5. El rey salvador
5. El rey salvador
De hecho, el rey es un salvador. Entre los primitivos es idea común que el rey encarna el bien de sus súbditos; la prosperidad del país depende de él, él procura la salud de su pueblo. Es también una idea oriental. En Egipto, para citar sólo dos textos, un himno llamado de Senusrit ni : «Ha venido a nosotros, ha hecho vivir al pueblo de Egipto, ha destruido sus aflicciones, etc.» Otro himno describe así el reinado de Ramsés IV:
Los que habían huido, vuelven a sus ciudades , los que se habían escondido se muestran de nuevo:
los que tenían hambre son saciados ; los que tenían sed, reciben de beber los que estaban desnudos , son vestidos , los andrajosos reciben hermosos vestidos ;
los que estaban en prisión son liberados, os que vivían en cadenas , rebosan de alegría , etc
En Mesopotamia, Asurbanipal dice: «Desde que Asur, Sin, etcétera, me elevaron al trono, Adad hizo caer sus lluvias, Ea abrió sus fuentes, el trigo creció cinco codos en sus espigas, la cosecha de la tierra fue abundante, etc.» El sacerdote Adad-sum-usur escribe al mismo rey: «Samas y Adad... han establecido para el rey mi señor... un buen gobierno, días de justicia, años de derecho, lluvias abundantes, crecidas imponentes, un buen comercio; los que habían estado muchos días enfermos, recobran la salud. Los hambrientos se ven saciados, los flacos engordan... Las mujeres dan a luz; llenas de gozo dicen a sus niños: el rey nuestro señor te ha hecho vivir.»
No tiene, pues, nada de extraño hallar semejantes amplificaciones en Israel. Así en el Salmo 72.
Con justicia juzgará al pueblo sencillo
salvará a los hijos de los pobres,
aplastará a sus verdugos.
Descenderá como la lluvia sobre el regadío
como la llovizna que humedece la tierra.
En sus días la justicia florecerá
y gran paz hasta el fin de las lunas.
Libertará al pobre que llama
y al pequeño que no tiene ayuda,
compasivo con el débil y el pobre
salvará el alma de los pobres.
¡Profusión de trigo sobre la tierra
hasta la cima de las montañas!
¡Abundancia como en el Líbano al despertar su fruto!
¡Floración como hierba de la tierra!
6. LA adopción divina
Autores recientes van todavía más lejos y hablan del carácter divino del rey de Israel, de una realeza divina, de una divinización del rey. También en este particular invocan los paralelos orientales, pero éstos no tienen la misma fuerza probativa. Resulta bastante claro que el faraón era considerado como un dios: se le llama sencillamente «el dios» o «el dios bueno», es hijo de Ra, el dios creador, durante su vida es una encarnación de Horus y después de su muerte se le equipara a Osiris. Este carácter divino se expresa en los títulos reales, en el arte que representa al faraón con atributos divinos y una estatura sobrehumana, en la literatura religiosa y en los ritos de la coronación.
En Mesopotamia se reconoció esporádicamente al rey carácter divino en las épocas más antiguas, pero éste resalta mucho menos entre los babilonios y los asirios. Pese a la ficción de una filiación divina, pese a cierto poder sobrenatural atribuido al rey, éste no es sino un hombre en medio de los hombres. Es una concepción muy diferente de la de Egipto. Entre los hititas, el rey era divinizado después de su muerte, pero en vida no se lo reconocía como «dios».
La restringida documentación procedente de Siria y de Palestina, fuera de Israel, no permite deducir una divinización de los reyes. Cuando en las cartas de Amarna los reyes vasallos llaman al faraón «mi (dios) Sol» o «mi dios», se adaptan a la fraseología egipcia, sin expresar por ello necesariamente una noción indígena. Las inscripciones arameas parecen excluir el carácter divino del rey al presentarlo como netamente subordinado al dios. En cuanto a Ras Samra, los textos históricos y rituales no dicen nada de una divinización del rey, y los poemas mitológicos sólo la atestiguan si se recurre a una interpretación violenta.
No es, pues, exacto que la idea del rey dios fuese patrimonio común de todos los pueblos del próximo Oriente antiguo. En cuanto a Israel, los argumentos que se aducen son sumamente frágiles. Es exacto que el rey ungido estaba en relación especial con Yahveh.⁵ David lo conoce todo «como el ángel de Dios», su sabiduría es la del «ángel de Dios», 2Sam 14:17.2Sa1:20, pero esta misma adulación excluye la asimilación, cf. 1Sam 29:9. La idea de un culto real, en el que el rey ocuparía el lugar de Dios en ciertas fiestas, sólo se basa en conjeturas. Se invoca también el Salmo45:7, traduciéndolo: «Tu trono, ¡oh Elohím!, para siempre jamás.» También se han propuesto otras interpretaciones posibles: «trono divino», «trono como el de Dios»; pero si el texto llama al rey «Elohím», no hay que olvidar que el término «Elohím» se aplica no solamente a Dios, sino también a seres de poder o de naturaleza sobrehumanos, los miembros de la corte celestial, Job1:6; Sal29:1; Sal89:7, el espectro de Samuel, 1Sam 28:13, y aun a hombres excepcionales, a los príncipes y a los jueces, Sal 58:2; Sal82:1.Sal82:6. Según la concepción israelita, el rey no es un hombre como los otros, pero no es tampoco un dios, cf. 2Re 5:7 y Ez 28:2.Ez28:9
Todavía queda la afirmación de la filiación divina en Sal 2:7 y Sal 110:3 (griego). Pero la mejor manera de comprender la palabra de Yahveh en Sal 2:7: «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado», es tomarla como fórmula de adopción. En el código de Hamurabi, el adoptante decía al que iba a ser adoptado: «Tú eres mi hijo», y si el adoptado quería romper el vínculo creado de esta manera decía: «Tú no eres mi padre», o «Tú no eres mi madre». Semejantes fórmulas declarativas servían en Israel para concluir los esponsales: «Hoy, tú serás mi yerno», 1Sam 18:21, el matrimonio: «Desde ahora tú eres su hermano y ella es tu hermana», ,Tob 7:11 el divorcio: «Ya no es mi mujer», Os 2:4. Análogamente, en el Sal2:7, Yahveh habría declarado que en este día de la consagración, «hoy», reconocía al rey por su hijo, lo adoptaba. Con ello nos vemos trasladados a la profecía de Natán: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo», 2Sam 7:14. De nada sirve objetar que este texto habla de toda la dinastía davídica, pues esta adopción debía evidentemente hacerse efectiva en cada soberano; en este sentido 1Cr22:10;1Cr28:6 aplica el texto a Salomón.
El rey es, pues, adoptado por Yahveh, lo cual no quiere en modo alguno decir que quede igualado con Él, que quede divinizado. Sal 89:27 hace la distinción necesaria comentando la profecía de Natán: «Me llamará: Tú, mi Padre, mi Dios, la Roca de mi salud.» En verdad, la religión de Israel con su fe en Yahveh, Dios personal, único y trascendente, hacía imposible toda divinización del rey. Y tampoco vale objetar que esto representa solamente la religión oficial, pues, si la religión popular o la ideología real hubiesen admitido este carácter divino del rey, se hallarían vestigios de ello en los profetas, que no se muestran nada blandos con los reyes infieles. Muchas cosas les reprochan, pero nunca la pretensión de divinidad. Israel no tuvo nunca, ni podía tener, la noción de un rey que fuese un dios.
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