2. Las fortificaciones
2. Las fortificaciones
Las indicaciones de la Biblia se pueden completar con las que suministra la arqueología acerca de los planos y el modo de construcción de las obras de defensa. Aparte el hecho de volver a utilizar las viejas fortificaciones cananeas, se distinguen dos tipos de fortificaciones israelitas: la muralla con casamatas y la muralla en estrella.
Una muralla con casamatas es una muralla a la que se adosan, alineados, cuartos ciegos que se llenaban de tierra o de cascajo, o que servían de depósitos. Su objeto era ensanchar la muralla y darle, por tanto, más resistencia economizando la construcción, como también proporcionar lós almacenes necesarios a toda ciudad con guarnición. Se han descubierto hermosos ejemplos de este tipo en tell beit-mirsim, la antigua Debir, y en Bet Semés, que datan del reinado de David o de Salomón, en tell qasîleh, cerca de Jafa, que se remontan a la primera ocupación israelita, probablemente bajo Salomón, en Hasor y en Guézer, de la época de Salomón. Este género de fortificación parece ser originario del Asia Menor; en efecto, está atestiguado en los siglos XIV-XIII a.C. en Boghazkói y en Mersín, y un poco más tarde en las fortalezas de Senýirli y de Carquemís. En Palestina fue generalmente reemplazado por el tipo de diente de sierra, pero todavía se halla un ejemplo magnífico de muralla con casamatas en Samaría, en el recinto del palacio construido seguramente por Acab en el siglo IX a.C.; otro muro con casamatas ha sido puesto recientemente al descubierto en Ramat-Raquel, exactamente al sur de Jerusalén, y que data de la misma época.
Los arquitectos cananeos, que procuraban seguir la línea de declive de la colina sobre la que estaba construida la ciudad, adoptaban un trazado curvo, o bien multiplicaban los salientes en las partes rectas de sus murallas, obteniendo así una serie de dientes de sierra. Este procedimiento fue adoptado como regla general en ciertas fortificaciones israelitas, aun en casos en que no lo exigía la configuración del terreno. La razón más obvia era la de obtener salientes que facilitasen más la defensa contra enemigos que llegasen al pie de los muros. Pero estos salientes eran, a veces, tan poco pronunciados que apenas aumentaban el campo de tiro, y la principal ventaja de tal procedimiento consistía en obtener una muralla más sólida sin aumentar su espesor: multiplicando los ángulos bien trabados y bien enraizados en el suelo, se protegían mejor contra los arietes y las zapas de los asaltantes. Meguiddó ofrece un buen ejemplo de esto; es probablemente posterior a Salomón: toda la ciudad estaba circundada por una muralla de 3,60 metros de ancho, compuesta de paneles de 6 metros de largo, alternativamente en entrante y en saliente se 50 centímetros. La muralla de tell en-nasbeh (=Mispá) sigue el mismo diseño, aunque con menos regularidad; se puede atribuir al reinado de Asá, cuando fortificó a Mispá, 1Re15:22. Se encuentra un dispositivo análogo en tell ed-duweir (=Lakís). Estas murallas con salientes estaban reforzadas, de trecho en trecho, por torres, de las que en Mispá se han hallado hasta doce. En Guézer, en una muralla del siglo X-IX, los salientes interiores y exteriores no se corresponden, sino que se contraponen, lo que da lugar a un refuerzo de amplias torres a todo lo largo de la muralla. Estas obras de flanqueo, salientes o torres, se llamaban «ángulos», pinnah,2Cr26:15; Sof1:16; Sof3:6.
Tales murallas podían estar protegidas por un glacis que utilizase oportunamente la pendiente de la colina, como en Mispá, o por un antemural en declive, como en Lakís. En contraposición con el hómah, muro, este antemuro es el hél de que hablan Is 26:1; Lam 2:8; Nah 3:8. El texto de 2Sm 20:15-16 es expresivo y no necesita ser corregido: en el sitio de Abel Bet-Maaká se amontona un terraplén que se apoya sobre el antemuro, hêl, y se cavan minas para hacer caer el muro, hómah.
No consta cuál fuera el remate de estas murallas. Conforme a un elemento encontrado en Meguiddó, nos figuramos almenas, lo cual halla cierta confirmación en representaciones asirías, pero es hipotética la relación con las murallas, de este elemento arquitectural de Meguiddó. La palabra šemes pudiera significar «almena» en Is54:12; Sal84:12, pero puede también designar, conforme al sentido ordinario de «sol», resguardos de forma redonda, rodelas que se colocaban en la cima de los muros. Están representadas como coronando las murallas en el bajo relieve asirio de la toma de Lakís, que ilustra también los textos de Ez 27:11: «Colgaban sus escudos todo alrededor de tus murallas», y de Cant4:4: «Tu cuello es como la torre de David... mil rodelas están colgadas de él.»
Todas las fortificaciones israelitas reveladas hasta hoy por las excavaciones fueron erigidas en la primera mitad de la época monárquica, en los siglos XI-IX, siendo difícil caracterizar las murallas del período siguiente. En gran número de ciudades, en las dos capitales y en las ciudades de guarnición, mientras existieron, se cuidaron y repararon las obras de defensa; en otras partes se fueron deteriorando. Entonces se contentaban con la mediocre protección que proporcionaban las fortificaciones medio en ruinas o la fila de casas construidas sobre sus escombros, apretadas las unas contra las otras y ofreciendo así un frente sin interrupción. Sólo se conservaban algunos puntos de resistencia, las puertas, a veces alguna torre o algún baluarte. La mayor parte de las «46 ciudades fortificadas» de Judá, que Senaquerib conquistó el año 701, debían de estar débilmente fortificadas, y la arqueología no justifica más que la historia la confianza que los judíos del siglo octavo tenían puesta en sus «numerosas plazas fuertes», Os 8:14; Jer 5:17.
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