capitulo 14
CAPITULO XIV
27. Mas ya están convencidos, no los defensores, sino quienes tanto exaltan el libre albedrío, que lo destruyen; ya saben que ni el conocimiento de la ley divina, ni la naturaleza, ni la sola remisión de los pecados es la gracia que por Jesucristo, Señor nuestro, se nos confiere, y en cuya virtud la ley se cumple, la naturaleza es libre y el pecado no impera. Convencidos de todo esto, antójaseles por todos los medios probar que la gracia de Dios se nos da según nuestros méritos, y así dicen: «Siquier no se nos confiera según los méritos de las buenas obras, toda vez que por la gracia las hacemos, sin embargo, se nos da de acuerdo con los méritos de buena voluntad, porque abre el camino la buena voluntad del que suplica, y ésta es precedida por la buena voluntad del que cree, para que según estos méritos siga la gracia de Dios que oye».
28. Ya en los números 16 y 18 de este tratado dilucidé el problema de la fe, es decir, de la voluntad del creyente, probando que ésta es debida a la gracia hasta tal punto, que el Apóstol no dice: He alcanzado la misericordia porque soy fiel, sino: como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Hay otros textos, entre los que está el Piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno, y el otro ya recordado: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Y aquello que escribió a los Efesios: Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo; y también: Porque a vosotros os es concedido a causa de Cisto, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él. Por consiguiente, ambas cosas son gracia de Dios, y la fe de los creyentes, y la tolerancia de los pacientes, porque una y otra—dice—son merced de Dios. Y es de notar aquel otro texto: Teniendo el mismo espíritu de fe. No dijo: la ciencia de la fe, sino el espíritu de fe, para que entendiésemos que la fe no pedida se concede a fin de otorgar otros bienes al que ora. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? Luego el espíritu de la gracia engendra en nosotros la fe, y por ésta orando logramos cumplir los preceptos. Por esto de continuo el Apóstol antepone la fe a la ley, porque no podemos cumplir lo mandado sino implorando en la oración por la fe lo que hacer debemos.
29. Si la fe sólo afectase a la libre voluntad y don de Dios no fuera, ¿a qué rogar por los que no quieren creer a fin de que crean? En vano haríamos esto si no creyésemos, y con mucha razón, que Dios omnipotente puede volver a la fe aun las más perversas y contrarias voluntades. A la libre voluntad humana se le exhorta en aquellas palabras del Salmo: Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón. Si el Señor no pudiese librarnos de la dureza de corazón, no diría por el profeta: Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Bien claro muestra el Apóstol que tales palabras del Nuevo Testamento fueron dichas: Sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. Lo que ciertamente no fue dicho para que carnalmente vivan quienes vivir deben espiritualmente, sino que por no sentir la piedra, es a ella comparado un corazón duro, y a la carne sensible, en cambio, un corazón generoso. Así se lee en la profecía de Ezequiel: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. . .y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios. ¿Podremos, pues, afirmar sin desatino que en el hombre preceder debe el mérito de la buena voluntad para que en él sea cambiado el corazón de piedra, cuando éste significa voluntad pésima y absolutamente a Dios contraria? Donde precede la buena voluntad ya no hay corazón de piedra.
30.Y en otro lugar, también por el mismo profeta, Dios paladinamente declara que hace esto no movido por mérito alguno nuestro, sino por la gloria de su nombre. Así, en Eze 36:22-27, dice: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado. Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos. Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. ¿Quién será tan ciego que no vea y tan de piedra que no se percate de que la gracia no se confiere según los meritos de la buena voluntad, cuando el mismo Señor lo atestigua al decir: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre? ¿Por qué, pues, dijo: No lo hago sino por causa de mi santo nombre, sino para que nadie creyese en la colación por los buenos méritos, cual no se avergüenzan de afirmar los pelagianos? Y no sólo que carecen totalmente de buenos méritos, sino que sus méritos malos van delante, lo demuestra al decir: por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones. ¿Quién no verá un horrendo crimen en la profanación del nombre santo de Dios? Sin embargo, por el mismo nombre mío, dice, que profanasteis, yo os haré buenos, no por vosotros. Y santificaré mi nombre grande, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas. Dice que santificará su nombre, al que antes llamó santo, lo mismo que suplicamos en la oración dominical al decir: Santificado sea tu nombre, para que santificado sea en los hombres lo que en sí mismo siempre y sin duda es santo. Finalmente, añade: Y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos. Siendo, por consiguiente, El santo, se santifica, sin embargo, en aquellos a quienes da su gracia, arrancándoles el corazón de piedra, por el que profanaron el nombre de Dios.
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