Biografía de Agustín de Hipona
Agustín de Hipona, o San Agustín (en latín: Aurelius Augustinus Hipponensis) (Tagaste, 13 de noviembre de 354 – Hippo Regius, 28 de agosto de 430), es junto con Jerónimo de Estridón, Gregorio Magno y Ambrosio de Milán uno de los cuatro más importantes Padres de la Iglesia latina.
Biografía
San Agustín y Santa Mónica (1846),
por Ary Scheffer.
Infancia y juventud.
Conversión al cristianismo.
Monacato y episcopado.
La historia del encuentro con un niño junto al mar.
Obras y Escritos.
Doctrina.
Razón y Fe.
Filosofía.
Dios y el Hombre.
Ser, Conocer, Amar.
El Tiempo y la Eternidad.
Teología.
Doctrina trinitaria.
Doctrina cristológica.
Mariología.
Soteriología.
Antropología sobrenatural.
La Iglesia.
Escatología.
Doctrina Espiritual.
Recepción.
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Infancia y juventud
Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana. Su padre, llamado Patricio, no era religioso cuando nació su hijo. Su madre, Santa Mónica es puesta por la Iglesia como ejemplo de "mujer cristiana", de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia, aún bajo las circunstancias más adversas. Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo "El hijo de las lágrimas de su madre".1
San Agustín estaba dotado de una gran imaginación y de una extraordinaria inteligencia. Se destacó en el estudio de las letras. Mostró un gran interés hacia la literatura, especialmente la griega clásica y poseía gran elocuencia. Sus primeros triunfos tuvieron como escenario Madaura y Cartago. Durante sus años de estudiante en Cartago desarrolló una irresistible atracción hacia el teatro. Al mismo tiempo, gustaba en gran medida de recibir halagos y la fama, que encontró fácilmente en aquellos primeros años de su juventud. Allí mismo en Cartago se destacó por su genio retórico y sobresalió en concursos poéticos y certámenes públicos. Aunque se dejaba llevar ciegamente por las pasiones humanas y mundanas, y seguía abiertamente los impulsos de su espíritu sensual y mujeriego, no abandonó sus estudios, especialmente los de filosofía. El propio Agustín hace una crítica muy dura y amarga de esta etapa de su juventud en sus Confesiones.
A los diecinueve años, la lectura de Hortensius de Cicerón despertó en la mente de Agustín el espíritu de especulación y así se dedica de lleno al estudio de la filosofía. Además, será en esta época cuando el joven Agustín conocerá a una mujer con la que mantendrá una relación estable de catorce años y con la cual tendrá un hijo: Adeodato.
En su búsqueda incansable de respuesta al problema de la verdad, Agustín pasa de una escuela filosófica a otra sin que encuentre en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abraza el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y solamente la abandonó después de hablar con el obispo Fausto. Ante tal decepción, se convenció de la imposibilidad de llegar a alcanzar la plena verdad, y por ello se hizo escéptico.
Sumido en una gran frustración personal, decide en 383 partir para Roma, la capital del Imperio. Su madre quiso acompañarle, pero Agustín la engañó y la dejó en tierra (cf. Confesiones 5,8,15). En Roma enferma de gravedad. Tras restablecerse, y gracias a su amigo y protector Símaco, prefecto de Roma, fue nombrado "magister rhetoricae" en Mediolanum (la actual Milán).
Conversión al cristianismo
Fue en Milán donde se produjo la última etapa antes de su conversión: empezó a asistir como catecúmeno a las celebraciones litúrgicas del obispo Ambrosio, quedando admirado de sus predicaciones y su corazón. Entonces decidió romper definitivamente con el maniqueísmo. Esta noticia llenó de gozo a su madre, que había viajado a Italia para estar con su hijo, y que se encargó de buscarle un matrimonio acorde con su estado social y dirigirle hacia el bautismo. Se despidió de su compañera sentimental con gran dolor y en vez de optar por casarse con la mujer que Mónica le había buscado, decidió vivir en ascesis; decisión a la que llegó después de haber conocido los escritos neoplatónicos gracias al sacerdote Simpliciano. Los platónicos le ayudaron a resolver el problema del materialismo y el del mal. San Ambrosio le ofreció la clave para interpretar el Antiguo Testamento y encontrar en la escritura la fuente de la fe. Por último san Pablo le ayudó a solucionar el problema de la mediación y de la gracia. Ya sólo quedaba la crisis decisiva, estando en el jardín con su amigo Alipio, reflexionando sobre el ejemplo de Antonio, oyó la voz de un niño de una casa vecina que decía: toma y lee,2 y entendiéndolo como una invitación divina, cogió la Biblia, la abrió por las cartas de Pablo y leyó el pasaje Rom 13, 13ss. Al llegar al final de esta frase se desvanecieron todas las sombras de duda.3
En 386 se consagra al estudio formal y metódico de las ideas del cristianismo. Renuncia a su cátedra y se retira con su madre y unos compañeros a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse por completo al estudio y a la meditación. El 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad, es bautizado en Milán por el santo obispo Ambrosio. Ya bautizado, regresa a África, pero antes de embarcarse, su madre Mónica muere en Ostia, el puerto cerca de Roma.
Monacato y episcopado
Agustín de Hipona por Sandro Botticelli, c. 1480
Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y el producto de la venta lo repartió entre los pobres. Se retiró con unos compañeros a vivir en una pequeña propiedad para hacer allí vida monacal. Años después esta experiencia será la inspiración para su famosa Regla. A pesar de su búsqueda de la soledad y el aislamiento, la fama de Agustín se extiende por toda la comarca.
En 391 viajó a Hipona para buscar un lugar donde abrir un monasterio y vivir con sus hermanos, pero durante una celebración litúrgica fue elegido por la comunidad para que fuese ordenado sacerdote, a causa de las necesidades del obispo de Hipona, Valerio. Aceptó esta brusca elección con lágrimas en los ojos, pues al principio se negaba con gritos y lágrimas a aceptarla. Algo parecido sucedió al ser consagrado obispo en el 395. Fue entonces cuando dejó el monasterio de laicos y se instaló en la casa del obispo, que transformó en un monasterio de clérigos.
La actividad episcopal de Agustín es enorme y variada. Predica a todo tiempo y en muchos lugares, escribe incansablemente, polemiza con aquellos que van en contra de la ortodoxia de la doctrina cristiana de aquel entonces, preside concilios, resuelve los problemas más diversos que le presentan sus fieles. Se enfrentó a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc. Participa en los Concilios regionales III de Hipona del 393, III de Cartago del 397 y IV de Cartago del 419, en los dos últimos como Presidente y en los cuales sancionaron definitivamente el Canon bíblico que había sido hecho por el Papa Dámaso I en Roma en el Sínodo del 382.
Agustín murió en Hipona el 28 de agosto de 430 durante el sitio al que los vándalos de Genserico sometieron a la ciudad durante la invasión de la provincia romana de África. Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña y, hacia el 725, a Pavía, a la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, donde reposa hoy.
La historia del encuentro con un niño junto al mar.
Una tradición medieval, que recoge la historia inicialmente narrada sobre un teólogo en abstracto que más tarde fue identificado con San Agustín, cuenta la siguiente anécdota.4 Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo. Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca al niño y le pregunta: "Oye, niño, ¿qué haces?" Y el niño le responde: "Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo". Y San Agustín dice: "Pero, eso es imposible". Y el niño responde: "Más imposible es tratar de hacer lo que tú estas haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios".
La historia es usada en muchos lugares como verdadera; sin embargo, se trataría de una invención sin fundamento real, pero que se inspira al menos en la actitud de Agustín como estudioso del misterio de Dios.
Obras y Escritos.
De la Gracia y del libre albedrío.
Soliloquios I
Soliloquios I
Confesiones.
Retracaciones.
Filosóficos:
Los Diálogos.
Contra Académicos.
Disciplinarum Libri.
Apologéticos.
La Ciudad de Dios.
Dogmáticos:
Enchiridion.
La Trinidad.
Otros:
Morales y Pastorales.
Moásticos.
Doctrina
Detalle de San Agustín en una vidriera por Louis Comfort Tiffany en el Lightner Museum.
Razón y fe
San Agustín comienza la búsqueda de la verdad de una manera casi desesperada. Ya a los diecinueve años se pasó al racionalismo y rechazó la fe en nombre de la razón. Sin embargo, poco a poco va descubriendo que la razón y la fe no se oponen, sino que su relación es de colaboración. La fe es un modo de pensar asintiendo, si no existiese el pensamiento, no existiría la fe. Por eso la inteligencia es la recompensa de la fe. La fe y la razón son dos campos que necesitan ser equilibrados y complementados.
Esta postura se sitúa entre el fideísmo y el racionalismo. A los racionalistas le responde: Crede ut intelligas ("cree para comprender") y a los fideístas: Intellige ut credas ("comprende para creer"), pues es imposible creer sin razón. San Agustín quiere comprender el contenido de la fe, demostrar la credibilidad de la fe y profundizar en sus enseñanzas.
Filosofía
Leyó y conoció de memoria muchas obras de filósofos, entre ellas estaban las de Cicerón, Varrón, Séneca, Plotino y Porfirio. Sintió preferencia por los neoplatónicos que ejercieron una gran influencia en él, pero a los que corrigió. Esta predilección se basó en considerarles los filósofos clásicos más cercanos al cristianismo y por haber dado vida a una enseñanza común de la verdadera filosofía. Los principios que componen y en los que se inspira la filosofía de San Agustín son la interioridad, participación e inmutabilidad.
Con el primero hace una invitación al sujeto para que se vuelva a sí mismo, pero no para pararse en el sujeto, sino para que se dé cuenta de que en él hay algo más que lo trasciende. La mente humana está en relación con las realidades inteligibles e inmutables. Con este principio demuestra la existencia de Dios, prueba la espiritualidad del alma y su inmortalidad y además da una explicación psicológica de la Trinidad.
El segundo principio podemos enunciarlo así: todo bien o es bien por su misma naturaleza y esencia, o es bien por participación; en el primer caso es el Bien sumo, en el segundo caso es un bien limitado. Esta participación puede ser: la participación del ser, de la verdad y del amor.
En cuanto a la inmutabilidad, el ser verdadero, genuino y auténtico es sólo el ser inmutable. No existe de alguna forma o en cierta medida, sino que es el Ser. Este principio vale para distinguir al ser por esencia del ser por participación.
Dios y el hombre
La filosofía agustiniana se centra en dos temas esenciales: Dios y el hombre.
Dios. Para llegar de la mente a Dios primero tenemos que preguntar al mundo, después volverse hacia uno mismo y por último trascenderse. El mundo responde que él ha sido creado y el itinerario continua; se procede a la ascensión interior, y el hombre se reconoce a sí mismo intuyéndose como ser existente, pensante y amante. Puede por ello ascender a Dios por tres vías: la vía del ser, de la verdad y del amor. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos "allí donde la luz de la razón se enciende". Ahora bien, llegaremos a un Dios incomprensible, inefable. Este Dios es el ser sumo, la primera verdad y el eterno amor.
El hombre. Agustín explora su misterio, su naturaleza, su espiritualidad y su libertad. Es un grande profundum y una magna quaestio.
El compuesto humano está formado por el cuerpo y el espíritu. A pesar de lo que se dice de él, superó el espiritualismo helénico. La cárcel del alma no es el cuerpo humano, sino el cuerpo corruptible; el alma no puede ser sin él dichosa. Ésta fue creada de la nada.
La tesis fundamental que ayuda a entender el misterio del hombre es su creación a imagen de Dios, que es propia del hombre interior, de la mente. Pero ha sido deformada por el pecado y será la gracia la encargada de restaurarla.
El hombre sólo adhiriéndose al ser inmutable puede alcanzar su felicidad. En este encuentro de Dios y el hombre, Agustín examina la delicada cuestión de la gracia y la libertad.
Agustín defendió la libertad contra los maniqueos y la existencia de una sola alma y una sola voluntad: era yo mismo quien quería, yo quien no quería; yo era yo. Por último, también exploró el tema de las pasiones, reduciéndolas a la raíz común del amor. En las pasiones advierte tres posibilidades: ausencia de pasiones, orden en las pasiones y desorden o concupiscencia, la cual le hace llegar a una guerra civil.
Ser, conocer, amar
A los grandes problemas del ser, conocer y amar, le da tres soluciones, que son la creación, la iluminación y la sabiduría o felicidad.
Creación. Explica el problema del origen de las cosas, diciendo que Dios creó todas las cosas de la nada. Existen tres maneras de proceder una cosa de otra: por generación, por fabricación o por creación. Esta última sólo es capaz de hacerla Dios.
La creación ha tenido lugar en el tiempo. Dios crea de la nada y crea según razones eternas (ideas ejemplares existentes en la mente Divina). Pero no todo es creado de la misma manera, Dios ha creado todo simultáneamente, pero unas cosas las ha creado en sí mismas y otras virtualmente, en sus gérmenes invisibles. Esta es la teoría de las rationes seminales.
Todas las cosas son buenas porque las ha creado Dios, y las ha creado porque ha querido. Por ello el mal no puede ser una sustancia sino que es defecto, privación. Hay dos especies de mal: el mal que el hombre sufre contra su voluntad y el mal que comete voluntariamente. El primero es el mal físico y el segundo es el mal moral. Los dos provienen de la deficiencia de la criatura. Sin embargo Dios no es la causa de ningún mal, solamente lo permite, ya que Él puede sacar bien del mal.
Otro tema es el del tiempo, éste es un “enigma intrincadísimo”. Podemos decir que es una distensión del alma que recuerda, intuye y aguarda.
Iluminación. Nuestra iluminación es una participación del Verbo, es decir, de la vida que es luz de los hombres. Dios, causa del ser, es también luz del conocer. Los hombres percibimos la verdad de nuestras afirmaciones en la verdad inmutable. El alma intelectiva es capaz de contemplar las cosas inteligibles en una luz incorpórea especial, la verdad inmutable. Así pues, la mente humana es iluminada divinamente y esto es el fundamento de la certeza de nuestros juicios.
Por último, podemos tener tres especies de conocimiento: el corporal, espiritual y el intelectual.
La felicidad. El hombre obtiene la felicidad de Dios y esta felicidad es Dios mismo. Para él la felicidad es el gozo de la verdad y no puede ser dichoso quien no posee lo que ama, pero dichoso es sólo quien posee todo lo que quiere y no quiere nada malo. Otro paso más, no hay felicidad verdadera si no es eterna. Por eso sólo Dios, y no los bienes temporales, puede hacernos felices. Sin embargo aquí sólo poseemos la felicidad en esperanza.
San Agustín diferencia las cosas que deben ser amadas por sí mismas, como un fin al que llegar y del que gozar y las cosas que son medios para el fin y de las que solamente debemos servirnos. Si nos quedamos en los medios nunca llegaremos a poseer la verdadera felicidad. La historia será así el contraste dramático entre dos amores: de sí y de Dios. Dependiendo del amor que elijamos llegaremos a ser felices o no.
El tiempo y la eternidad
El tiempo es creación de Dios, antes de crear el cielo y la tierra no había tiempo. Este implica un pasado, un futuro y un presente. Pero el pasado ya no existe y el futuro aún no es. En cuanto al presente es un continuado dejar de ser, un continuo tender hacia el no ser.
Agustín acabará concluyendo que el tiempo existe en el espíritu del hombre, porque es donde se mantienen presentes el pasado, el presente y el futuro. Por ello los tiempos son tres: El presente del pasado, el presente del futuro y el presente del presente. No reside en el movimiento sino en el alma.
Teología
Estos son los principios en que san Agustín se ha inspirado para hacer progresar la ciencia teológica: adhesión plena a la autoridad de la fe, deseo ardiente de alcanzar la inteligencia de la fe, firme persuasión de la originalidad de la doctrina cristiana, sentido profundo del misterio, subordinación constante de la teología a la caridad y atención a la precisión del lenguaje.
Doctrina trinitaria
Comienza con la profesión de fe, expone las dificultades e interroga a las Escrituras para responder a aquellas. Estudia la unidad y propiedades de las tres personas divinas, las procesiones y misiones, las operaciones hacia fuera de la Trinidad (que son comunes a las tres personas divinas), propone la doctrina de las relaciones y recurriendo a la imagen de la Trinidad en el hombre, encaminando a éste al amor y a la contemplación de la Trinidad.
Nos explica la igualdad (misma naturaleza) y distinción (distintas relaciones) de las personas divinas y la simplicidad de Dios, por la cual las personas se identifican con la naturaleza divina.
También son suyas la teología del Espíritu Santo y la explicación psicológica de la Trinidad:
El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, pero principalmente del Padre, pues el Padre, que es el principio de la deidad, concede al Hijo el expirar el Espíritu Santo, éste procede como Amor y, por tanto, no es engendrado.
La explicación psicológica de la Trinidad permite, ilustrar, a la vez, el misterio del hombre, creado a imagen de Dios. Esta imagen sólo la encuentra en el hombre interior y la expresa con esta fórmula: memoria, inteligencia y voluntad.
Doctrina cristológica
Gran claridad en la formulación: una persona en dos naturalezas. Defiende la doctrina contra todas las herejías y presenta a Cristo como ejemplo diáfano de la gratuidad de la gracia.
Expresa la unidad de la persona y dualidad de las naturalezas en Cristo de la siguiente manera: Aquel que es Dios es también hombre, y aquel que es hombre es también Dios; no por la confusión de las naturalezas, sino por la unidad de la persona. Esta unión es admirable y la mejor analogía es la unión que se produce en el hombre, la del cuerpo y del alma en la unidad de la persona.
En virtud de la comunicación de idiomas Agustín defiende que Dios ha nacido, que Dios ha sido crucificado, que Dios ha muerto.
Por último Agustín aclara que la naturaleza humana fue asumida a la unión personal con el Verbo en el mismo instante en que fue creada.
Mariología
Cuatro puntos:
Por la comunicación de idiomas defiende la maternidad divina: "Dios ha nacido de una mujer".
La virginidad perpetua: "Virgen concibió, Virgen dio a luz y Virgen permaneció".
A María "le fue concedida una gracia mayor para vencer en todo momento al pecado".
La relaciones entre María y la Iglesia. María es modelo de la Iglesia por el esplendor de sus virtudes y por la gracia de ser corporalmente lo que la Iglesia debe ser espiritualmente.
Soteriología
Para defender la Iglesia contra los pelagianos y paganos profundizó en la soteriología y la gracia desarrollando los siguientes puntos:
Cristo es el único mediador y en cuanto hombre Dios.
Cristo es el mediador en cuanto redentor. Cristo se encarnó para redimir a los hombres del pecado. La redención es necesaria pues nadie puede salvarse sin Cristo; es objetiva (la redención), porque no consiste sólo en el ejemplo, sino que la reconciliación con Dios es universal ya que Cristo murió por todos los hombres. De esta teología de la redención, San Agustín, deduce la teología del pecado original: consiste en un alejamiento de Dios, precisamente porque Cristo nos ha reconciliado a todos los hombres con Dios.
Cristo como sacerdote y sacrificio. Cristo quiso ser no sólo sacerdote, sino además sacrificio.
Antropología sobrenatural
La doctrina católica discurre entre los opuestos errores de los maniqueos y de los pelagianos. Defendió la existencia del pecado original, la bondad de las cosas, la remisión total y perfecta de los pecados en el bautismo, se opuso a la tesis pelagiana de impecancia, enseñó la necesidad de la gracia y la libre cooperación del hombre.
A continuación se tratarán las doctrinas del pecado original, la justificación, la gracia y la predestinación.
En el pecado original distingue entre existencia y naturaleza. Defendió su existencia con todos los argumentos de la teología, bíblicos, litúrgicos, artísticos y de razón: la finalidad soteriológica de la encarnación, Rm 5,12-19, el bautismo de los niños, la tradición y el problema del mal. En cuanto a su naturaleza, reconoce su carácter misterioso. Afirma que se trasmite por propagación y lo define de la siguiente manera: el pecado original es la concupiscencia unidad al reato. Por último, es falso que san Agustín identificara pecado original y concupiscencia.
Para comprender la justificación, hay que distinguir entre remisión de los pecados y renovación interior: la remisión de los pecados es plena y total y la renovación interior es progresiva y alcanza su perfección sólo en la resurrección. La justificación cristiana comporta ya en esta vida la restauración de la imagen de Dios, aunque plenamente sólo se alcanza en el más allá. Antes del pecado, el hombre gozaba de la libertad menor, consistía en poder no pecar y poder no morir; después de la resurrección gozará de libertad mayor, que consiste en no poder pecar y no poder morir. Esta idea de justificación es escatológica.
La gracia adyuvante. La gracia no es la creación, ni la ley, ni la sola justificación. Su función es alejar los obstáculos que nos impiden hacer el bien. Es el Don gracioso de Dios, la inspiración de la caridad, es un don gratuito de la benevolencia divina. El doctor de la gracia, afirma la absoluta necesidad de esta gracia para poder evitar el pecado y para alcanzar la salvación. Esta gracia es eficaz, pero para explicarlo entramos en el tema delicadísimo de la libertad y el don divino. El libre albedrío no es aniquilado por la gracia, sino que es fortalecido. "Aquel no sucumbe porque es ayudado, sino que es ayudado para que no sucumba". Hay una armonía entre la gracia y la libertad.
La predestinación es la presciencia de Dios y la preparación de sus beneficios, por los cuales certísimamente se salva todo el que se salva. Agustín ha enseñado dos verdades contrarias en apariencia: la gratuita predilección de Dios por los elegidos y el amor de Dios por todos los hombres. Dios tiene siempre en su haber una gracia que ningún corazón, por puro que sea, podrá jamás rechazar, entonces ¿por qué no la usa con todos y permite que algunos perezcan? Agustín responde que no sabe. Esta doctrina también tiene un significado pastoral, pretende ayudar al cristiano a evitar la presunción y la desesperación.
La Iglesia
La Iglesia es uno de los temas centrales de San Agustín. La estudió como hecho histórico, los motivos de su credibilidad y como comunión y cuerpo místico de Cristo. Cuando habla de ella se puede referir a la comunidad de fieles, a la comunidad de los justos, o a la comunidad de los predestinados.
Defiende su unidad, catolicidad, apostolicidad y santidad. Asegura que el bautismo es válido también fuera de la Iglesia aunque aproveche sólo en ella. La Iglesia se extiende más allá de sus confines institucionales y tiende hacia la eternidad. Es, aunque no exclusivamente, escatológica, pues sólo entonces los pecadores serán separados de los justos.
Soluciona el problema de la presencia de los pecadores en la Iglesia diciendo que es un cuerpo mixto y que los pecadores no contaminan las virtudes de los buenos, por eso sigue santa aún a pesar de aquéllos. Los pecadores forman parte de la Iglesia sólo en apariencia, los justos poseen realmente la justicia, son hijos de Dios.
El núcleo central de la eclesiología es Cristo, que está siempre presente obrando en la Iglesia, el Espíritu Santo es el alma del cuerpo místico y por ello el principio de comunión. La Iglesia es también ahora reino de Cristo.
Escatología
Se opuso a la concepción platónica de la historia, defendió la resurrección de los cuerpos, cuerpos de verdad pero incorruptibles. Esclareció la eternidad de las penas. No admitió la apocatástasis de Orígenes.
Insistió en la dimensión social y cristológica para explicar la felicidad del cielo. El cielo es la "insaciable saciedad". Antes de la resurrección no poseemos y esta felicidad plenamente, sino sólo una "consolación de la tardanza".
Por último, admitió la existencia del purgatorio.
Doctrina espiritual
La espiritualidad agustiniana se orienta al culto y amor de la Trinidad, tiene por centro a Cristo, se da dentro de la vida de la Iglesia, su tarea es la restauración de la imagen de Dios en el hombre y se nutre de la sabiduría de las Escrituras.
Sus líneas esenciales son:
La vocación universal a la santidad. Todos los cristianos pueden alcanzar la salvación.
La Caridad, centro, alma y medida de la perfección cristiana. Esta es el contenido de las escrituras, el fin de la teología, la síntesis de la filosofía y la esencia y medida de la perfección cristiana. Pone en un juego el dinamismo cristiano y el único deseo que tiene es a Dios.
La humildad, condición indispensable para el crecimiento de la caridad. Tenemos que reconocer lo que somos: criaturas, hemos de reconocer la gratuidad de la gracia.
La purificación, ley de las ascensiones interiores. Necesitamos de la ascesis para crecer en la caridad.
La necesidad de elaboración. El hombre ha de ser maestro o de oración y preparar su corazón para recibir lo que Dios quiera dar. Esta oración debe llevarnos a los demás, que es de índole social.
La ascensión por los grados del alma hacia Dios. Describe cuatro grados: virtud, serenidad, entrada y morada o contemplación.
Recepción
San Agustín tiene gran importancia en la historia de la cultura europea. Sus Confesiones suponen un modelo de biografía interior para muchos autores, que van a considerar la introspección como elemento importante en la literatura. Concretamente, Petrarca va a ser un gran lector de San Agustín: su descripción de los estados amorosos enlaza con ese interés por el mundo interior que encuentra en San Agustín. Por otro lado, San Agustín va a ser un puente importante entre la Antigüedad y la cultura cristiana. El especial aprecio que tiene por Virgilio y Platón va a marcar fuertemente los siglos posteriores. Así, se puede decir que la Edad Media, hasta el siglo XIII y el redescubrimiento de Aristóteles, va a ser platónica. El especial aprecio por Virgilio se va a manifestar, por ejemplo, en la Divina Comedia de Dante Alighieri.
Agustín de Hipona
Obras
(Ver también la Vida; Enseñanzas y la Regla de San Agustín)
San Agustín de Hipona (354-430 DC) fue uno de los sabios más prolíficos que la humanidad haya conocido jamás, y es admirado no solamente por la cuantía de sus obras, sino también por la variedad de temas, mismos que abarcan todos los ámbitos del pensamiento. La manera en que Agustín moldea sus obras ejerce una poderosa atracción sobre el lector. Bardenhewer elogia su extraordinaria flexibilidad de expresión y su maravilloso don para describir cosas interiores, así como para representar los diversos estados del alma y los hechos del mundo espiritual. Su latinidad ostenta el sello de su época. En general, su estilo es noble y depurado; pero, dice el mismo autor, "en sus sermones y otros escritos populares, [San Agustín] desciende deliberadamente al lenguaje de la gente." Resultaría imposible hacer un análisis detallado en este espacio. Nos limitaremos a señalar sus principales escritos y la fecha (a menudo aproximada) de su elaboración:
Autobiografía y Correspondencia
Filosofía
Apología General
Controversias con los Heréticos
Exégesis Bíblica
Exposición Dogmática y Moral
Pastorales y Predicación
Ediciones de las Obras de San Agustín
Autobiografía y Correspondencia
Las Confesiones son la historia de su corazón; las Retractaciones, lo son de su mente; mientras que sus Cartas dan evidencia de su actividad dentro de la Iglesia.
Las Confesiones (hacia el 400 D.C.) son, en el sentido bíblico de la palabra confíteor, no un reconocimiento o una declaratoria, sino la alabanza de un alma que admira la obra de Dios dentro de sí misma. De todos los trabajos del santo doctor, ninguno ha sido más leído y admirado universalmente, y ninguno ha provocado tantas lágrimas curativas como éste. Muy difícilmente puede encontrarse en la literatura otro libro que pueda equipararse con éste en lo referente al análisis penetrante de las más complejas impresiones del alma, a la sensación comunicativa, a la elevación del sentimiento, o a la profundidad de sus visiones filosóficas.
Las Retractaciones (escritas hacia el final de su vida, 426-428) son una revisión en orden cronológico de los trabajos del santo, donde se explican la motivación y la idea dominante de cada uno de ellos. Constituyen una invaluable guía para captar la evolución del pensamiento de Agustín.
Las Cartas, que ascienden a 270 dentro de la colección Benedictina (53 de ellas corresponden a remitentes de Agustín), son un tesoro de gran valor para profundizar en el conocimiento de su vida, de su influencia e, incluso, de su doctrina.
Filosofía
Estos escritos, en su mayoría redactados en la villa de Casisiaco, durante el lapso transcurrido desde su conversión hasta su bautismo (387-388), complementan la autobiografía del santo, permitiéndonos asomarnos a las indagaciones y vacilaciones Platónicas de su mente. Hay en ellos menos libertad que en las Confesiones. Son ensayos literarios, escritos cuya simplicidad es la cumbre del arte y la elegancia. En ninguna otra parte es tan refinado el estilo de Agustín; en ningún otro es tan puro su lenguaje. Dados en forma de diálogos, estos documentos parecerían haber sido inspirados por Platón y Cicerón. Los principales son:
Contra Academicos (el más importante de todos);
De Beatâ Vitâ;
De Ordine;
Los dos libros de Soliloquios, que no han de confundirse con los "Soliloquios" y las "Meditaciones", que ciertamente no son auténticos;
De Immortalitate animæ;
De Magistro (un diálogo entre Agustín y su hijo Adeodato); y
Seis libros curiosos (especialmente el sexto) sobre Música.
Apología General
En La Ciudad de Dios (iniciado en el año 413, aunque los libros 20-22 fueron escritos en 426) Agustín contesta a los paganos, quienes atribuían la caída de Roma (410) a la abolición del culto pagano. En vista de este problema de Providencia Divina con respecto al imperio romano, San Agustín amplía todavía más el horizonte y, en una explosión de gracia, inaugura la filosofía de la historia, abarcando –como él lo hace– de un solo golpe de vista los destinos del mundo agrupados en torno a la religión Cristiana, como la única que volvería a los comienzos y conduciría a la humanidad a su destino final. La Ciudad de Dios es considerada por la mayoría como la obra más importante del gran obispo. El resto de sus trabajos interesan principalmente a los teólogos; pero dicha obra, al igual que las Confesiones, pertenece a la literatura general y concierne a toda alma. Las Confesiones son teología que ha sido vivida en el alma, y la historia de la acción de Dios en un individuo, mientras que la Ciudad de Dios es teología enmarcada en la historia de la humanidad, y explica la acción de Dios en el mundo. Otros escritos apologéticos, como el "De Verâ Religione" (una pequeña obra maestra compuesta en Tagaste, 389-391), "De Utilitate Credendi" (391), "Liber de fide rerum quæ non videntur" (400), y la "Carta 120 a Consencio", hacen de Agustín el gran teórico de la Fe y de sus vínculos con la razón. "Él es el primero de los Padres...", elucubra Harnack (Dogmengeschichte, III, 97) "... que sintió la necesidad de subordinar su fe al raciocinio". Y, ciertamente, él –que tan reiteradamente afirma que la fe precede a la comprensión intelectual de las verdades reveladas– es quien con mayor claridad de definición y con mayor precisión que nadie, delinea la función de la razón como antecesora y verificadora de la profesión de fe del testigo, y como acompañante del acto de adhesión de la mente. (Carta a Consencio, n. 3, 8, etc.). Cuál no habría sido la estupefacción de Agustín si alguien le hubiese dicho que la fe debe cerrar los ojos a las pruebas del testimonio divino, ¡so pena de convertirse ella misma en ciencia! O si alguno le hubiese hablado de la fe como autoridad que da su consentimiento, ¡sin examinar motivo alguno que pueda probar la validez del testimonio! Ciertamente la mente humana se rehusa a aceptar testimonio alguno sin que existan motivos razonados para tal aceptación, como tampoco es posible que un testimonio cualquiera, aún siendo producto de la erudición, pueda proporcionar la ciencia –la visión interior– del objeto.
Controversias con los Heréticos
Contra los Maniqueos:
"De Moribus Ecclesiæ Catholicæ et de Moribus Manichæorum" (en Roma, 368);
"De Duabus Animabus" (antes de 392);
"Actas de la Disputa con Fortunato el Maniqueo" (392);
"Actas de la Conferencia con Félix" (404);
"De Libero Arbitrio" – muy importante tratado sobre la naturaleza del mal;
Varios escritos "Contra Adimantum";
contra la Epístola de Maní (la fundación);
contra Fausto (alrededor del 400);
contra Secundino (405), etc.
Contra los Donatistas:
"Psalmus contra partem Donati" (alrededor del 395), una melodía puramente rítmica para uso popular (el más antiguo ejemplo en su clase);
"Contra epistolam Parmeniani" (400);
"De Baptismo contra Donatistas" (año 400, aprox.), una de las piezas más importantes en esta controversia;
"Contra litteras Parmeniani,"
"Contra Cresconium,"
un buen número de cartas referentes a este debate.
Contra los Pelagianos, en orden cronológico, tenemos:
412, "De peccatorum meritis et remissione" (acerca del mérito y el perdón);
mismo año, "De spiritu et litterâ" (sobre la letra y el espíritu);
415, "De Perfectione justitiæ hominis" – importante para comprender la impecabilidad Pelagiana;
417, "De Gestis Pelagii" – la historia del Concilio de Dióspolis, cuyas actas reproduce;
418, "De Gratiâ Christi et de peccato originali";
419, "De nuptiis et concupiscentiâ" y otros escritos (420-428);
"Contra Julián de Eclanum" – último escrito de esta serie, interrumpido por la muerte del santo.
Contra los Semipelagianos:
"De correctione et gratiâ" (427);
"De prædestinatione Sanctorum" (428);
"De Done Perseverantiæ" (429).
Contra el Arrianismo:
"Contra sermonem Arianorum" (418) y
"Collattio cum Maximino Arianorum episcopo" (la conferencia de Hipona celebrada en 428).
Exégesis Bíblica
En su obra "De Doctrinâ Christianâ" (iniciada en 397 y concluida en 426), Agustín nos brinda un auténtico tratado sobre exégesis, que históricamente es el primero (ya que San Jerónimo escribió más propiamente como polemista). En varias ocasiones intentó un comentario sobre el libro del Génesis. El gran trabajo titulado "De Genesi ad litteram" fue escrito de 401 a 415 D.C. Las "Enarrationes in Psalmos" son una obra maestra de elocuencia popular, y están provistas de una cadencia y una calidez inimitables. Acerca del Nuevo Testamento: su "De Sermone Dei in Monte" (dado durante su ministerio sacerdotal) es especialmente digno de mención; "De Consensu Evangelistarum" (Concordancia de los Evangelios, 400); Homilías de San Juan (416), clasificadas generalmente entre los principales trabajos de Agustín; la "Exposición de la Epístola a los Gálatas" (324), etc. Sus trabajos bíblicos más notables ilustran ora una teoría de la exégesis (de aceptación generalizada) que se deleita en encontrar interpretaciones místicas o alegóricas, ora un estilo de predicación fundamentado en esa visión. Algunos estudiosos opinan que el trabajo estrictamente exegético de Agustín está lejos de igualar en valor científico al de San Jerónimo. Su conocimiento de los idiomas bíblicos era insuficiente: leía el Griego con dificultad; en cuanto al Hebreo, todo lo que podemos sacar en claro de los estudios de Schanz y Rottmanner es que Agustín estaba familiarizado con el Púnico, un dialecto afín al Hebreo. Más aún, las dos magníficas cualidades de su genio –un fervoroso sentimiento y una sutileza prodigiosa– le condujeron hasta el extremo de ofrecer interpretaciones que resultaban violentas, aunque no por ello menos sólidas.
Pero la hermenéutica de Agustín es muy digna de elogio, especialmente por su insistencia en la rigurosa ley que prescribe prudencia extrema en la determinación del significado de las Escrituras: Debemos cuidarnos de emitir interpretaciones que sean riesgosas u opuestas a la ciencia, pues ello expondría la palabra de Dios al vilipendio de parte de los no creyentes (De Genesi ad litteram, I, 19, 21, particularmente el n. 39). Una aplicación admirable de su bien fundada libertad es la que aparece en su tesis relativa a la creación simultánea del universo, y al paulatino desarrollo del mundo bajo la acción de las fuerzas naturales implantadas en él. Ciertamente, el acto instantáneo del Creador no produjo un universo organizado tal como lo vemos ahora. Por el contrario, en el principio, Dios ha creado todos los elementos del mundo en una masa confusa y nebulosa (las palabras empleadas por Agustín son: Nebulosa species apparet; "De Genesi ad litt." I, n. 27), y en dicha masa se encontraban los misteriosos gérmenes (rationes seminales) de los futuros seres, los cuales habrían de desarrollarse cuando las circunstancias así lo permitieran. ¿Es entonces Agustín un Evolucionista?
Si con esto último estamos sugiriendo que Agustín poseía una percepción mental más aguda y amplia que la de otros pensadores, sobre las fuerzas de la naturaleza y la plasticidad de los seres, esto es un hecho irrefutable; y desde este punto de vista, el padre Zahm (Biblia, Ciencia y Fe, pp. 58-66, trad. Francesa) atinadamente felicita a Agustín por haber sido el precursor del pensamiento moderno. Pero si lo que queremos decir es que San Agustín concedía a la materia un poder de diferenciación o de transformación gradual, merced a la cual pasa de lo homogéneo a lo heterogéneo, los textos más serios nos orillan a reconocer que Agustín proclamó la inminencia de las especies, y que no admitía la afirmación de que "a partir de un principio primitivo idéntico, o a partir de un germen, pueden generarse realidades diferentes". La siguiente apreciación del Abate Martin, contenida precisamente en su estudio sobre este tema (S. Agustín, p. 314), se añade a la conclusión del padre Zahm. "Los elementos de este mundo corporal poseen asimismo una fuerza bien definida, y una cualidad distintiva, de lo cual depende lo que cada uno de ellos pueda o no pueda hacer, y lo que la realidad deba o no generar a partir de cada uno de ellos. Por consiguiente, se tiene que de un grano de trigo no puede generarse un frijol, ni trigo a partir de un frijol, ni un hombre a partir de una bestia, ni una bestia a partir de un hombre" " (De Genesi ad litt., IX, n. 32).
Exposición Dogmática y Moral
Los quince libros que integran la obra De Trinitate, en los cuales trabajó durante quince años, del año 400 al 416, constituyen el más profundo y elaborado de los trabajos de San Agustín. Los últimos libros, referentes a las analogías que el misterio de la Trinidad tiene con nuestra alma, son muy polémicos. El santo mismo declara que son meramente analógicos, muy ambiciosos y oscuros. El Enchiridion, o manual sobre la Fe, la Esperanza y el Amor, redactado en el año 421 a petición de un Romano devoto llamado Laurencio, es una síntesis admirable de la teología Agustiniana, reducida a las tres virtudes teologales. El padre Faure nos ha proporcionado un docto comentario de esta obra, y Harnack, un análisis pormenorizado de ella (History of Dogmas, III, pp. 205, 221).
Varios volúmenes de cuestiones diversas, entre los cuales "Ad Simplicianum" (397) ha sobresalido especialmente.
Incontables escritos de Agustín tienen una finalidad práctica: dos de ellos acerca de "La Mentira" (374 y 420), cinco más sobre "Continencia", "Matrimonio" y "Viudez en Santidad"; uno acerca de "La Paciencia", y otro sobre "Plegarias por los Difuntos" (421).
Pastorales y Predicación
La teoría relativa a la predicación y a la instrucción religiosa de la gente viene dada en su "De Catechizandis Rudibus" (400) y en el libro cuarto de "De Doctrinâ. Christianâ". El trabajo retórico por sí solo es de gran extensión. Además de las homilías Bíblicas, los Benedictinos han recopilado 363 sermones que son ciertamente auténticos; la brevedad de estos escritos sugiere que son estenográficos, y a menudo corregidos por Agustín mismo. Si el Doctor en él predomina sobre el orador, o si acaso exhibe menos color, opulencia, actualidad o encanto oriental que San Juan Crisóstomo, encontramos en Agustín, a cambio, una lógica más vigorosa, comparaciones más osadas, mayor elevación y mayor profundidad de pensamiento, y, algunas veces, en sus erupciones de emoción y en sus audaces incursiones a la forma dialogal, Agustín logra la fuerza irresistible del orador Griego.
Ediciones de las Obras de San Agustín
La mejor edición de sus obras completas es la de los Benedictinos, once tomos de ocho volúmenes en folio (París, 1679-1700). Esta colección ha sido reimpresa frecuentemente, por ej. por Gaume (París, 1836-39), en once volúmenes en octavo, y por Migne, PL 32-47. El último volumen de la reimpresión de Migne contiene algunos importantes estudios previos sobre San Agustín -- Vivès, Noris, Merlin, especialmente la historia literaria de las ediciones de Agustín, tomada de la "Bibl. Hist. lit. patrum lat" de Schönemann (Leipzig, 1794).
EUGÈNE PORTALIÉ
Transcrito por Dave Ofstead
Traducido por Omar Saleh
Fuentes en el Internet
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