7. El procedimiento judicial
7. El procedimiento judicial
Las colecciones legislativas nos dicen poco sobre el procedimiento seguido en los juicios. Con todo, se puede reconstruir el desarrollo de un proceso reuniendo las diversas alusiones contenidas en los libros históricos y utilizando los pasajes en los que las querellas entre Dios y los hombres se presentan en forma de proceso, como en Job y en la segunda parte de Isaías.
Los juicios se hacían en público, a la puerta de la ciudad, Dt 21:19; Am5:10, en un lugar santo o en un santuario, Éx21:6; Ex22:7; Jue 4:5; 1Sam7:16; Jer26:10. El rey deliberaba sobre las causas en el pórtico del juicio, 1Re7:7, que estaba abierto a todos. En general, el proceso, rib, era solicitado por una persona particular que se constituía en parte querellante, Dt 25:7-8; Job9:19; Job13:18; Job23:4; Prov25:8; Jer49:19; cf. Mt5:25. En ciertas causas religiosas, idolatría, Dt17:2-5, blasfemia contra Dios o contra el rey, 1Re21:10 s, el tribunal se encargaba del asunto después de hecha la denuncia.
Durante los debates, el juez estaba sentado, Is16:5; Dn7:9-10; Dn13:50; cf. Job29:7. Se levantaba para pronunciar la sentencia, Is 3:13; Sal76:10. Las partes interesadas estaban de pie, Is 50:8 (literalmente: «Estamos todos de pie»); cf. Is41:1, El acto de «comparecer» se denominaba «estar en pie delante del juez», Dt19:17. El acusador es el «adversario», satan; se coloca a la derecha del acusado, Sal 109:6; Zac3:1. El defensor se coloca igualmente a la derecha, Sal109:31; cf. Sal16:8; Sal142:5, siendo más bien un testigo de descargo que un abogado propiamente dicho, no existiendo en hebreo una palabra para designar este cargo. No hay tampoco un ministerio público: cada parte interesada apoya o defiende su propia causa.
La acusación era presentada oralmente en la mayor parte de los casos. Con todo, en Job 31:35 b-Job31:36 se indica que podía hacerse también por escrito, cf. Is65:6; Dn7:10. Al acusado se le escuchaba, Dt 17:4; Job13:22;Is 41:21; cf. Jn 7:51,Job31:35a no prueba que presentase o pudiese presentar una defensa por escrito. Se instituía una indagación sobre el caso, Dt13:15; Dt17:4; Dt19:18.
Ambas partes presentaban sus testigos. Había testigos de cargo, como los denunciadores de 1Re21:10-13, como las colinas y montañas que Yahveh convoca en el proceso que establece contra su pueblo, Miq6:1, y testigos de descargo, Prov14:25; Is43:9-10.Is43:12; Jer26:17. Las funciones de cada uno no estaban bien definidas. El acusador hacía de testigo, 1Re 21:10-13; Miq1:2, y, en el proceso ante los ancianos, éstos podían ser a la vez testigos y jueces. Asi se puede entender en uno u otro sentido Is5:3; Miq6:1. La ley exigía al menos dos testigos de cargo para una condenación a muerte, Núm35:30; Dt17:6; cf. 1Re21:10; Dn13:34; Mt26:59-60; Heb10:28, e incluso para cualquier otra causa, según Dt19:15; cf.Is8:2. Dichos testigos asumían la responsabilidad de la sentencia y por lo mismo debían arrojar las primeras piedras cuando se trataba de lapidación, Dt17:7; cf. Jn8:7. Con todo, su testimonio debía ser verificado por los jueces, y los falsos testigos eran castigados con la pena que hubiera recaído sobre el acusado, Dt 19:18-19; cf. Dn13:62. Tal perspectiva no fue suficiente para impedir las injusticias, Sal 27:12; Sal35:11; Prov6:19; Pr12:17, etc., cf. el proceso de Nabot, 1Re21:10 s, de Susana, Dn13:28 s, de Jesús, Mt26:59 s, de Esteban, Hch6:1 ls. Según el historiador Josefo, las mujeres y los esclavos no se podían presentar como testigo: si dicha regla es antigua, el uso de Israel era distinto del de Mesopotamia.
Se aducían ante el juez pruebas de hecho: el pastor acusado de la pérdida de una bestia llevará los restos del animal despedazado por la fiera, Éx 22:12; cf. Gén31:39; Am3:12. La mujer acusada por el marido de no ser virgen en el momento del matrimonio, presentará la ropa de la noche de bodas, que conserva el testimonio de su virginidad, Dt22:13-17. Tamar, acusada ante Judá, le hizo reconocer el sello, el cordón y el bastón que había recibido de él, Gén 38:25. Considerado todo, el tribunal «declaraba culpable» o «declaraba justo, inocente», es decir, condenaba o absolvía, Éx22:8; Dt25:1;1Re8:32; Prov 17:15. Sin embargo, la función del juez no es tanto imponer una pena como resolver un litigio haciendo respetar la justicia. Es más bien un defensor del derecho, Am5:10, que un castigador del crimen. Es un árbitro equitativo, Job 9:33.
8. El juicio de Dios
Cuando la indagación no concluía en nada claro o el acusado no podía aducir testigos de descargo, se interponía el juramento. En el código de la alianza, Éx 22:6-10, se agrupan varios casos: cuando un objeto confiado a otro fuere robado y no se encuentre al ladrón, el depositario comparecerá ante Elohím para testificar que no puso su mano en la propiedad de su prójimo; si un altercado se produce con motivo de un objeto perdido, la causa será llevada ante Elohím, que designará al culpable; cuando una bestia confiada al cuidado de alguno muriere o se estropease o fuese robada sin que haya testigos, el juramento ante Yahveh decide si el guardián es culpable o no. Este último caso prevé claramente un juramento judicial, y en este sentido se deben interpretar los otros dos casos precedentes, dando a «Elohím» su sentido constante de «Dios» y no el sentido de «jueces», como io hacen algunas versiones antiguas y muchos exegetas modernos, o de «ídolos domésticos» terafim, como se ha propuesto recientemente. Se podría aducir otro medio religioso de prueba, donde el juramento se sobreentiende. Cuando se cometía un asesinato por un desconocido en el campo, los ancianos de la ciudad más cercana desnucaban una ternera cerca de un arroyo de agua corriente y se lavaban las manos sobre el animal, mientras decían: «Nuestras manos no han derramado esa sangre, ni nuestros ojos lo han visto.» Así se ponían a cubierto de la venganza de la sangre, Dt 21:1-8.
El juramento judicial por los dioses o por el rey se practicaba también en Babilonia, en Asiría, en Nuzu, en la colonia judía de Elefantina, especialmente cuando estaba en causa un derecho de propiedad, como en los casos citados en el código de la alianza. Y también, como en Israel, dicho juramento ponía fin al proceso. Rechazar el juramento, era lo mismo que reconocerse culpable: se temía, al perjurar, ser alcanzado por la maldición que acompañaba al juramento. A una tal negativa alude Ecl 9:2 al hablar del «que hace juramento» y del «que teme hacer juramento». Se trataba, pues, de un juramento imprecatorio, como el de Núm 5:21.
El juramento en sí mismo es ya ordalías, juicio de Dios, cf. 1Re 8:31. En Núm5:11-31, el juramento representa el acto de un ritual más completo. El marido que tiene sospechas de la mala conducta de su mujer la presenta al sacerdote. Éste derrama polvo del santuario sobre un vaso de agua, exige el juramento a la mujer y disuelve en el agua el escrito que contiene la maldición, después hace beber esta mezcla a la mujer. Si es culpable, el agua se convertirá en agua de amargura y maldición, haciéndola estéril para siempre y escarnio para todos. Nótese que no se trata aquí del desarrollo de un proceso propiamente dicho. El sacerdote actúa no en cualidad de juez, sino como ministro de un rito. Se puede relacionar con esto la conclusión de la historia del becerro de oro, en Éx 32:20: el ídolo se reduce a polvo fino, que los israelitas deben tragar juntamente con el agua; la conclusión la encontramos en el v. Ex32:35: «Y Yahveh castigó al pueblo.» El relato de la matanza realizada por los levitas, v.25s, procedería de otra tradición.
La prueba de las aguas amargas no tiene analogías en el Oriente antiguo. Por el contrario, en Israel, no se conocían las ordalías judiciales de las aguas del río, al que se arrojaba al acusado. Dichas ordalías se practicaban en Babilonia, Asiría, Elam, Nuzu, al este del Tigris, y en Mari y Carquemís, sobre las orillas del Eufrates. Si esta costumbre no se encuentra en Palestina, podría ser debido a que, fuera del Jordán, no hay río donde haya peligro de ahogarse.
Otra forma de juicio de Dios es el sorteo: «La suerte pone fin a los litigios y decide entre los fuertes», Prov 18:18. Sirve para descubrir al culpable en medio de un grupo. Véanse los casos de Akán, Jos 7:14-15, Jonatán, 1Sam 14:38-42. En este último caso, es preciso utilizar las suertes sagradas, el urím y el tummím, cuyo manejo exigía la presencia de un sacerdote. El pectoral del sumo sacerdote, que contiene las suertes, es llamado por este motivo el «pectoral del juicio», Éx 28:15; Aarón lleva sobre su pecho «el juicio de los hijos de Israel», Éx 28:30. Nótese también aquí que el proceso es extrajudicial y que el sacerdote desempeña simplemente la función de ministro del oráculo divino.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.