la corriente. Y si tocas ese cable, te da un calambrazo, aunque no veas la corriente. Si detrás de una tapia ves una columna de humo, sabes que allí hay fuego; tú no ves el fuego, pero lo conoces por su efecto: el humo. Al ver un río pienso en la existencia de un manantial sin verlo. Rutherford y Bohr conocieron el átomo sin verlo, por los datos obtenidos. La existencia del alma la conocemos por sus efectos. El alma humana es la base de la vida y de la inteligencia. Si no tuviéramos alma inteligente, no habría cultura, ni ciencia, ni artes, ni técnica, ni aviones, ni ferrocarriles, ni radio, ni televisión, etc. El alma es lo que más vale de la persona humana. El valor material del cuerpo humano no llega a veinticinco pesetas.
7,3. El alma, para pensar, se sirve del cerebro como de un instrumento; pero el cerebro sin alma que lo vivifique, no hace nada; está muerto. Es una bombilla sin corriente. Si el cerebro piensa, es por el alma. La diferencia entre el cerebro de un muerto y el de un vivo es que uno tiene alma y el otro no.
El buril que graba en la piedra una sentencia filosófica es un instrumento necesario, pero no es la causa de la sabiduría de la sentencia.
El cerebro es condición para el raciocinio. La condición es necesaria, aunque no sea causa. Como la ventana es condición necesaria para que la luz del Sol entre en la habitación. Pero la causa de la luz no es la ventana sino el Sol. La causa del raciocinio es el alma. El cerebro es tan sólo la condición, el instrumento.
Después de un concierto se felicita al violinista, no al violín; aunque el violinista haya necesitado el violín.
El cuadro de las lanzas de Velázquez no se debe al pincel. Se debe al artista, al pintor, a Velázquez. Es verdad que Velázquez con una escoba no lo hubiera pintado. Velázquez necesitó el instrumento del pincel. Pero el autor del cuadro no es el pincel, sino el artista. El cerebro es instrumento del alma. Por eso el cerebro para pensar necesita del artista, el alma. Y si el cerebro está lesionado, el alma no funciona bien. El alma y el cerebro se influyen mutuamente.
Wilder Penfield de la Universidad de Montreal, que se dedicó toda su vida, como neurólogo y neurocirujano, al estudio de la persona y del cerebro humano, dice: «El cerebro se parece mucho a un ordenador. Sin embargo, la mente, el espíritu, es algo independiente del cerebro. La mente no es un producto del cerebro. La mente no es algo físico. Depende del cerebro pero no es el cerebro, no es algo fisiológico. Ningún científico ha logrado demostrar que la mente tiene explicación material».
«El espíritu, inteligencia o mente, no es una producción material».
«No está decidido, ni filosófica ni científicamente, que la mente sea el cerebro. Filósofos como Popper, y entre nosotros Zubiri, y neurólogos
tan altamente cualificados como Eccles, Penfield,Sperry y otros, se oponen firmemente a la reducción de la una al otro».
«Si es cierto que el cerebro puede ser comparado a una máquina provista de todos los dispositivos electrónicos más perfectos y los conmutadores mejor ajustados, es necesario, sin embargo, que le añadamos un operador: el alma».
En la corteza cerebral hay treinta mil millones de células nerviosas. Querer comprender la mente humana estudiando sólo el cerebro, es como pretender entender un programa de televisión estudiando sólo los transistores y los circuitos integrados del interior del televisor. El programa de televisión supone muchas horas de pensar de técnicos, programadores, realizadores, etc.
Hoy se habla de la, mal llamada, «inteligencia artificial» de los ordenadores, hasta el punto de que Minsky ha dicho que «el cerebro es una máquina de carne».
«Sólo se le puede llamar de ese modo por un parecido con alguna de las funciones razonadoras de quien sí es inteligente. Con su ayuda, la inteligencia puede ejecutar razonamientos en tiempos imposibles para el ser humano por sí solo. La inteligencia artificial, más que inteligencia, es instrumento de la inteligencia. (...) Lo de las computadoras no es inteligencia, porque no van más allá de lo que se les programa. No tienen realmente capacidad de analizar, sino sólo de comparar lo que se les entrega como dato o situación con modelos que también se les han dado para que ejecuten, o no, una operación u otra, según las instrucciones también definidas previamente».
La máquina puede calcular mejor que el hombre, pero es incapaz de sentimientos, y de reproducirse.
Una computadora electrónica puede diagnosticar una enfermedad e incluso programar un tratamiento, pero no puede captar factores psicológicos del enfermo, como el temor, la ansiedad, la frustración, etc., que el médico puede captar y tener en cuenta. El ordenador no siente cariño, ni alegría, ni remordimientos. El ordenador archiva datos, pero no tiene conciencia ni iniciativa. Un magnetófono graba lo que se le dice, pero es indiferente a lo que se le diga. Lo mismo se queda si se le cuenta un chiste que si se le insulta. La persona humana, no.
«Los procesos psíquicos no poseen ninguna de las propiedades que observamos en la materia... Por otra parte, la materia no presenta ninguna de las propiedades de lo psíquico... El hombre aúna ambas clases de procesos: su cuerpo se compone de materia, y su vivencia consciente es de naturaleza inmaterial, psíquica».
El célebre investigador cerebral del Hospital «Ramón y Cajal» de Madrid, el Dr. Rodríguez Delgado, Director del Centro de Estudios Neurobiológicos, Académico de la Real Academia de Doctores, dijo por Radio Nacional de España, el lunes 12 de marzo de 1984, a las 11:30 de la mañana, entrevistado por Silvia Arlet, que el cerebro y el alma son dos cosas distintas. El cerebro se palpa, se pesa, se mide; y el alma no. Hay que distinguir entre las funciones cerebrales y el cerebro. La memoria, -dijo el Dr. Rodríguez Delgado- está en el cerebro pero no es el cerebro. «El cerebro y el alma son cosas distintas», dijo este eminente investigador del cerebro.
«La mente ostenta unas propiedades y unas facultades funcionales que rebasan lo puramente biológico y fisiológico, y con mayor razón lo físico». Reducir el pensamiento al cerebro material es como en un cuadro de Goya examinar el lienzo y los colores yuxtapuestos, pero desconocer el arte, que es de orden espiritual. Lo mismo que un libro es algo más que papel y tinta. Lo importante son las ideas que transmite. Y esto es espiritual.
Recientemente se ha descubierto la antimateria, pero ésta no debe confundirse con el espíritu. La antimateria es materia de signo contrario: electrón positivo y protón negativo. Los actos espirituales están en otro plano.
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