Introducción
Preguntas desafiantes
Cuando en 2012 apareció en el Reino Unido la primera edición de Cómo defender la fe sin levantar la voz, sus primeras palabras resonaron con fuerza en muchos católicos que habían pasado por la experiencia de quedarse paralizados ante los focos.
«Sabemos lo que se siente», venían a decir, «cuando de golpe y porrazo te ves convertido en portavoz de la Iglesia católica». Estás junto a la fotocopiadora, o tomando algo en el bar, y las miradas de todos se centran en ti cuando alguien te pregunta:
—Tú eres católico, ¿verdad? –dice alguien.
—Ehhh, sí –confiesas, mientras miras nervioso hacia lo que parece ahora una horda con intenciones de lincharte.
Por lo visto, la prensa ha publicado que el papa o tu obispo ha dicho algo absolutamente escandaloso. O sale el tema del sida y los preservativos. O la conversación gira alrededor del matrimonio homosexual. Y ahí estás, representando a la Iglesia católica, sin más título que el de haber sido bautizado, y sintiéndote tan preparado para la tarea como el profeta Daniel en la fosa de los leones.
—Vamos –parecen desafiarte–, ¡a ver si te atreves a defender lo indefendible!
Poco después de la publicación del libro, obispos de todo el mundo se reunieron en Roma para participar en el Sínodo sobre la «nueva evangelización»: el desafío de presentar el mensaje cristiano a culturas como las de Europa y Estados Unidos. En esos países, la ideología dominante piensa que lo que la Iglesia cree y defiende no le importa ya a nadie.
En el transcurso de ese Sínodo, Catholic Voices, el proyecto que está en el origen de este libro, fue elogiado como ejemplo de un nuevo enfoque: un método que ayuda a cristianos corrientes a ver esas circunstancias no como una amenaza, sino como una oportunidad preciosísima, y a enfrentarse con seguridad y confianza al desafío que suponen, ya sea en una entrevista con un reportero o sencillamente mientras toman un café con los amigos.
Al igual que el proyecto, el libro transmite un mensaje sencillo: cuando los focos de la controversia se centren en ti, no los apagues ni te escondas. Tómalo como una oportunidad. Cuando la Iglesia sale en las noticias, unos se asombran, otros se indignan y no faltan quienes se escandalizan. En ese momento la gente está interesada: tienes su atención. Aprende a aprovechar el instante.
No busques un escondrijo: prepárate.
Para eso sirve este libro. El método y las orientaciones de Catholic Voices, cuando se aplican a los «temas calientes» –esos puntos en los que la Iglesia y la sociedad contemporánea parecen chocar de frente–, muestran cómo defender la fe sin levantar la voz, y han demostrado ser de gran ayuda para miles de católicos, tanto si llevaban toda una vida yendo a misa como para jóvenes que aún exploran una fe incipiente y alguna vez se han sentido acorralados ante las preguntas de sus compañeros de facultad.
También son útiles para las instituciones de inspiración cristiana (para los colegios católicos, por ejemplo), que buscan maneras cordiales y persuasivas de exponer su postura sobre un sinfín de asuntos; y para las personas y las comunidades de creyentes, que necesitan defender su derecho a existir y a actuar fuera de las paredes del templo, en ambientes sociales que les consideran como reliquias de un pasado remoto felizmente superado.
Desde que Catholic Voices empezó a rodar, muchas cosas siguen igual, pero otras han cambiado notablemente. Algunos temas se han desvanecido mientras otros han despuntado, y las exhaustivas revisiones y actualizaciones reflejan mejor los temas de actualidad. Pero también tiene en cuenta un nuevo factor crucial en la relación entre la Iglesia y la sociedad contemporánea.
Su nombre es Francisco.
El papa Francisco fue elegido en marzo de 2013, tan solo unos meses después de aquel sínodo sobre nueva evangelización, tema que recogió en su exhortación apostólica de noviembre de 2013, La alegría del Evangelio. En ella decía que los tiempos demandaban «nuevos enfoques y argumentos» y «una apologética creativa que alentara una mayor apertura al Evangelio por parte de todos».
Con su extraordinaria capacidad de tocar los corazones y las mentes de tantas personas dentro y fuera de la Iglesia, incluso muy distantes, el papa Francisco es un gran ejemplo de los «nuevos acercamientos» que el Sínodo pedía.
Francisco ha transformado lo que eran modos consolidados en la comunicación papal, y ha introducido nuevas formas de hablar sobre la Iglesia y sus enseñanzas, que en realidad son muy antiguas: la figura del pastor y el misionero a lo largo de los siglos, que hablaban primero a la ansiedad y a las necesidades de las personas, a su dolor y a sus deseos, y transmitían la noticia de que un Dios misericordioso –uno que tiene predilección con los que sufren– quiere sanarles y liberarles. «La proclamación del amor salvador de Dios está antes que los imperativos morales y religiosos», decía el papa Francisco en una entrevista en 2013, para lamentarse a continuación de que, con demasiada frecuencia, en la Iglesia lo entendemos justo al revés.
El Papa ha dado en el clavo de algo importante. Esa es la razón por la que nació Catholic Voices.
La historia de Catholic Voices
Si hablando con algunas personas, que son católicos practicantes, les pides que te hablen sobre su Iglesia y su fe, en general, obtendrás valoraciones muy positivas. De vez en cuando escucharás alguna que otra queja, algún episodio negativo, y quizá algunas reservas sobre esta o aquella enseñanza. Nadie conoce mejor los límites de la Iglesia –en general, y en cada lugar concreto– que los que pertenecen activamente a ella.
Pero los católicos también te dirán que la Iglesia es un lugar de amor y bienvenida, de crecimiento y sanación, de apoyo y enriquecimiento, de sabiduría y gracia, de aceptación incondicional; y que desempeña un papel crucial en la construcción de un mundo más humano y generoso. He aquí un secreto de nuestro tiempo, del que no hablan los periódicos: los católicos aman la Iglesia. Por eso, se sienten frustrados al ver la imagen distorsionada de la Iglesia que aparece en los medios de comunicación: una institución presentada como dogmática, intolerante y arisca, interesada en lo suyo, que impone modos de pensar y de vivir, y que margina a los que piensan de otro modo. En resumen: el imperio del «no», en lugar del «sí».
Esta disparidad entre la percepción de la Iglesia en la sociedad y la realidad familiar de quienes la conocen desde dentro es lo que desencadenó la creación de Catholic Voices, mientras se preparaba la visita del papa Benedicto XVI al Reino Unido en septiembre de 2010.
Creamos a un equipo de oradores, formado por católicos «de a pie» –estudiantes y profesionales, con trabajo, hijos e hipotecas– dispuestos a contar en la radio y en la televisión la realidad de la vida de la Iglesia.
Fuimos a los medios y nos presentamos ante los directores como un equipo «amable con los medios, dispuestos a ponerse ante las cámaras, y sin problemas de ego, encantados de responder a cualquier pregunta». Nos nutríamos de una visión positiva de los medios y del periodismo, estábamos familiarizados con las exigencias de las entrevistas de tres minutos en directo, y listos para defender no nuestros puntos de vista personales, sino los de la mayoría de los fieles católicos.
Éramos «extraoficiales pero autorizados», porque no nos presentábamos como los portavoces de los obispos (éramos voces, no voceros), porque éramos operativamente independientes, pero sí contábamos con su beneplácito. En resumen: gente preparada, que podía ofrecer un análisis razonado y fidedigno. Si querían conocer lo que la Iglesia creía y enseñaba, podían llamarnos. Por muy espinoso o controvertido que fuera el asunto, allí estaríamos, dispuestos a comentar, debatir o discutir sobre prácticamente cualquier noticia relacionada con la fe.
El proyecto tuvo un éxito arrollador, y lo demuestra el hecho sorprendente de que recibimos elogios tanto de los obispos como de los canales de televisión. Participamos en docenas de debates y programas en radio y televisión, incluyendo las principales cadenas del país, y así contribuimos a mejorar la cobertura informativa del viaje papal al Reino Unido, así como la percepción de la Iglesia en los medios británicos.
Desde 2010, hemos formado a varias docenas de oradores, hemos aparecido en cientos de informativos, y hemos orientado e impartido talleres a muchas organizaciones católicas. El proyecto se ha expandido a más de 15 países, y ha desembocado en una serie de nuevos proyectos como cursos de hablar en público, prácticas y talleres. También hemos ayudado en la comunicación y la formación de portavoces del Encuentro Mundial de las Familias Filadelfia 2015, y el resto de las etapas del papa Francisco en Estados Unidos; en el viaje a México en 2016 y en las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid 2011, Río de Janeiro 2013 y Cracovia 2016.
En esencia, el proyecto gira en torno a una idea de una sencillez embarazosa: para que la Iglesia se comunique en el entorno cultural contemporáneo, no basta con hablar para que te escuchen. Demasiados filtros lo impiden. En la jerga de la comunicación, esos filtros se llaman «marcos». Quien desee hacerse entender, primero ha de aprender a salirse del marco que la cultura occidental pretende poner a la Iglesia, y que impide que te escuchen. Lo llamamos «reformular», y en Catholic Voices enseñamos un método apto para cualquiera.
Francisco, el Gran Reformulador
Una de las citas más emblemáticas de sus primeros meses de pontificado proviene de sus declaraciones a los periodistas en el vuelo de regreso de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en julio de 2013, cuando le preguntaron sobre los gais. Su frase «¿Quién soy yo para juzgar?» corrió como la pólvora, causando shock y deleite a partes iguales, y rápidamente adquirió vida propia.
Tal y como los comentaristas se apresuraron a señalar, la cita completa era: «si una persona es homosexual y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarle?», y formaba parte de la explicación de la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad, que empieza –como recoge el Catecismo de la Iglesia Católica– con la llamada a acabar con la marginación de las personas homosexuales.
Puede que el mensaje haya sido tergiversado e instrumentalizado por algunos, pero la mayoría lo escuchó alto y claro: Dios ama y acepta a todo el mundo, y la Iglesia promueve que se acabe con su discriminación y su marginación.
La gente no había escuchado antes este mensaje de labios de la Iglesia. Habían oído hablar de juicio, no de misericordia. Habían escuchado explicaciones nítidas de que el sexo estaba reservado al hombre y a la mujer unidos en matrimonio, y que las tendencias homosexuales eran «intrínsecamente desordenadas». Pero habían pasado por alto los mensajes de bienvenida y aceptación. Fueron pocas palabras, con las que Francisco no añadió nada a la doctrina de la Iglesia, pero levantó la barrera que le impedía ser oído, y obligó al receptor a revisar sus ideas preconcebidas sobre la Iglesia. Eso es «reformular». Francisco lo llama «proclamación en clave misionera».
En la Evangelii Gaudium, el Papa advierte cómo el filtro mediático simplifica y distorsiona el mensaje de la Iglesia, pues lo presenta como si fuera una serie de prohibiciones, pecados y vetos, que hay que aceptar estoicamente. Pero «el Evangelio invita ante todo a responder al Dios amoroso que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer!», nos dice. Añade después: el «mayor peligro» al que se enfrenta la Iglesia es que, sin esa invitación, «el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes».
Aquel «¿Quién soy yo para juzgar?» de Francisco provocó una reacción tremendamente impactante, porque contradijo de frente un marco sólidamente arraigado en la sociedad contemporánea.
La ética de la autonomía favorece el derecho de las personas a decidir su propio futuro, y considera que los colectivos que han sufrido discriminación merecen todo nuestro reconocimiento y simpatía. Esta cosmovisión es predominante en las sociedades urbanas y educadas de Occidente, hasta el punto que cualquier mensaje que se aparte de él es mirado con suspicacia, como si apoyara la discriminación y la exclusión. Debido a la omnipresencia de este filtro, diga lo que diga la Iglesia acerca de la homosexualidad, resulta distorsionado. Si comienzas el debate sobre la homosexualidad hablando del propósito de Dios para el sexo, o explicando que hay inclinaciones rectas y otras desviadas, lo que se «escuchará» será un intento de invocar una sanción divina para el disidente. Todo lo demás se filtra. Lo que sigue es un diálogo de sordos…, o un concurso para ver quién grita más fuerte.
Prueba a empezar por la intención moral que está detrás de ese filtro, como hizo Francisco. Verás que el efecto es desarmante. Los corazones y las mentes se abren, y la escucha puede empezar.
Otro aspecto de la reformulación en la que sobresale el Papa es en medir la respuesta. Pocas veces el interlocutor necesita una contestación exhaustiva a una pregunta, y menos aún en TV. En ocasiones, lo eficaz será cambiar el marco, y centrarse en el núcleo de lo que uno quiere decir, en el punto que quiere dejar muy claro, porque va a la raíz de la incomprensión que impide ser escuchados. La respuesta en el avión lo muestra: necesitamos que empiece el diálogo, que no se agotará en una entrevista. Basta dar las pistas (la referencia al Catecismo) donde seguir pensando.
Qué piensan realmente nuestros antagonistas
Durante los meses de preparación de la visita del Papa al Reino Unido en 2010, estudiamos la lista de acusaciones contra la Iglesia, generosamente proporcionada por una coalición de ateos, laicistas y activistas de los derechos de los homosexuales conocida como «Protesta contra el Papa». Decidimos no interesarnos en sus motivos para atacar a los católicos, sino que nos preguntamos lo que mostraban esos ataques sobre los valores que defendían los críticos. Queríamos saber qué impulsaba su protesta.
Detrás de cada ataque descubrimos un valor positivo, un valor moral, al que consciente o inconscientemente se podía reconducir su crítica. Caímos en la cuenta de que la tragedia de muchas discrepancias entre católicos y no católicos residía en que cada uno asumía que el otro era el enemigo de un valor, en vez de promotor de un valor. El liberalismo contemporáneo, por ejemplo, tacha a la Iglesia de fanática e intolerante, y no es extraño que los católicos se vean defendiendo la trayectoria de la Iglesia, indignados ante tan injusta acusación. Pero ¿qué pasaría si, detrás del ataque a la Iglesia, viéramos la afirmación de los valores católicos de tolerancia, justicia e inclusión?
Uno de los mitos de nuestra mentalidad racionalista es que deseamos partir de una página en blanco para llegar, mediante la comprobación de evidencias, a las verdades que consideramos seguras. En realidad ocurre lo contrario. Durante la infancia desarrollamos una serie de intuiciones morales que nuestra mente racional intenta justificar. Cuando quienes no comparten nuestros valores las ponen en duda, nos atrincheramos; nuestra mente, como si fuera un abogado, trabaja frenéticamente para rebatir al otro.
Podemos cambiar de opinión y corregir nuestros puntos de vista, pero solo cuando nos sentimos seguros, cuando estamos con personas que comparten nuestras intuiciones morales. En un ambiente propicio, somos capaces de encontrar la verdad en los argumentos del otro, incluso cuando desafían nuestro modo de pensar. Solo entonces puede darse un verdadero diálogo.
El método de reformulación de Catholic Voices procura crear esa sensación de seguridad en un debate. Muestra que aceptamos el valor que nuestros detractores defienden. En vez de ponernos a la defensiva «porque acusan a la Iglesia», buscamos el valor que está detrás de ese ataque. Y tratamos de comenzar nuestra respuesta confirmando ese valor, en lugar de buscar defendernos del ataque injusto.
Esa actitud facilita la comunicación: consigue que nos escuchen, y que podamos mantener un diálogo fructífero. Más aún, evita que caigamos en la trampa de atacar valores que nosotros mismos defendemos como propios.
Nos percatamos de esto en 2010, cuando nos preparábamos para la discusión de un asunto especialmente peliagudo. Analizando el tema del uso de preservativos para la prevención del sida, caímos en la cuenta de que nuestros críticos, de manera inconsciente, apelaban a Jesucristo, mientras que la defensa de los católicos seguía el guion de los fariseos.
El debate daba por supuesto que los preservativos eran la clave para reducir la propagación del virus, y que la Iglesia no permitía su uso debido a su clara doctrina contraria al sexo fuera del matrimonio y a la anticoncepción artificial bajo cualquier circunstancia. Era una suposición compartida por los medios, por los detractores de la Iglesia y hasta por muchos católicos.
El marco era el siguiente: el sida era en ese momento el mayor azote de la raza humana, la «peste del siglo XX». Millones de personas estaban muriendo. La Iglesia desempeñaba un papel fundamental en la educación y en la asistencia sanitaria de los países del África subsahariana, y le hubiera sido facilísimo reducir la propagación del virus si promovía el uso del preservativo. Pero prefería aferrarse a sus doctrinas y mantenerse en su torre de marfil, indiferente y al margen del problema.
Por culpa de este marco, cuando los católicos destacaban la labor de las monjas y de los hospitales de la Iglesia en el cuidado de los enfermos de sida, eran replicados con sorna. Atender a los que se estaban muriendo mientras no movía ni un dedo para prevenir la causa de la enfermedad que estaban tratando era una manifestación absurda de hipocresía.
Se acusó a la Iglesia de anteponer sus códigos éticos a su deber con la humanidad. Los católicos estaban dispuestos a sacrificar vidas inocentes por el bien de su institución. Le achacaron que pisoteaba el valor de la propia vida, que debía tener prioridad frente a las reglas y las instituciones. A la letra, el argumento de Jesucristo contra los fariseos.
La ironía de la situación nos golpeó de lleno. Fuimos testigos de entrevistas desastrosas en las que algunos católicos trataban de defender la Iglesia frente al sida, y vimos cómo encajaban perfectamente en el papel de los fariseos, mientras que los detractores usaban –sin ni siquiera saberlo– el punto de vista de Jesús. Los paladines católicos no se habían dado cuenta de la dinámica en la que estaban inmersos. Daban por sentado que discutían sobre anticoncepción con alguien partidario de una moral sexual laxa. Unas pocas palabras para hablar de la «doctrina católica», y el marco se reforzaba.
En realidad, lo que estaba en juego eran los interrogantes morales básicos. El sida era la antesala de una pregunta más profunda: ¿qué es más importante, las leyes y las doctrinas, o las vidas humanas? ¿Está el hombre hecho para el Sabbath, o al revés?
Tras dedicar tiempo a considerar qué intenciones positivas había detrás de cualquier crítica, era posible empezar por otro lado. En lugar de defender a la Iglesia en el tema de la anticoncepción, comenzamos afirmando que la primera preocupación de la Iglesia es salvar vidas. La anticoncepción –la doctrina sobre el amor sexual en el matrimonio– era aquí casi irrelevante: no se discutía sobre la apertura a la vida dentro del matrimonio, sino de cómo evitar la muerte en situaciones de pobreza y desesperación.
Empezando por ahí –por la Iglesia como «hospital de campaña», de acuerdo con la famosa metáfora del papa Francisco–, pasamos a discutir las mejores formas de lograrlo para el conjunto de la población. Y resulta que las estadísticas mostraban que eran las que la Iglesia promovía: el cambio en los comportamientos mediante programas de abstinencia y fidelidad. Nos habíamos liberado del marco. La Iglesia no permanecía al margen, como juez severo. La Iglesia estaba en la primera línea de fuego contra el sida, tanto en la prevención como en la cura, cerca de su gente y decidida a salvarla. Fuimos capaces de reformular el marco.
Fijándonos en la intención positiva que estaba detrás de la crítica, fuimos capaces de salir de la mentalidad de: «¿Cómo puedo justificar esto?», para preguntarnos: «¿Cuál es la verdadera raíz del desacuerdo? ¿Cuáles son los valores e intuiciones morales implicados?».
Pongamos otro ejemplo: la creciente demanda de una ley sobre suicidio asistido refleja, en efecto, un planteamiento propio de la ética de la autonomía y un horror profundo al dolor y a la muerte. Pero quienes lo defienden apelan a la buena intención de evitar a las personas un sufrimiento innecesario. Si se pasa por alto, lo que sigue es un diálogo de sordos. La respuesta de un católico afirmando que la vida pertenece solamente a Dios refuerza el marco de que la Iglesia quiere que los moribundos sufran innecesariamente porque así lo exige un Dios cruel y despiadado, y que la Iglesia trata de imponer su punto de vista a toda la sociedad resistiéndose a una ley que resuelva un problema de tintes dramáticos. Estamos enjaulados en el marco.
Prueba a adoptar el enfoque de la intención positiva: verás que todo cambia. En primer lugar, el sufrimiento por envejecimiento y por la muerte es inevitable, pero nadie debería experimentar un dolor o soledad insoportables, y es un escándalo que ocurra. Los católicos no solo lo piensan, hacen algo al respecto. Los cristianos (no solo los católicos) han revolucionado el cuidado de los ancianos y moribundos mediante el desarrollo de pioneros cuidados paliativos. Sus buenas prácticas influyen en la atención médica de los enfermos terminales, aunque ciertamente queda mucho camino por recorrer.
Por tanto, primero nos ponemos de acuerdo en el valor que subyace a la intención positiva. A continuación, podremos discutir los efectos de una ley de suicidio asistido sobre las personas en situación de vulnerabilidad, los ancianos y los discapacitados. Ellos deben ser lo prioritario en la atención sanitaria. No es casualidad que quienes más se resisten a la legalización del suicidio asistido sean precisamente los moribundos y los que están cerca de ellos…
No ha hecho falta levantar la voz: es una discusión racional. Los ánimos se templan porque no atacamos ni ignoramos un valor esencial para los detractores de la Iglesia. Al contrario, lo reafirmamos, y apelamos a él para dar solución al problema. Comprendemos que critican a la Iglesia porque creen que de alguna manera representamos la antítesis de ese valor. Tenemos la oportunidad en nuestra conversación de mostrarles que la realidad es bien diversa.
Antagonista no es «enemigo»
Algunos quizá malinterpreten la reformulación como una especie de acercamiento ingenuo y bienintencionado a quienes critican a la Iglesia católica. En realidad es precisamente lo contrario. Partimos de la conciencia clarividente de que la sociedad contemporánea ostenta grandes prejuicios contra la Iglesia, y le impone «marcos» que tienen origen ideológico. Una vez descrito el primer paso de la reformulación – comprender y apelar a la intención positiva de nuestro detractor–, tenemos que asegurarnos de que hemos captado qué marcos están en juego.
Lo realmente ingenuo sería ignorar esos marcos. Supondría asumir que los detractores no se rigen por principios éticos, sino que son amorales o ignorantes. Es como hablar de las sufridas monjas que cuidan a los moribundos del sida a gente que está pensando: «Pero no se estarían muriendo si les dejarais usar preservativos». Peor que un diálogo de sordos.
Identificar los marcos subyacentes es clave para la reformulación, porque pronto se advierte de que la mayoría de los que critican la Iglesia no son paganos, budistas o nihilistas, sino cristianos secularizados. La secularización del mundo occidental implica que muchas personas dejan la Iglesia pero mantienen (inconscientemente) los mismos valores, e incluso apelan a esos valores (también inconscientemente) cuando critican a la Iglesia.
El historiador Brad Gregory ha sabido documentar meticulosamente este proceso. Allí muestra cómo las discrepancias dentro de la Iglesia católica en el siglo XVI desembocaron, poco a poco, en el laicismo del siglo XX. Hacia finales del siglo pasado, un número creciente de personas creía en la proposición atea de que ninguna religión era verdadera, pero continuaba abrazando valores enraizados en el cristianismo. Al desligarlos de la Iglesia, el individuo soberano se ha convertido en el árbitro último de la verdad y de la moralidad en la sociedad contemporánea occidental. La moral es subjetiva y se descubre científicamente. Pero, al mismo tiempo, la moral secular occidental postula una doctrina universal de los derechos humanos basada en una asunción inconsciente de que todos los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios.
El profesor Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York, analiza cómo la población acomodada, educada y urbana de Occidente –predominante en la universidad y en los medios de comunicación– suele tener un punto de vista completamente diferente del resto del mundo. Para la mayor parte de la humanidad, la ética de la divinidad (somos criaturas en un mundo creado por Dios) y la ética de la comunidad (pertenecemos a familias, naciones e instituciones) determinan las elecciones morales. Los occidentales opulentos, en cambio, hacen hincapié en la autonomía, la idea de que la sociedad debería organizarse de tal manera que permitiera al individuo la máxima libertad posible para diseñar su vida y alcanzar sus objetivos. La autonomía –ausencia de coacción– es, por supuesto, una idea profundamente cristiana, y no es casualidad que esta ética haya brotado en culturas cristianas.
Pero, aunque comparten una misma preocupación moral, la postura liberal y la católica chocan. Las éticas religiosas y las comunitarias se complementan mutuamente, pero la ética de la autonomía es «extraordinariamente estrecha», en palabras de Haidt: se limita a proponer consideraciones sobre no dañar a los demás ni oprimir a determinados grupos. Por eso, aunque se apoya en la preocupación cristiana por las víctimas y por la libertad, el individualista-liberal considera la religión y la comunidad contrarias a sus objetivos morales, como si fueran lastres que hay que quitarse de encima.
Entender esta mentalidad y sus estrechas consideraciones morales permite comprender por qué la Iglesia sale tan mal parada en los medios de comunicación, y por qué su compasión con las víctimas, su preocupación por la justicia y su acogida al prójimo reciben tan poca atención.
Los marcos de la sociedad liberal contemporánea son dominantes en los medios de comunicación, ya que –como describe Haidt– todos los periodistas son preponderantemente jóvenes, urbanos e instruidos, y sitúan a la Iglesia en el lado negativo de una serie de binomios. El papel de la Iglesia en las noticias es generalmente el de una institución que coacciona, oprime e impone, mientras en el otro lado están las personas vulnerables y los grupos de víctimas de distinto tipo. La mujer que quiere abortar, el enfermo doliente que quiere una muerte asistida, la mujer infértil que desea la fecundación in-vitro (la lista podría seguir y seguir) suele contraponerse en el informativo de televisión a un circunspecto y rígido representante de la Iglesia, que repite obsesivamente «no y no» a las personas que sufren.
Solo reformulando podremos escapar de ese encasillamiento. Eso implica identificar tanto el valor compartido como las limitaciones y los prejuicios –los marcos– de la mentalidad liberal individualista, y el papel que asignan a la Iglesia.
En la mayoría de los temas sobre los que tratan los capítulos de este libro, el cometido del católico es ampliar el debate, introducir perspectivas morales ajenas al punto de vista del liberal-individualista, en vez de atacar los principios morales (generalmente cristianos) sobre los que se apoyan inconscientemente. Así, no necesitaremos levantar la voz, y podremos hablar de un Dios amoroso, no cruel y despiadado; y contribuir a crear lo que el papa Francisco llama «cultura del encuentro»: un lugar para el diálogo y la conversión.
Tiempo de prepararse
Aprender a reformular –identificar la intención positiva, apelar a ella y ser conscientes de los marcos que la sociedad contemporánea impone a la Iglesia– es uno de los requisitos para ser un comunicador eficaz. El otro es estar bien formado sobre lo que la Iglesia dice y hace, y saber expresarlo de modo directo y conciso.
Cada capítulo del libro aborda, bajo un amplio título, una serie de temas que suelen aparecer en las charlas de tres minutos en el bar, o en un debate de media hora surgido en la hora del almuerzo a raíz de una noticia. Llamamos a estos temas «neurálgicos» porque tocan el nervio: esas partes del cuerpo que, cuando se pinchan, gritas. Si tocas esos temas, la gente se molesta. «¿Cómo es posible que pienses así?», te preguntan. Son los puntos donde el pensamiento social dominante contradice frontalmente (al menos en apariencia) el universo moral de los católicos.
Cada capítulo comienza con una serie de preguntas desafiantes, pronunciadas a veces incluso con tono de indignación, que plantean los aspectos centrales de cada tema. Después de una breve perspectiva general sobre la cuestión, mostramos la «intención positiva», el marco moral de la crítica, para ayudar a entender su punto de partida. De ordinario no es difícil identificar la base moral donde brota la crítica: en un debate sobre el matrimonio de personas del mismo sexo, por ejemplo, serán valores como el amor y la igualdad.
Nuestra respuesta debe respetar esos valores –¿quién pretendería argumentar en contra del amor o la igualdad?– y hacer entender que la postura de la Iglesia no los niega, sino que incluye además otros valores importantes que deben ser tenidos en cuenta.
El resto del capítulo profundiza en los datos y las razones que ayudan a presentar la posición de la Iglesia sobre ese tema. Ninguna cuestión se trata de manera exhaustiva (desarrollar cada uno de los diez temas neurálgicos de este trabajo requeriría un libro para cada uno), sino que son fichas breves, que recopilan esquemáticamente y reformulan ideas de tantas personas (¡muchas gracias!), para tener fácilmente a la mano las claves más importantes.
No son recetas para repetir de memoria –al fin y al cabo, cada conversación es diferente–, sino que han de completarse con estudio personal de las numerosas publicaciones disponibles sobre cada tema, que cada uno debe reflexionar y asimilar por sí mismo. Estos guiones al menos ayudan a plantear la «reformulación», a recordar los «mensajes clave» que resumen la perspectiva de la Iglesia, y algunas ideas esenciales que pueden traerse a colación.
Esta primera edición en castellano parte de la edición norteamericana de 2015, pero no es una traducción, sino una adaptación a las circunstancias de la Iglesia, del ordenamiento jurídico y de la opinión pública en España, aunque hemos procurado de vez en cuando hacer guiños a los países hermanos de América.
No querríamos terminar sin unas palabras de agradecimiento a quienes han ayudado eficazmente a esta edición del libro en español, con sus ideas y enfoques, con materiales de documentación, comprobando datos o traduciendo textos: Juan Pablo Cannata, desde Argentina; Paula Pinedo, Sofía Wulf y María Paz Lagos, desde Chile; Danelia Cardona, desde Colombia; Marilú Esponda, desde México; Carlos Enríquez, desde Perú; y, en España, María Marcos Graziati y Ángela Mengis. Muchas gracias de veras, en nombre de todas las Catholic Voices.
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